El descubrimiento y desarrollo de las vacunas contra la Covid-19, que recientemente han comenzado a suministrarse a la poblaciĂłn, nos dan un nuevo y bello ejemplo de cĂłmo funciona la ciencia y por quĂ© es imprescindible financiarla sin los cicateros cálculos cortoplacistas que oĂmos a algunos responsables polĂticos: hay que financiar sĂłlo la ciencia aplicada, sĂłlo la ciencia excelente, etc.
Mi ejemplo favorito para ilustrar cĂłmo funciona la ciencia era hasta ahora un pequeño teorema sobre los nĂşmeros primos enunciado por el matemático Pierre de Fermat (1601-1665). Dicho teorema -que no es el famoso teorema de Fermat demostrado en 1995 por el matemático británico Andrew Wiles- proporcionaba un test probabilista para decidir si un nĂşmero dado era primo o compuesto. El teorema “durmió” dentro de un libro durante 300 años hasta que el matemático alemán Michael Rabin y el estadounidense Gary Miller lo rescataron en 1974 y, con algunos aditamentos, lo convirtieron en un test utilizable en la práctica para encontrar de forma eficiente nĂşmeros primos con cientos de cifras. Muy poco despuĂ©s, en 1977, otros matemáticos inventaron el sistema criptográfico de clave pĂşblica conocido como RSA, cuyas claves se obtienen mediante el producto de dos nĂşmeros primos muy grandes. El test de Miller-Rabin fue fundamental para encontrar abundantes nĂşmeros primos de ese tamaño. La seguridad de las claves estriba en que no se conocen algoritmos eficientes para realizar la operaciĂłn inversa a la multiplicaciĂłn, esto es, descomponer una clave en sus dos factores primos. Los mejores algoritmos conocidos tardarĂan miles de años en llevarlo a cabo. El sistema RSA se utiliza actualmente de forma rutinaria cuando firmamos documentos electrĂłnicamente o accedemos a nuestro banco a travĂ©s de Internet.
Cuando Pierre de Fermat enunciĂł su teorema, no estaba pensando en criptografĂa ni en Internet, obviamente inexistentes en su tiempo, sino que lo hizo llevado por su curiosidad por comprender mejor los nĂşmeros primos. AsĂ funcionan los cientĂficos: movidos por la curiosidad de conocer. La teorĂa de la relatividad especial de Albert Einstein partiĂł de la curiosidad por saber cĂłmo se modificarĂa la mecánica si se eliminara tan solo uno de los principios de Galileo, el de que las velocidades de los objetos en movimiento siempre se suman. Se preguntĂł, quĂ© pasarĂa bajo la hipĂłtesis de que velocidad de la luz en el vacĂo fuera constante e independiente del sistema de referencia. De aquĂ dedujo que las distancias se acortan y el tiempo se dilata cuando se viaja a velocidades cercanas a la de la luz. Sin esta teorĂa, no existirĂan hoy los sistemas de posicionamiento como el GPS o los viajes espaciales. Las geometrĂas llamadas riemannianas surgieron de los esfuerzos infructuosos de muchos matemáticos por demostrar el quinto postulado de Euclides a partir de los otros cuatro. Nikolai Lobachewsky primero, y Bernhard Riemann despuĂ©s, inventaron en el siglo XIX geometrĂas que prescindĂan de dicho postulado y que dieron lugar posteriormente a aplicaciones prácticas. Una de ellas fue fundamentar matemáticamente la teorĂa de la relatividad general de Einstein, sin la cual no comprenderĂamos nada de la astronomĂa actual.
