La obsesiĂłn del gobierno Rajoy-Soraya por intentar hacer frente al grave problema catalĂĄn en tĂŠrminos de legalidad o ilegalidad ha acabado en un fiasco notable y ha dado lugar a la trasmisiĂłn de una imagen internacional de CataluĂąa y de EspaĂąa que nos retrotrae nuevamente al clichĂŠ de un paĂs de cabezotas, violentos, extremistas e incapaces de resolver los contenciosos y desencuentros por mĂŠtodos pacĂficos y constitucionales, en base al diĂĄlogo y no a la confrontaciĂłn.
Desde el mismo momento en que el Gobierno recurriĂł a la expresiĂłn focal de âreferĂŠndum ilegalâ para explicar dentro y fuera de EspaĂąa la situaciĂłn, renunciĂł a ganar la batalla del discurso y de la explicaciĂłn nacional e internacional. Aunque ciertamente nos encontramos ante unos comportamientos no solo ilegales, sino de un secesionismo rupturista, lo cierto es que esa expresiĂłn en sĂ mismo cuesta que sea entendida, al igual que ocurre con la imagen de la policĂa retirando urnas y papeletas de votaciĂłn.
En realidad, el proceso rupturista catalĂĄn en esta fase de su estrategia consistĂa en intentar realizar un âplebiscito sin garantĂas ni legitimidadâ. Lo que es distinto a un referĂŠndum que siempre costarĂĄ mucho que se pueda explicar que es ilegal. Y por quĂŠ lo es.
En polĂtica y en comunicaciĂłn todo aquello que requiere muchas explicaciones tiene, de entrada, pocas probabilidades de resultar convincente. Pero, despuĂŠs del 1 de octubre, el problema en CataluĂąa no es un problema formal de legalidades o ilegalidades, sino que estamos en un asunto mucho mĂĄs serio, que, al margen de las imĂĄgenes de violencia que se han producido, no tardarĂĄn en causar una honda preocupaciĂłn en las CancillerĂas del mundo occidental, sobre todo en las europeas. Y tambiĂŠn en la opiniĂłn pĂşblica mundial.
La cerrazĂłn en no aceptar desde el principio la posibilidad de un diĂĄlogo constitucional y la renuncia apriorĂstica a explorar posibles terrenos de entendimiento, ha conducido a un callejĂłn sin salida del que no va a ser fĂĄcil salir. Y menos, posiblemente, va a ser salir de una manera pacĂfica que no cause graves frustraciones y excitaciones en una parte importante de la poblaciĂłn catalana. Ni de la espaĂąola en su conjunto.
Una vez que parece que nos adentramos en el terreno del diĂĄlogo y la posible negociaciĂłn, lo primero que debe reconocerse es que ahora cualquier negociaciĂłn se hace en condiciones menos favorables y plausibles que antes del 1 de octubre. Lo cual exigirĂĄ tener ideas muy claras y una voluntad de transparencia que no puede dejar fuera a ningĂşn sector de la poblaciĂłn concernida, ni a los espaĂąoles de muchos lugares que no pueden concebir ni aceptar la fragmentaciĂłn territorial de EspaĂąa, ni a los muchos catalanes que no se han movilizado y que no comparten tampoco la hoja de ruta ni las finalidades de los secesionistas.
Desde luego, hay que entender que el bloque secesionista catalĂĄn aparentemente se ha reforzado en esos Ăşltimos dĂas y estĂĄ viviendo en un clima de exaltaciĂłn emocional, que en lo personal puede resultar gratificante y excitante, al tiempo que ejerce un indudable efecto de contagio social. Algo muy estudiado por la psicologĂa social âe incluso por la patolĂłgicaâ en mĂşltiples experiencias vividas en los paĂses europeos no hace tanto tiempo.
Pero, en estos momentos, las grandes cuestiones de fondo son bĂĄsicamente dos. En primer lugar, si la independencia es una cuestiĂłn âpactableâ y factible en el actual contexto de la UniĂłn Europea. Es decir, Âżse pueden modificar las fronteras de Europa en estos momentos, sin que tal modificaciĂłn lleve a una cascada de modificaciones y tensiones que abrirĂan nuevamente los peores fantasmas de la historia de Europa y toda su secuencia de guerras y conflictos violentos? Ello sin olvidar las reacciones que podrĂan tener ante esta hipĂłtesis separatista determinadas instituciones que, precisamente, tienen atribuida por la ConstituciĂłn entre sus funciones bĂĄsicas la de garantizar la unidad de EspaĂąa.
