Una vez conocidos los resultados oficiales de las elecciones de Alemania, se vislumbra, como ya ocurrió en Francia, un horizonte de gobernación inestable a causa de la crisis persistente de los partidos tradicionales y el crecimiento de las fuerzas políticas rupturistas, AFD y DIE LINKE, que representan algo más de un tercio del nuevo Bundestag. Parte del establishment se consuela con el señuelo de la gran coalición entre conservadores y socialistas, como alternativa a los decepcionantes resultados, para mantener aislados a los grupos parlamentarios que han capitalizado el descontento creciente de millones de alemanes, aherrojados por la crisis económica y social causada por políticas desacertadas durante más de una década. El gobierno saliente, capitaneado por el partido socialista, heredó tales políticas y, a pesar de sus intentos para remediar los males de las mismas, no ha podido cambiar la oleada de desafección, porque su coalición gubernamental era muy frágil y contradictoria. Si a ello se añaden los estragos de la guerra de Ucrania, lo ocurrido en las elecciones tiene una clara explicación. Por ello, debería imponerse una reflexión muy seria de los afectados, especialmente el SPD, para recuperar sus principios y dotarse de un modelo alternativo al que se pretende mantener que, lamentablemente, está en las raíces del descontento no sólo en Alemania, sino en el resto de la UE.

Alemania, gracias a su modelo constitucional, la conocida Ley Fundamental de Bonn otorgada por los norteamericanos después de la Segunda Guerra Mundial, ha sido durante décadas una referencia de estabilidad en Europa Occidental. El entendimiento entre sus dos grandes partidos, democristianos y socialistas, hizo posible la reconstrucción del país y su valiosa aportación a los proyectos de cooperación europea. Con ese bagaje de estabilidad y buen hacer consiguió afrontar su reunificación cuando se disolvió la Unión Soviética a principios de los años 90 del siglo XX. Pero esa evolución positiva, que nadie niega y que tanto ayudó al conjunto europeo, empezó a malograrse cuando se apostó fuertemente por la ampliación al Este, la vieja querencia de la política y la historia alemanas, y la energía barata procedente de Rusia para su industria exportadora que, además, aprovechando el sentimiento globalizador, practicó una suerte de deslocalización industrial dirigida a China.

Durante esos años casi nadie cuestionó las políticas de Alemania. Ella era el faro que orientaba los grandes proyectos europeos y garantizaba el buen fin de los mismos. De entre ellos, los más importantes fueron la Unión Monetaria y la moneda única, el euro, con los que se estrenó este siglo XXI. Únicamente la cruel Guerra de los Balcanes, tras la disolución de Yugoslavia, de los años 90, rompió el oasis de paz europeo y supuso, a los ojos de algunos politólogos, un aviso serio sobre cierta quiebra de nuestra alabada estabilidad. El siguiente aviso que, a mi juicio, fue el más serio, vino con el cataclismo financiero de 2008. Se pusieron en riesgo agudo los fundamentos de la Unión Monetaria y la cohesión social en el conjunto de la Unión Europea. Los rescates de diferentes países, en especial el de Grecia, en los que Alemania tuvo mucho que decir y que proponer, causaron una gran incertidumbre acerca del mantenimiento de la seguridad y del bienestar social que eran los paradigmas de los países europeos.

El malestar empezó a germinar después de esa gran crisis económico-financiera y pronto surgieron fuerzas políticas que intentaban capitalizarlo. Salvo excepciones, parecían poco relevantes y se hacía caso omiso del fenómeno. Es algo innato a la arrogancia del poder que solía definir el viejo senador americano Fulbright. Lo malo es que ese no hacer caso al arroyuelo de gentes descontentas se ha ido convirtiendo en un ancho río, como decía Azaña, que podría arramplar con las presas improvisadas y poco consistentes que se pretenden crear.

Es pronto para enjuiciar y analizar qué se proyectará hacer para gobernar Alemania. Lo que sí es cierto es que lo que allí se haga, teniendo en cuenta el nuevo escenario internacional patrocinado por la nueva administración americana, será muy instructivo para todos aquellos europeos inquietos con los discursos que podrían contribuir a poner en solfa principios democráticos y el valor del sufragio universal. No perdamos la esperanza de que Alemania recupere su dañado modelo ejemplar de tiempos pasados.