El atentado del Domingo de Pascua en Sri Lanka nos ha hecho recordar que no son las sociedades occidentales las que padecen los peores azotes de la violencia terrorista. La dimensión de la tragedia (dos centenares y medio de muertos, tras una reducción de un 30% en el número provisional por errores técnicos) convierte a este atentado en uno de los más mortíferos del fenómeno terrorista a escala planetaria.

La autoría de la cadena de explosiones en iglesias cristianas y hoteles de Sri Lanka fué reclamada por un oscuro grupo yihadista local afiliado, afecto o vinculado al DAESH (Estado Islámico), recientemente expulsado de sus últimos bastiones en Siria.

Durante días, y aún hoy, se mantuvieron serias dudas sobre la autenticidad de estos pronunciamientos. Pero la atención local se centró en la polémica por la desatención oficial a las advertencias de un alto riesgo de atentados, en gran parte debido a una confrontación en la cúspide del poder entre el Presidente de la República y el jefe del Gobierno.

Sri Lanka (la Ceylán colonial británica) es un estado multiétnico y religiosamente plural, bajo tensión desde los albores de su nacimiento. La mayoría cingalesa, de religión budista, ejerce un dominio considerable (70%) sobre las otras minorías importantes: hindú (12,5%), musulmana (casi un 10%) y cristiana (7,5%).

ANTECEDENTES SANGRIENTOS

Durante las décadas de los ochenta, noventa del pasado siglo y primera del presente, un sector radical de la minoría tamil se agrupó en una autoproclamada organización armada de liberación denominada los tigres, con la pretensión de lograr la independencia en regiones del norte y este del país donde esa etnia era mayoritaria. Los tigres tamiles fueron los primeros en adoptar la modalidad de atentados suicidas. Protagonizaron acciones de una brutalidad escalofriante, con decenas y hasta centenares de muertos. El estado les hizo frente con no menos contundencia.

En las fases álgidas del conflicto, la India, que cuenta también con una importante minoría tamil, trató de ejercer el papel de mediador. Incluso desplegó soldados en la isla bajo bandera de la ONU, en calidad de fuerzas de paz. Esta experiencia resultó un absoluto fracaso y dejó algunos rastros de especial significación. Un extremista tamil asesinó al entonces primer ministro, Rajiv Gandhi. Al final, sólo la fuerza consiguió doblegar a los tigres tamiles que fueron derrotados por el estado hace ahora diez años. El balance de esos años de plomo es pavoroso: 70.000 muertos y 140.000 desaparecidos (1).

El atentado de Pascua tiene poco que ver directamente con esta saga sangrienta, pero se inscribe en la fuerte tensión interétnica que se extiende por esta zona meridional de Asia. La minoría musulmana cingalesa pasa por ser moderada y no cuestiona su lealtad al Estado. Pero hay sectores que se han radicalizado en los últimos años. En paralelo, han crecido también los sectores extremistas budistas de la mayoría cingalesa, que presionan a favor de políticas más intransigentes hacia las minorías, y en particular la musulmana.

Estas tensiones están alimentadas por la rivalidad regional que protagonizan India y Pakistán (ambas excolonias británicas, como Sri Lanka). India es un subcontinente con centenares de etnias y todos los credos religiosos existentes en el planeta, mientras Pakistán se creo como un proyecto nacional ligado a la defensa y promoción de la confesión islámica.

Ambas potencias, por lo demás dotadas de armamento nuclear, viven en permanente estado de beligerancia desde la independencia. Reivindicaciones territoriales sin resolver y una hostilidad permanente han desencadenado varios brotes bélicos de consideración. Pakistán es acusado por la India de armar, financiar y proteger a grupos terroristas que han actuado periódicamente en su territorio.

El juego de tensiones étnicas y religiosas traspasan las porosas fronteras de estos países del Asia meridional hasta conectar con otras potencias del Medio Oriente. Se cruzan acusaciones y anidan todo tipo de teoría conspiratorias. Las redes sociales han contribuido, también en esta ocasión, a favorecer la propagación de amenazas y falsas campañas de intimidación y persecución. Es comprensible que las autoridades de Sri Lanka clausuraran las redes sociales tras los atentados, por temor a que se desencadenase un ciclo de represalias.

¿LOS CRISTIANOS, OBJETIVO PREFERENTE?

La selección de la minoría cristiana como objetivo (local, en el caso de las Iglesias y occidental, en los hoteles) ha sido presentada por los supuestos autores de las masacres como una respuesta vengativa a la acción terrorista cometida en dos mezquitas de Nueva Zelanda por el supremacista australiano Brenton Tarrant, a comienzos de abril (2).

Tras ese atentado, las fuerzas de seguridad turcas aseguraron haber frustrado una operación de represalia del DAESH contra ciudadanos australianos y neozelandeses. Los cristianos se sienten cada día más inseguros en Sri Lanka; no en vano han sufrido cerca de un centenar de episodios de violencia de desigual intensidad el año pasado y un número proporcional a ese en los primeros cuatro meses de 2019. Las organizaciones evangélicas han denunciado este clima de alarma.

Algunos analistas creen que los sectores budistas más extremistas pueden utilizar los atentados de Pascua para erigirse en protectores de los cristianos como coartada para ejercer presión contra los musulmanes. No se descarta que la India del fundamentalista hindú Narendra Modi pueda hacer causa común con los extremistas budistas cingaleses por su combate contra el yihadismo (3).

El primer ministro indio se está sometiendo a escrutinio electoral. Los comicios en la India se prolongan durante más de un mes (debido a la extensión continental del país) y hasta mediados de año no se sabrá si podrá formar gobierno, aunque, como parece revalide su triunfo en las urnas. Narendra Modi, un dirigente etno-nacionalista con unas credenciales fundamentalistas inquietantes, no ha conseguido encauzar a la India por el sendero de prosperidad que prometió. Sus reformas económicas liberales han resultado fallidas. El ensayo de conciliación con Pakistán y ambos estados volvieron a situarse en el umbral de una nueva guerra abierta hace unos meses en el escenario clásico de Cachemira.

En definitiva, la debilidad de las estructuras de seguridad, una tradición de violencia endémica, el caldo de cultivo de la precariedad económica y la marginación social, la fragilidad de los lazos interculturales y el terreno abonado de las manipulaciones exteriores son factores que favorecen la amplificación del fenómeno terrorista en estas zonas de Asia. Ese carácter nihilista, desesperado y apocalíptico lo hemos presenciado también en tiempos recientes en Oriente Medio, como señalan Max Fisher y Amanda Taub, dos periodistas que se esfuerzan por interpretar las claves de los principales conflictos internacionales (4). Pero es en Asia donde parece cobrar una dimensión de normalidad que provoca la alarma y el desconcierto en propios y extraños.

NOTAS

(1) THE GUARDIAN, 22 de abril.

(2) “The hazy link between the attacks in Sri Lanka and New Zealand”. ADAM TAYLOR. THE WASHINGTON POST, 25 de abril.

(3) “The religious tensions behind the attacks in Sri Lanka”. NEIL DEVOTTA Y SUMIT GANGULI. FOREIGN AFFAIRS, 24 de abril.

(4) “Sri Lanka and the disturbing new normal in terror”. MAX FISHER Y AMANDA TAUB. THE INTERPRETER. THE NEW YORK TIMES