En consecuencia, frente a esta pregunta tan inquietante lo que hay que plantearse y analizar es si existe una postura âsalidaâ intermedia entre la independencia y el actual Estado de las AutonomĂas que resulte factible, aceptable por todos, y que tenga encaje en nuestro orden constitucional y en la propia arquitectura europea, tal como se encuentra perfilada en estos momentos y tal como se puede proyectar a medio plazo.
La segunda gran cuestiĂłn es un asunto de legitimidad. Es decir, Âżes legĂtimo democrĂĄticamente que una minorĂa (mayor o menor) de la poblaciĂłn de un paĂs o territorio pueda imponer mediante una movilizaciĂłn intensa y unas acciones resolutivas su modo y su vĂa de entender el camino hacia la independencia? Es evidente que una dinĂĄmica de este tipo puede tener efectos muy amplios y profundos para el conjunto de la poblaciĂłn que vive en CataluĂąa. No solo en lo que se refiere a su derecho a no ser intimidados, acosados, ni limitados en sus derechos, sus libertades y su capacidad de expresiĂłn y opiniĂłn, sino tambiĂŠn en lo que concierne a su manera de concebir la pertenencia polĂtica. A lo cual habrĂa que aĂąadir los efectos que una independencia traumĂĄtica de este tipo âsi se llegara a consumarâ tendrĂa en la situaciĂłn econĂłmica de CataluĂąa y en la calidad y cantidad de los ingresos y prestaciones que recibirĂan muchas de las personas que viven y trabajan en CataluĂąa. Es decir, si se produjera el previsible deterioro econĂłmico de CataluĂąa durante un perĂodo de tiempo que no debe estimarse como breve ni fĂĄcil, el resultado del empobrecimiento de muchos catalanes âespecialmente de los sectores mĂĄs dĂŠbiles de la sociedadâ es algo que no puede ser decidido por una minorĂa de la poblaciĂłn, por muy activa que esta sea, y que en la dinĂĄmica de su exaltaciĂłn pueden llegar a estar dispuestos a asumir esos costos como parte del precio que tienen que pagar por su independencia y su identidad. Sin embargo, es evidente que este sacrificio voluntario no puede ser impuesto a la gran mayorĂa de la poblaciĂłn catalana en su conjunto, sin contar con ellos, ni sin contar con su asunciĂłn expresa de estas y otras posibilidades.
Por ello, en los paĂses en los que se ha planteado de una manera civilizada, razonable y consensuada este tipo de reivindicaciones independistas, las partes concernidas han asumido previamente el acuerdo que exigen determinados niveles de consenso y de requisitos de mayorĂas electorales reforzadas. Ello, repito, en el caso de que sea pactable y factible una dinĂĄmica polĂtica de tal naturaleza.
Estas consideraciones no son en absoluto ociosas ni improcedentes, en la medida que los âdatosâ que han ofrecido las autoridades del Govern catalĂĄn sobre el triste hecho-espectĂĄculo del 1 de octubre indican âsegĂşn ellosâ que votaron (aĂşn sin garantĂas) 2,2 millones de catalanes, de los cuales el 90% se decantĂł por la independencia. Es decir, en realidad habrĂan respaldado supuestamente la independencia un 36% del censo de CataluĂąa. ÂżEs realista y serio sostener que con estos parcos resultados y todas las irregularidades que se vivieron en un pseudo plebiscito, con un censo âuniversalâ y sin ningunas garantĂas procedimentales, puede avalarse algo tan serio como la independencia de un paĂs? ÂżA quĂŠ grado de insensatez se puede llegar por esta vĂa? ÂżCĂłmo podemos salir los espaĂąoles del riesgo de una confrontaciĂłn dialĂŠctica que presenta tantos rasgos de disparate y de carencia de realismo y sentido comĂşn?
Desde luego, nadie podrĂĄ negar que estamos en unos momentos en los que tiene que hacerse notar el peso de los partidos sensatos, de los lĂderes con visiĂłn de Estado y de las estrategias de largo plazo. Algunos pasos estĂĄn dĂĄndose ya en esta direcciĂłn, pero a muchos nos gustarĂa que tambiĂŠn en CataluĂąa, ademĂĄs del PSC, desde otros campos ideolĂłgicos y culturales se movilizaran y se empezasen a oĂr las voces de las personas y grupos sensatos, que sin duda existen en CataluĂąa, y que a lo largo de la TransiciĂłn dieron mĂşltiples ejemplos de ello. Esperemos que asĂ sea en bien todos.
