Quien encabeza en primer lugar este artículo hace una década escribió, en este mismo foro, una reflexión sobre el mundo paralelo que ya entonces suponía Internet. Un mundo en el que todos, en mayor o menor medida, nos desenvolvemos y nos hemos inmiscuido en esta especie de sociedad que, por mor de las nuevas tecnologías, cada vez se va configurando como una aldea global virtual.

Mal que nos pese, o precisamente por ello, desentenderse de este mundo paralelo conlleva autoexcluirse de lo societario; con un deseo la más de las veces imposible de conseguir. La globalización, como creciente integración de las economías de todo el mundo, especialmente a través del comercio y de los flujos financieros, resulta aquí un hecho constatable a favor de esa imposibilidad de autoexclusión del ser humano frente a esos fenómenos de inmiscusión societaria.

Las nuevas generaciones se adentran a edades muy tempranas, y pocos son los que, por ejemplo, utilizan teléfonos “sin inteligencia” (curiosa forma de denominarlos, por contraposición a los “inteligentes”, si es que por su naturaleza inerte puedan ser así calificados).

Y qué decir acerca de la reciente y denominada “inteligencia artificial” que, a pasos agigantados, y desde hace no muchos años ha comenzado a escribir una parte de la humanidad y de la que ya nadie puede predecir hasta dónde alcance a llegar, así como si hará posible sustituir buena parte de las habilidades, funciones e inteligencia de la persona humana.

Si bien parece, hoy por hoy, que esta inteligencia artificial nos fuerza a transitar y a discurrir por un determinismo que, lejos de considerarlo como “humanizante”, bien puede reducirnos a un conjunto de algoritmos, como paso previo a codificar nuestro ser más profundo (observable en comportamientos, decisiones, gustos, apetencias…).

A título de mera intuición, pensamiento o imaginación, ¿sería plausible, bajo este modelo lógico-matemático, la reacción de Don Quijote de la Mancha, cuando avistó molinos de viento, y decidió en su mente que eran gigantes a los que abatir? ¿Y las reacciones de Sancho Panza al hacerle ver a su Señor que en realidad eran molinos de viento? Permítannos dudarlo.

Siendo, como somos, una socióloga y un jurista, no es de extrañar que mostremos nuestro escepticismo ante un anticipatorio devenir del ser humano, como consecuencia de la tecnología y en concreto sobre los efectos de la inteligencia artificial sobre la sociedad actual, estructurada, sedimentada y admitida, en suma, sobre otros parámetros. La historia de la humanidad es una constante pugna por vencer nuestras limitaciones como especie. Nuestra sociabilidad y, por ende, la generación de cultura, en sentido amplio, han permitido que avancemos como civilización. Especial protagonismo en ello han tenido las normas jurídicas diversas, que han regulado y rigen la vida humana, la sociedad, mostrando los límites de lo permitido y lo prohibido. En definitiva, los cauces por donde avanzar, sin violentar a los otros miembros de la comunidad. Habiendo articulado para ello construcciones culturales, en forma de códigos en donde las sanciones y las penas adquieren protagonismo, inmersas en ese principio tradicional jurídico del derecho romano de “Neminem laedere” (no se debe causar daño a nadie). Porque cuando alguien viola ese deber, provoca un daño, que genera un nuevo deber de repararlo, surgiendo, por consecuencia, la responsabilidad.

Dicho cuanto antecede, lo polisémico del lenguaje nos posiciona ante el término “código”, definido según el Diccionario de la Real Academia Española como el “sistema de signos y de reglas que permite formular y comprender un mensaje”.

Hoy, en nuestro día, nos desenvolvemos amparados por códigos de diversa naturaleza. Hablamos, por ejemplo, del “código de la vida” (genoma humano), y los códigos jurídicos (civil, penal…), llegando hasta los códigos alfanuméricos de nuestra alteridad.

También han cambiado los códigos relacionales. Basta viajar en un medio de transporte, un tren, un avión o el metro, para comprobarlo. Los viajeros se sumergen, como si hubieran sido abducidos en un aislamiento que, a los más veteranos, a buen seguro sorprende.

Sentidos como el oído, el tacto y la vista se utilizan compulsivamente, diseccionando lo que unas pequeñas pantallas nos brindan. Por eso, no podríamos decir, si la plenitud domina a la persona, o si por el contrario se está produciendo una especie de alienación colectiva, que nos impide ver la luz, por estar inmersos en bosques y océanos de informaciones de todo tipo.

Llegados aquí, debemos preguntarnos si nos hallamos ante momentos de introspección, o de disfrutar del yo. Ciertamente no sabríamos bosquejar una respuesta. Lo que sí se observa es un distanciamiento de lo comunitario; como cuando antaño se daban los buenos días a los paisanos que encontrábamos en el camino; o cuando mirábamos (no sin cierta timidez) a personas con otra cultura (pocas, desde luego) que se presentaban ante nuestros ojos con una apariencia; o, por último, cuando nos recreábamos en los juegos de los pequeños, que sonreían, irradiando inocencia y armonía.

¡Otros tiempos, otras costumbres, otras vivencias! Vivimos y tenemos hoy otras sensibilidades; ni mejores, ni peores que las de hace años. Sencillamente diferentes; propias de una nueva generación que sin duda se ha producido más aceleradamente que las de otras etapas anteriores en que las tecnologías eran bien distintas, incipientes o sencillamente inexistentes.

Los años pasan, sin duda, para todos, pero hasta se diría que, en esta actual etapa, su tránsito es más lento, menos traumático, más esperanzador.

Y no porque la sociedad no envejezca, sino porque su transición, en el actual mundo tecnificado, casi no permite mantenernos ágiles hasta el final, hasta la irreversible finitud.

Posiblemente, esa perspectiva vital sea la que nos conduce hoy a desear participar en diversas vidas.

Contraponiendo la “sociedad del abrazo” con la del “me gusta”. Por obvias razones de edad, quienes firmamos este artículo participamos más de la primera, que de la segunda. Con la de los besos furtivos de enamorados cuyas caras denotan embeleso, frente a la de los jóvenes actuales que juegan en los parques públicos y rebosan felicidad.

Todos, eso sí, nos sentimos esclavos, de una u otra forma, de los teléfonos móviles. De esos artilugios inteligentes que atendemos, con los que establecemos conversaciones y que nos acompañan ya de día y de noche y de una forma más persistente que con nuestros familiares y amigos.

Es una probable relación de dependencia o de adicción. Si nos atenemos a la definición de adicción por el Diccionario de la Real Academia de la Lengua, nos encontramos sin duda ante un “hábito de quien se deja dominar por el uso de alguna o algunas drogas tóxicas, o por la afición desmedida a ciertos juegos”. Salvando la palabra “juegos” por “teléfonos móviles”, quizá no quepa duda de que nos hallamos ante un objeto adictivo y ante una conducta claramente marcada por la adicción.

Aunque resulte su actuar relativamente placentero; pues ese comportamiento nos proporciona un cierto bienestar físico y psicológico, que en ocasiones enmascara y hasta anula momentáneamente cierta pesadumbre, determinada inquietud o una evidente situación de soledad o desamparo.

Nos queda por ello rememorar en voz baja una conocida canción de Facundo Cabral: “No soy de aquí, ni soy de allá”. Asaltándonos la duda, propia del ser humano, sobre de dónde venimos, hacia dónde nos conducimos, cuál es el fin de nuestro existir. Con la seguridad de que nunca hallaremos nada nuevo que descubrir en el horizonte.