Cuando comienzan los primeros muertos en un conflicto, indefectiblemente me viene a la memoria cuando se produjeron los primeros muertos en la República Federal de Yugoeslavia, tras la muerte del mítico Tito.

El Secretario de la Comisión Delegada para Situaciones de Crisis había convocado a un reducido número de personas, del grupo de asesores presidenciales que teníamos, entre nuestras competencias, seguir estos asuntos. Aquel mundo era mucho más pequeño que el actual y el territorio de las Repúblicas Yugoslavas parecía lejísimos; nuestro conocimiento de los países era, a veces, meramente literario. Uno de los presentes que era, más que diplomático, experto en asuntos políticos mundiales, vino a tranquilizarnos con una impostada voz grave: “Todo se iba a reducir a unos cuantos muertos en manifestaciones callejeras, excesos policiales a los cuales la población estaba acostumbrada y finalmente las cosas vendrían a su cauce después de prometer los gobernantes reformas políticas que llegarían lentamente, más propiciadas por la evolución natural de las cosas que por otras razones”.

¿Europa que debía hacer? sencillo: “un cordón sanitario” que permitiera contemplar la evolución del conflicto y actuar como “the one who throws the switch” para que las cosas cambien a conveniencia.

Diez años duró la guerra más sangrienta y cruel en territorio europeo, después de la II Guerra Mundial, más de 140.000 muertos, millares de mutilados, violaciones, devastación de ciudades y pueblos y millones de desplazados. Del análisis del estratégico analista si hubo una cuestión certera e inapelable. Europa se situó, en lugar de en la enfermería, en el burladero viendo mancharse de sangre el albero.

En la “cuestión venezolana” no ha dejado de haber, en todo el orbe, finos analistas y voluntaristas, mediadores que se han prestado a ofrecer soluciones al problema. Permítanme que no sea tan fino y sí voluntarista, en tanto en cuanto ya se sabe que los guiones prescritos es difícil cambiarlos. Venezuela está en los primeros minutos de una cruenta guerra civil, salvo que “los poderes mundiales”, por llamarles de alguna manera, no lo impidan.

El dato no es que Maduro apele al uso de la fuerza para hacer cumplir “la legalidad bolivariana” y que la oposición no vea que exista salida pacífica posible, es que las instituciones hace tiempo que se diluyeron en el país (judiciales y legislativas), el ejecutivo no es ya más que un conglomerado de tramas de corrupción donde muchos, tal y como hicieron en la Cuba de Batista, tienen preparadas las maletas y el barco de salida, a la par que buscan un posible cobijo en un futurible nuevo régimen. Los capitales ya los sacaron.

La Venezuela Bolivariana ha perdurado gracias al alza de los precios del petróleo. Han sido 14 años donde era posible una política distributiva subsidiada, que ha hecho inquebrantable el apoyo popular al chavismo, pero eso se ha terminado.

La dependencia del hidrocarburo (97% de las exportaciones) es absoluta. Una política financiera totalmente errática, una financiación externa restringida, “los controles de precios, las restricciones en el acceso a divisas y el colapso de la participación del sector privado en la oferta de productos básicos, han dado lugar en conjunto a una de las inflaciones más altas del mundo” según el Banco Mundial.

En cualquier caso, la falta de acceso a los datos oficiales hace imposible tener una evaluación certera de lo que realmente pasa. Las estimaciones dicen que el PIB venezolano cayó por encima del 12% el pasado año. Sin ingresos familiares el consumo privado es ridículo, aunque la escasez de bienes básicos también lo hace imposible. La confianza de los ciudadanos no existe, es un país que pasa hambre y en el cual la esperanza hace tiempo que se perdió. Cuando un pueblo ve mermada o anulada su libertad, como es el caso, es capaz de morir por ello, pero cuando pasa hambre es capaz de matar, también es el caso.

La prolongación del régimen chavista está llegando a su fin. Cómo va a querer morir, es la trágica cuestión. La duda es que van a hacer las Fuerzas Armadas y los Cuerpos de Seguridad que han ido, por un lado, sufriendo paulatinas depuraciones y por otro, mostrado su lealtad al régimen a cambio de la participación en “las mordidas”. La Presidencia de la Republica ha “mimado” a los Institutos armados para garantizarse su supervivencia. Esta situación empieza a mutar por escasez de fondos y además militares y policías saben que la continuidad del sistema impuesto por Chaves cada día está más en precario.

La única forma de evitar un conflicto cruento y duradero será aislando al régimen desde ya; propiciando que la oposición constituya un Gobierno provisional; posibilitando una propuesta internacional de reconstrucción de la economía del país; impulsar el compromiso para que el día después de la caída de la Dictadura se abra un proceso de reflotamiento institucional y financiero auspiciado por la Unión Europea, la OEA y demás organismos internacionales. Una coalición que evite una guerra fratricida más, sin sentido.

España tiene un papel muy importante que jugar en la cuestión por razones obvias y tiene que evitar la tentación de hacer del futuro de Venezuela un duelo político interno. Ya han pasado los momentos de las componendas y de las fotos legitimadoras con una dictadura que no tiene ningún reparo en mantenerse a costa de la vida de los ciudadanos. Esa es una línea que no permite equívocos, ni de análisis ni de soluciones.