Cuando han transcurrido varias semanas desde la moción de censura que desalojó a Mariano Rajoy de la Presidencia del Gobierno y otorgó a Pedro Sánchez el poder de dirección de la política nacional, puede ser oportuno extraer algunas lecciones para el futuro. Lo primero a destacar es el hecho de que por vez primera en nuestra historia haya sido aprobada una moción de censura. Es un hecho novedoso, acorde con el cuadro político que emergió tras las elecciones de 2015. Desde entonces, ocurrieron por vez primera varios hechos constitucionales: un posible candidato “declinó” la propuesta del Rey, otro fracasó en la investidura, hubo segundas elecciones por imposibilidad de elegir Presidente y, para apurar los artículos inaplicados de la Constitución, se ejecutaron las previsiones del artículo 155. Una Constitución caduca para algunos se aplica con toda su fuerza en situaciones que hasta ahora no se habían necesitado.

La segunda lección es la superación del mito de la imposibilidad de que prospere una moción de censura constructiva. Prevista en la Ley Fundamental de Bonn para fortalecer la gobernabilidad frente a las crisis de la Alemania de Weimar, la moción de censura constructiva se consideraba en España un instrumento difícil de aplicar. Esa idea no estaba equivocada porque, por ejemplo, en la legislatura 1993-1996 sólo el carácter constructivo de la moción de censura impidió que el acuerdo Partido Popular – Izquierda Unida derribara a Felipe González. Pero el éxito de la moción en 2018 obliga a modular esta idea. Es difícil que prospere pero no es inviable si se dan dos circunstancias: que esté muy consolidado el cleavage derecha-izquierda y que algunos partidos consideren que pueden ganar más que perder. Ambas circunstancias han concurrido en junio de 2018 porque, salvo el PDCat y el PNV, todos los partidos que han votado a Sánchez se sitúan en la izquierda y, en segundo lugar, los nacionalistas (independentistas o no) han considerado que el binomio Partido Popular – Ciudadanos les resultaba más perjudicial que un posible Gobierno socialista.

La tercera lección es que la moción de censura reafirma el principio parlamentario. Aunque algunos dirigentes del Partido Popular han llegado a negar legitimidad al nuevo Gobierno porque emana del segundo grupo parlamentario de la Cámara, la elección de Sánchez muestra la plena vigencia del parlamentarismo, es decir, de la forma de gobierno en la que gobierna el candidato que más apoyos parlamentarios logra. El nuevo Presidente ha tenido suficientes votos para ser elegido y esa es la clave del parlamentarismo, sin que valgan las propuestas de que gobierne quien tenga más escaños porque ser el Grupo Parlamentario más numeroso no asegura por sí solo disponer de mayoría suficiente. Si España es una Monarquía parlamentaria, la elección de Sánchez acredita esa forma política donde gobierna quien más apoyo parlamentario obtiene.

La cuarta lección es que este tipo de moción de censura (bifronte porque permite derribar a un Presidente y elegir a otro) sirve básicamente para exigir la responsabilidad política del Gobierno. Ante el rotundo efecto de sustituir a un Presidente por otro, se suele olvidar que la finalidad de la moción es exigir responsabilidad política al Presidente y ahí es donde hay que centrar el debate parlamentario. El elemento constructivo es accesorio porque el candidato a Presidente ha de justificar ante todo las razones para romper la relación fiduciaria que unía al Parlamento con el anterior Gobierno. Conforme al artículo 113 de la Constitución, la nueva investidura trae causa de la censura y es ahí donde hay que hacer el esfuerzo en el debate.

La quinta lección es el papel determinante de la Presidencia del Congreso. La Constitución no pone una fecha límite a su celebración y tampoco lo hace el Reglamento del Congreso. Ello da un margen amplío a la Presidencia de la Cámara, tanto que puede incluso hacer que fracase una moción de censura, como ocurrió hace pocas semanas en Madrid donde la Presidenta de la Asamblea apuró los plazos hasta que el Partido Popular consiguió que Cifuentes dimitiera. Ahora ha pasado lo contrario pues la Presidenta del Congreso convocó con urgencia el debate en la creencia de que Sánchez no tendría tiempo de anudar apoyos. En la Constitución (o al menos en el Reglamento del Congreso) habría que poner un límite temporal a la celebración del debate pues los Presidentes de las Cámaras no son neutrales y manejan el tiempo en beneficio de su partido.

En definitiva, la moción de censura ha mostrado que la Constitución sigue poseyendo fuerza para ordenar el juego político y ha venido a reafirmar el parlamentarismo como principio estructural de nuestro sistema político.