Los miedos y las incertidumbres nos acompañan en nuestra vida cotidiana, pero ahora con más sobresaltos en una sociedad cuyos cambios se producen cada vez a mayor velocidad. Unas veces nos arropan, pero otras nos dejan tiritando con la incógnita de lo que nos pasará.
En este contexto, el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) ha realizado la encuesta “Miedos e incertidumbres”, donde se observa una imagen reveladora de la España actual. Una sociedad que se siente, en lo personal, razonablemente bien en su vida cotidiana, pero que mira con inquietud un mundo que percibe cada vez más inestable.
Así, los españoles, por una parte se declaran mayoritariamente como personas optimistas, satisfechas con la época que les ha tocado vivir y convencidas de que nunca como ahora se había alcanzado tanto progreso. Sin embargo, ese bienestar particular coexiste con un profundo temor a la guerra, con crecientes preocupaciones sobre la salud física y mental, y con una percepción global de deterioro del escenario internacional y de la situación en nuestra querida España.
Este contraste que reflejan los datos, entre vivir satisfactoriamente y mirar con pesimismo el mundo, lejos de ser una contradicción se ha convertido casi en una característica de las sociedades democráticas avanzadas, donde los ciudadanos mantienen cierta estabilidad emocional, pero lo hace en medio de un mundo que perciben como frágil, impredecible y marcado con cada vez más riesgos.
Esta mezcla de optimismo personal e inseguridad global creo que se va a convertir en una de las claves que definan el comportamiento electoral, la relación con las instituciones democráticas y las demandas sociales de los próximos años. ¿Vencerá la esperanza o el miedo?
De los datos de la encuesta se pueden sacar algunas conclusiones:
Un país de optimistas
El 76,9 por ciento de los españoles se considera una persona “más bien optimista”, un porcentaje muy alto y que resulta aún más llamativo si se compara con la opinión que esos mismos ciudadanos sobre el mundo que les rodea. Un 7,1 por ciento, “una persona equilibrada, ni optimista ni pesimista”. Y un 14,5 por ciento, “más bien pesimista”.
¿Los perfiles más optimistas? mujeres, adultos entre 35 y 44 años, habitantes de grandes ciudades, personas con estudios superiores y clases media-altas. En sentido contrario, los jóvenes concentran el mayor pesimismo. Una brecha generacional profunda donde mientras los adultos están instalados en una relativa seguridad vital, ellos avanzan por un terreno que perciben con cada vez menos oportunidades vitales.
La salud física y mental, dos preocupaciones que definen nuestra época
Un 73,9 por ciento de la población afirma no tener sentimientos de miedo o temor de carácter general; mientras un 23 por ciento señala que sí los tiene y un 2,9 por ciento dice que algunas veces. Quienes sí experimentan miedo o temor, señalan con claridad tres aspectos: las guerras y conflictos actuales (76,8 %), la salud física (72,6 %) y la salud mental (69,9 %).
El peso que tiene la salud física y mental confirma un cambio profundo en la forma en que las sociedades entienden el riesgo. Se ha pasado de temores colectivos que se concentraban en cuestiones materiales (el empleo, la economía, la seguridad ciudadana), a desplazarse el miedo o temor hacia espacios más íntimos. Este cambio puede tener mucho que ver con la pandemia y la conciencia de que la salud, tanto física como mental, no es un estado garantizado sino un bien vulnerable, pero central de nuestro bienestar.
Se piensa que España puede entrar en guerra
Uno de los datos más llamativos de la encuesta es que el 66,2 por ciento de los españoles, es decir, dos de cada tres han pensado que España podría verse involucrada en una guerra en los próximos años. En sentido, contrario, un 33,1 por ciento no lo ha pensado.
Estas cifras, impensables hace solo una década, cuando se percibía que Europa era un espacio de estabilidad geopolítica, muestran cómo la invasión rusa de Ucrania, el rearme global y los conflictos armados en Oriente Medio, han hecho que el miedo a la guerra ha dejado de ser una preocupación lejana para convertirse en algo real.
No menos sorprendente son los países contra los que se cree que España podría verse involucrada en una guerra en los próximos años: Rusia (57 %), Marruecos (42,2 %) y Estados Unidos (30,4 %). La mención a Estados Unidos puede ser fruto de la presidencia de Trump, y su manera impredecible de actuar en la esfera internacional. Algo que lleva a la gente a pensar que vivimos en un mundo donde todo es posible, lo que genera una inquietud nueva. Aun así, sorprende.
Pesimismo colectivo
Si el optimismo personal es elevado, el optimismo colectivo es, en cambio, muy débil, solo el 27,3 por ciento cree que pesan más las cuestiones que llevan al optimismo a nivel global en el mundo y un 26,8 por ciento en España. En sentido contrario, el 68 por ciento cree que el balance global del mundo es negativo, y el 67,7 por ciento piensa lo mismo de España.
La crisis climática, los conflictos armados y la desconfianza en las instituciones fomentan una visión colectiva del presente marcada por la incertidumbre y la sensación de que los grandes problemas superan la capacidad de respuesta de los gobiernos.
Se vive en el mejor momento histórico, pero se teme el futuro
Pese a los temores, el 71,7 por ciento de los españoles opina que en nuestra época se vive mejor y se ha progresado más que en cualquier otro momento de la historia. Un 20,8 por ciento cree que no. Y un 5,8 por ciento piensa que en algunos aspectos sí y en otros no.
Al mismo tiempo, el 54,6 por ciento cree que en el futuro se vivirá peor o mucho peor, lo que muestra una tensión emocional importante entre que vivimos en la mejor época de la historia, pero no confiamos en que esa tendencia vaya a mantenerse. En sentido contrario, un 33,1 por ciento considera que se vivirá mejor o mucho mejor.
En definitiva, vivimos en una España emocionalmente contradictoria, con un clima social donde las personas se sienten razonablemente bien en su vida personal, pero ven con recelo el mundo. Son optimistas en su día a día, pero pesimistas ante la deriva internacional. Ven progreso en el presente, pero temen un futuro peor. Confían en sí mismos, pero dudan de las instituciones. Y aunque viven en una de las sociedades más prósperas del mundo, sienten que su bienestar depende de fuerzas globales difíciles de controlar.
Esta mezcla de optimismo personal e inseguridad global creo que se va a convertir en una de las claves que definan el comportamiento electoral, la relación con las instituciones democráticas y las demandas sociales de los próximos años. ¿Vencerá la esperanza o el miedo? Veremos.