Los conocimientos cientĂficos se apilan los unos sobre los otros como un castillo de naipes y algunas de sus cĂşspides dan lugar a aplicaciones que nos cambian la vida. Pero tales cĂşspides no existirĂan si no existieran todas las cartas en las que se apoyan. Por eso hay que financiar toda la ciencia -por supuesto, siempre que esa ciencia aumente nuestro conocimiento- porque no se sabe cuáles de esos conocimientos nos serán Ăştiles en el futuro. En definitiva, saber siempre será mejor que ignorar. Y afortunadamente, existen personas -los cientĂficos- que tienen una inextinguible vocaciĂłn por conocer. Tan solo hay que darles fondos para investigar y una mĂnima estabilidad en su trabajo. Es decir, hay que invertir recursos; en ocasiones, muchos. La ciencia puede parecer cara a algunos, pero la ignorancia lo es mucho más. El precio de la ignorancia es tener un sistema econĂłmico con poco valor añadido y la dependencia de otros paĂses.
El trabajo de los cientĂficos tambiĂ©n se asemeja al de una apisonadora o al de las hormigas que salen en busca de comida. Entre todos exploran todos los caminos posibles para resolver un problema. Unos fructificarán y otros no. Pero, incluso los que no fructifican, son Ăştiles para la ciencia porque indican a los futuros investigadores por donde no hay que seguir.
Las vacunas de Pfizer y de Moderna, ambas basadas en la molĂ©cula del ARN mensajero, son el Ăşltimo ejemplo de por quĂ© hay que financiar toda la ciencia, aunque esta se proponga objetivos que parezcan en principio poco viables. Ha sido posible desarrollar dichas vacunas en tan poco tiempo gracias a los trabajos previos de una bioquĂmica hĂşngara, Katalin KarikĂł. Esta cientĂfica persiguiĂł la idea de utilizar ARN en la dĂ©cada de 1990 para aplicarla en vacunas contra el cáncer y tuvo que abandonar sus trabajos debido a que nadie creyĂł en ella y, como consecuencia, le era imposible encontrar financiaciĂłn. En 2000 fue acogida por un colega de la Universidad de Pensilvania interesado en desarrollar una vacuna contra el sida con dicha tĂ©cnica. De nuevo, se tropezaron con falta de financiaciĂłn, pero llegaron a obtener algunos resultados en animales y patentaron sus hallazgos. Esas patentes fueron compradas en 2010 por Moderna y BioN-Tech -asociada con Pfizer- y esta Ăşltima terminĂł contratando a KarikĂł. El desarrollo de la vacuna contra la Covid-19 se aprovechĂł de todo el conocimiento anterior sobre las vacunas de ARN que esta investigadora habĂa ensayado contra el cáncer y el sida. Muchas vidas podrán salvarse ahora porque ella persiguiĂł su idea sin desmayo.
Nuestra relaciĂłn como paĂs con la ciencia ha sido histĂłricamente muy desgraciada. No está claro si el tren lo perdimos con Felipe II, con las numerosas guerras de los borbones en el siglo XVIII, con nuestro convulso siglo XIX o con las dos dictaduras del siglo XX. El caso es que nunca ha habido una financiaciĂłn suficiente y a lo largo de periodos suficientemente largos como para que nuestro mĂşsculo cientĂfico se haya desarrollado hasta alcanzar una mĂnima masa crĂtica. Tras cada tĂmido intento de mejora, siempre se ha interpuesto despuĂ©s una dictadura, una guerra o una crisis econĂłmica como la de 2008, cuyos efectos destructivos en nuestro sistema de ciencia todavĂa arrastramos. Afortunadamente, la Covid-19 ha sacudido las conciencias de nuestros gobernantes y se han aprobado para el prĂłximo año notables incrementos de la inversiĂłn en investigaciĂłn. Pero no basta con dos o tres años de bonanza. La situaciĂłn crĂtica de nuestro sistema -envejecido, precarizado y burocratizado tras muchos años de polĂticas errĂłneas o insuficientes- necesita polĂticas ambiciosas, estables y mantenidas durante largos plazos. ¡Ojala este impulso surgido como reacciĂłn a la pandemia no se frustre de nuevo!
