No es verdad, como alguna vez se dijo, que haya derrotas dulces y victorias amargas. Toda derrota electoral es amarga y toda victoria es dulce si lleva a formar Gobierno y si no, no es victoria. Pero también es cierto que, al lado del resultado cuantitativo y objetivo en las elecciones, pesan mucho las expectativas y, en las andaluzas del 17 de mayo, las expectativas del Partido Popular iban más allá del triunfo como primer partido y se centraban en seguir obteniendo la mayoría absoluta que permitiría que el partido pudiera alcanzar el Gobierno sin apoyarse en Vox. Esa expectativa ha fracasado y el Partido Popular necesita a otro partido para que Moreno sea elegido Presidente de la Junta. En tal sentido, el resultado electoral se le ha atragantado a Moreno, que se ha pasado toda la campaña rechazando el futuro acuerdo con Vox. Estas elecciones suscitan varias reflexiones que ayudan a entender la política española en 2026, que empieza a ser distinta de cómo era hace unos pocos años.

La primera reflexión se refiere al fracaso estratégico del Partido Popular. Siguiendo órdenes de Núñez Feijóo, los presidentes autonómicos populares que podían hacerlo fueron disolviendo sus Parlamentos para obtener victorias con las que “cercar” al Gobierno del Presidente Sánchez. Como en el caso de Andalucía, se trataba de repetir la mayoría absoluta. Desde ese punto de vista estratégico, el Partido Popular ha fracasado porque ahora depende de Vox en cuatro comunidades autónomas (además de la Comunidad Valenciana y Baleares), con lo que se evidencia que este partido sólo podrá gobernar España con apoyo —si no en coalición— de la ultraderecha. El tema es relevante porque está produciendo un fenómeno que muchos detectaron hace tiempo: el progresivo deslizamiento del Partido Popular hacia la ultraderecha, asumiendo muchos valores y consignas que parecían superados por una derecha moderna y liberal. En la Comunidad de Madrid el fenómeno ya se ha asentado, pero también se extiende por toda España y vemos a los Populares apoyar iniciativas de Vox sobre el aborto, sobre la valoración de la dictadura de Franco, sobre la cultura de extrema derecha y, por supuesto, sobre la inmigración con tintes racistas. Las elecciones andaluzas nos muestran un fenómeno que ya empieza a ser permanente en España: la dependencia del Partido Popular de Vox, al que compra programas y políticas. Con estas elecciones el Partido Popular va a llegar a las de 2027 como un partido fuertemente escorado a la ultraderecha, muy alejado del centro.

La segunda reflexión que sugieren estas elecciones es la consolidación de una tendencia que emergió con fuerza en 2022: la derechización de la sociedad andaluza. Con un importante aumento de la participación, los partidos de la derecha han obtenido 2.312.454 votos frente a 1.613.060 de la izquierda. En estas elecciones, el 55,4 % de los andaluces ha votado a la derecha frente a un 38,6 % que lo ha hecho por los partidos de la izquierda. En 2022 votaron a la derecha el 56,6 % de los electores frente a un 36,4 % que votó a la izquierda. Es decir, que en términos porcentuales la izquierda ha mejorado ligeramente porque la derechización de los andaluces se produjo en 2022, no ahora. Los motivos de este cambio de orientación pueden ser muy variados.

Por una parte, el daño que sufrió el PSOE con el juicio de los ERE: sabían lo que hacían cuando metieron a los presidentes y a los consejeros en una causa delirante que quebraba los principios del Derecho Constitucional que tardíamente ha neutralizado el Tribunal Constitucional. Por otro lado, para el resto de los partidos de izquierda, la formación de la coalición Por Andalucía ha salido con fórceps, con inadecuadas críticas de Pablo Iglesias, lo que explica el ascenso de Adelante Andalucía. Es una pena esta disociación de las izquierdas a la izquierda del PSOE porque juntos los dos partidos superan a Vox en 88.712 votos, pero el partido ultraderechista ha alcanzado quince diputados y los dos partidos de la izquierda sólo obtuvieron trece.

Hay una tercera razón que ayuda a entender el incremento del voto de derechas y que podríamos denominar fatiga de materiales. Como ha ocurrido en Suecia, en Finlandia, en Alemania o en el Reino Unido, cuando la socialdemocracia establece cotas altas del Estado del Bienestar, muchos votantes de la clase trabajadora se olvidan de quién ha traído esa situación y hasta procuran olvidarse de que son trabajadores. Está empezando a ocurrir en España, con el agravante de que los partidos de derechas desmantelan los avances del Estado del Bienestar, como se ve con la sanidad en Andalucía y con la sanidad y la enseñanza en Madrid.

También puede haber otro motivo que explique el voto conservador de las clases populares, que es el cansancio o aburrimiento de un Gobierno progresista en el Estado, máxime cuando ese Gobierno ha tenido que apoyarse en partidos nacionalistas, pues las derechas de los partidos y de los medios de comunicación han exagerado las concesiones a los nacionalistas y esa falsa imagen cala en muchos votantes.

Todas estas circunstancias ayudan a entender los resultados del domingo pasado. Con estos datos es difícil sostener que María Jesús Montero era mala candidata. Ha tenido más votos que Juan Espadas, aunque peor porcentaje. Pero lo relevante son dos fechas del pasado: las elecciones de 2012, donde el PSOE pasó de 48,4 % a 39,6 %, y las de 2018, donde la misma candidata, Susana Díaz, pasó de 35,4 % a 28,5 %. Por eso dos candidatos aceptables a priori, como Espadas y Montero, tienen que luchar contra una tendencia que se remonta a 2012. ¿Se puede revertir esa tendencia?

A mi juicio, si el PSOE mantiene a su máxima dirigente cuatro años seguidos en el Parlamento, con una oposición del día a día; si el nuevo Gobierno de Moreno se somete a Vox y sale de su falso centrismo; y si además las agrupaciones del PSOE en toda Andalucía buscan formas de atracción de votantes progresistas desorientados, las próximas elecciones de Andalucía —que quizá no aguarden cuatro años— pueden permitir que el PSOE empiece a remontar.

Pero para que el PSOE empiece a remontar son necesarias otras dos premisas. En primer lugar, que la extrema izquierda se unifique, que sea una sola, sin puñaladas internas. Y, en segundo lugar, aunque quizá sea una premisa para todo el PSOE y no sólo para Andalucía, buscar nuevos canales de comunicación con sectores populares, especialmente jóvenes, atendiendo sus necesidades vitales, pero también sus necesidades culturales e ideológicas, que no son las de los años ochenta y noventa. No es una labor para un día ni para un año, pero todavía se pueden recuperar esas franjas populares y con más facilidad de lo que está pasando en Francia o en Alemania.