“Las nuevas verdades frecuentemente empiezan como herejías,

pero muy a menudo acaban como supersticiones”

T. Huxley

La pandemia tuvo impactos diversos a varios niveles y con una repercusión temporal muy variable y con diferentes calendarios. En ocasiones se precisa que trascurra un tiempo, más o menos largo, para poder evaluar esos impactos, tanto para identificar la diana específica como para describir la profundidad de ese impacto e incluso si tiene derivaciones laterales. Así de complejo ha sido tener constancia, con evidencias científicas suficientes y consistentes, de las repercusiones de los procesos de desinformación que se vivieron en plena pandemia y que debían contrastarse en la realidad social, tal y como se desarrollaba en el trabajo que publicó el CIS, bajo la coordinación del Prof. José Félix Tezanos, con el título: “Cambios sociales en tiempos de pandemia” y donde colaboraron 41 autores de múltiples disciplinas de las ciencias sociales, económicas, sanitarias, antropológicas, éticas y filosóficas.

El primer factor que fue analizado sobre la desinformación lo realizó la propia OMS describiendo la “fatiga pandémica”, exponiendo las consecuencias inmediatas en el recrudecimiento de los mecanismos de contagio y, por lo tanto, en una acción directa en las sucesivas oleadas de reinfección en la pandemia. Muy interesante ha sido la exposición y desarrollo de la desinformación en esta fatiga pandémica y como la propia OMS señalaba los efectos perniciosos de esas acciones desinformativas tan difundidas por determinados colectivos que también incidieron, de forma relevante, en las vivencias de cansancio y desinterés por parte de la población.

Tras este planteamiento fueron apareciendo elementos puntuales, donde solo aparecían formulados, al menos inicialmente, por ejemplo, el desplazamiento de la asistencia sanitaria a las urgencias hospitalarias, el impacto en la salud mental o la influencia en las conductas autolíticas. En muchos casos eran informaciones sesgadas y/o incompletas y, casi siempre, descontextualizadas, pero que originaban, al fin y a la postre, efectos de desinformación.

En enero de 2025 se han publicado dos artículos de gran interés para el mundo sanitario, un artículo publicado en British Medical Journal (BMJ) y el segundo en The Lancet. Dos publicaciones de altísimo nivel e impact factor (IF) entre las publicaciones científicas sanitarias.

Luke Craddock (BMJ, 2025, 388: R95) es autor de un estudio sobre el incremento de las urgencias médicas y su impacto en los profesionales y en el funcionamiento del sistema. La pandemia originó un claro incremento de las consultas de urgencias originando presiones muy relevantes sobre el departamento de urgencias del National Health Service (NHS), el autor plantea que estas presionen no se deben a un solo punto de fallo, ya que es todo el sistema asistencial el que está luchando. Trabajar la demanda sanitaria desde los servicios de urgencias pone en evidencia cómo las diferentes partes del sistema nacional de salud (SNS) afectan a la atención al paciente y a la moral de los profesionales.

El doctor Craddock señala que el deficiente funcionamiento de los servicios de Atención Primaria hace que los pacientes acudan a las urgencias con afecciones que se habrían atajado más adecuadamente en la comunidad.  comunitarios, origina que se incremente el deterioro personal y el riesgo evolutivo de los procesos, enfrentándose a los riesgos añadidos de una posible hospitalización, con todas sus consecuencias personales y familiares. El segundo bloque de afectación por el hecho descrito con anterioridad, se encuentra en los profesionales sanitarios de los servicios de urgencias sometidos también a esta presión asistencial, es tan importante estas circunstancias que dificulta, incluso en ocasiones impide, la labor de amortiguación sobre esta presión que hace el desarrollo de la “buena voluntad”, se considera que este factor es determinante para que lleve a los profesionales al abandono del sistema público y se dirijan hacia la asistencia privada o el extranjero. Los estudios refieren que el plazo de saturación, tanto física como mental, de los profesionales sanitarios sometidos a estas presiones, se cifra en torno a las 6 semanas.

El tercer grupo afectado se refiere al propio paciente que acude a los servicios de urgencias, es una persona que se muestra de forma frágil y, contradictoriamente, no suelen ser afecciones muy importantes, con lo que el servicio de urgencias se desvía de su base real.

La desinformación sanitaria utiliza tres tipos de mecanismos para esa desinformación: Simplismo, pretende buscar y explicitar relaciones directas causa-efecto frente a fenómenos sanitarios, que son realidades complejas y multifactoriales; este simplismo origina imprecisiones y errores importantes. El uso del alarmismo incrementa, de forma indiscriminada, las alarmas y circunstancias descontextualizádolas, es un mecanismo utilizado muy frecuentemente en afecciones mentales y en las conductas autolíticas. El tercer mecanismo de desinformación es el catastrofismo, señalando las peores consecuencias posibles ante esa situación, es muy utilizado cuando se establecen relaciones entre el incremento de la criminalidad machista con la inmigración o el padecimiento de enfermedades mentales, o la relación entre problemas de salud mental (SM) y la realización de actos criminales.

The Lancet (vol. 405; nº 10.474; enero 18-25, 2025, pág. 173) decide dedicar su editorial a este tema, por la importancia que ha tomado desde la pandemia hasta el momento actual. La desinformación es utilizada como un instrumento deliberado para atacar y desacreditar a los científicos y profesionales sanitarios con el fin de obtener preponderancia política. Los efectos de estos comportamientos son destructivos y demoledores para la salud pública. Por lo tanto, la desinformación en SM se utiliza como “arma de propaganda” explotando el miedo, socavando la confianza pública y obstaculizando la acción colectiva en momentos críticos (pe, maximizando o minimizando la gravedad de los procesos de SM).

En el momento actual están aconteciendo situaciones graves que van a favorecer la desinformación. Hemos de considerar el poder de las redes sociales, y que la red META ha puesto fin a la verificación de los datos, abriendo la puerta para publicar contenidos dañinos, ya que es un hecho constatado científicamente, que la desinformación se propaga más rápido que los hechos científicos.

The Lancet señala que es hora de tomar medidas reales para atajar esta desinformación, en Australia se impone fuertes multas a las plataformas que no impidan la difusión de información errónea. La Unión Europea está estudiando la forma y manera de poner normas claras en contra de la desinformación, instando a sus estados miembros a que formulen políticas con este objetivo. La OMS insta a tomar medidas para fomentar la comunicación responsable en sanidad.

En este sentido se anima a combatir de forma activa y decidida la desinformación en el campo de la sanidad, señalando que esas medidas pueden organizarse de forma similar al abordaje de una infección: Encontrar y contener la fuente; identificar proactivamente a los colectivos vulnerables a sus efectos y, por fin, inmunizar a la población contra las informaciones falsas, fomentando los contenidos educativos.

De forma rotunda la OMS y The Lancet señalan que estas labores contra la desinformación son tan importantes y de tanto calado que NO PUEDE DEJARSE EN MANOS INDIVIDUALES Y VOLUNTARIAS.

Dicho queda…