La democracia es el sistema de gobierno preferido por una abrumadora mayoría de españoles. Concretamente, el 87,2 por ciento están de acuerdo en que “la democracia puede tener problemas, pero siempre es preferible a cualquier otra forma de gobierno”. Mientras, un 11,4 por ciento están en desacuerdo con esa afirmación, según la encuesta sobre Participación Política que acaba de publicar el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).
Sin embargo, como señaló Robert A. Dahl, en su libro ¿Quién gobierna?, la democracia no solo implica instituciones formales, sino también una ciudadanía activa y participativa.
De ahí, la paradoja que estamos viviendo, donde la inmensa mayoría de la población apoya la democracia, pero esta preferencia, por una parte, no se traduce en una participación activa en la vida política. Y por otra, viene acompañada por una desconfianza en sus representantes.
En el primero de los casos, cuando se les pregunta si en el último año hay alguna iniciativa sobre cuestiones públicas en las que como ciudadano haya participado, un 77,3 por ciento de los españoles asegura que no ha participado en ninguna iniciativa. Mientras solo un 22,5 por ciento afirma que sí.
¿Por qué no participaron? Un 31,2 por ciento dice que por qué no le interesa o no le motiva lo suficiente. Un 27 por ciento, por falta de tiempo. Un 23 por ciento, porque no se considera suficientemente preparado. Y un 14,5 por ciento por que le falta información.
En el segundo caso, cuando se les pregunta que en un país democrático como España quién creen que debe tomar las decisiones políticas. Un 34,2 por ciento, señala que las decisiones deberían ser tomadas por expertos; un 30,2 por ciento, por los ciudadanos a través de referendos y consultas ciudadanas; y, por último, un 29,5 por ciento, por los representantes políticos elegidos en las urnas.
Esta realidad, que refleja una tendencia hacia la tecnocracia especialmente entre los más jóvenes, confirma un alejamiento enorme entre representantes y representados. Pero, sobre todo, una falta de confianza que puede explicar muchas de las cosas que están pasando en la actualidad en muchas democracias que hasta ahora estaban consolidadas.
En este punto, podemos afirmar que, si la estabilidad democrática depende de la participación y la legitimidad, y como observamos ambas faltan, nos encontramos en un momento donde las democracias son extremadamente débiles y pueden dar paso a oligarquías, disfrazadas de democracias.
Si a lo anterior, le sumamos el impacto de las redes sociales y que solo el 54,5 por ciento de la población afirma que la política les interesa “mucho o bastante”, estamos en un escenario donde la participación efectiva de la población en actividades políticas es baja, mientras constantemente está siendo bombardeada por una desinformación y unos bulos que tienen como objetivo alejarles aun más de sus representantes, de sus instituciones, y de la democracia como sistema político.
¿Sabías que los españoles pasan el 34,69 por ciento del tiempo que están despiertos mirando una pantalla, lo que equivale aproximadamente a unas cinco horas y cuarenta y dos minutos de media por día?
Aunque no hay soluciones mágicas, la fragilidad de la democracia hace urgente no normalizar lo que no lo es. Hace urgente que los ciudadanos sean activos para fortalecer a la democracia frente a los que quieren acabar con ella.
EDUCACIÓN, EDUCACIÓN Y EDUCACIÓN. Y a la vez, EDUCACIÓN CIVICA, EDUCACIÓN CÍVICA Y EDUCACIÓN CÍVICA. Y a la vez, MEJOR COMUNICACIÓN ENTRE LAS INSTITUCIONES Y LOS CIUDADANOS. Y a la vez, CREAR MECANISMOS DE PARTICIPACIÓN FÁCILES, ACCESIBLES Y ESTABLES para incrementar la participación, pero también la decisión y gestión de los ciudadanos en los asuntos públicos. Todo ello, desterrando el insulto, abriendo espacios públicos de debate y respetando las opiniones de los demás.
A pesar de la crispación como estrategia para derribar al gobierno, hay esperanza cuando el 93,8 por ciento de los ciudadanos cree en la importancia de respetar las opiniones de los demás.
Pongámoslo en práctica.



