“Pueden, educadamente, faltarse al respeto”. Tal fue la invitación que el supuesto “moderador” del primer debate de esta última campaña electoral planteó a los cuatro principales candidatos a la presidencia del Gobierno de España. Más allá de lo absurdo del oxímoron, no sé si resulta más asombrosa la propia invitación a la irrespetuosidad o la ausencia de reproche alguno ante la misma.

En todo caso, que el moderador de un debate electoral en la televisión pública se sintiera obligado a fomentar la inmoderación, ante la aparente comprensión general de protagonistas y analistas, ya resulta paradigmático sobre el momento político que vivimos. Al parecer, la preocupación de quien conducía el debate estaba más centrada en la viveza del espectáculo que en la definición de sus contenidos.

Tal anécdota, si puede calificarse así, demuestra que hoy, para algunos, la política está más ocupada de la escenificación que de las soluciones; de las formas, antes que de los contenidos; del intercambio de golpes, antes que del contraste de argumentos; de la emoción, antes que de la razón. Cada vez en mayor medida, las campañas electorales asemejan a un ring en el que lo de menos son los mensajes y lo importante es el directo a la mandíbula que tumbe al oponente.

No se trata solo de los debates. En cualquier entrevista o en la mayor parte de las convocatorias de prensa más o menos improvisadas, las cuestiones a dirimir tienen que ver generalmente con la reacción al último exabrupto del adversario o las preferencias para pactar con unos o con otros, frente a unos o frente a otros. Y, desde luego, interesa mucho más el “con quién sí” o “con quién no”, antes que el “para qué sí” y “para qué no”.

Es el triunfo del “trumpismo” en la política global. La máxima que siguen a rajatabla en los equipos electorales de Donald Trump es la siguiente: no importa la verdad o la mentira, no importan los hechos o las falsedades; solo importa quién avanza y quién retrocede. Lo peor de todo es que hasta cierto punto funciona. Lo hemos visto aquí en España. Aquello del “Vamos”, sin aclarar dónde vamos, era muy parecido.

No estoy seguro de si tal concepción de la política resulta interesante para algunos medios de comunicación y para sus índices de audiencia, o para ciertas opciones políticas y sus intereses electorales. Pero estoy convencido de que es malo para la democracia. La política democrática tiene como objeto elaborar propuestas ante los retos del interés general, propiciar el diálogo entre los actores diversos y fomentar el entendimiento sobre las acciones a llevar a cabo para organizar el espacio público colectivo.

Cuando las diatribas se imponen sobre las propuestas, cuando la confrontación predomina sobre el diálogo, y cuando la política se reduce a la batalla con ganadores y perdedores, la calidad de la democracia se resiente.

No obstante, es curioso que esta dinámica innegable coexista con el reproche sistemático desde algunos analistas a las limitaciones que muestra la actividad política y sus protagonistas principales en nuestro país. Los mismos “moderadores”, conductores y comentaristas de la vida política que instan a los políticos a “faltarse al respeto” son, a menudo, los que echan de menos planteamientos de fondo acerca de los grandes desafíos colectivos.

Al tiempo que se impele a los políticos a atacarse sin “respeto”, a reaccionar ante las invectivas mutuas o a definir nítidamente las alineaciones en el campo de batalla, se les reprocha que no se hable a fondo de las consecuencias de la globalización, de las encrucijadas que abre la revolución tecnológica, de la inexorable transición ecológica o del futuro de Europa. Como si no se cortara con impaciencia en cualquier medio el más mínimo intento de todo candidato que pretenda “escapar” del combate más descarnado y candente del día.

No cabe la crítica exclusiva a los medios. Quienes nos dedicamos a la acción política representativa, a veces, somos leales colaboradores en esta dinámica. Si no fuera así, aquel “moderador” no se hubiera atrevido a invitar a sus “moderados” a faltarse al respeto.

¿Por qué, entonces, se abre paso esta manera tan mejorable de hacer las cosas? Por miedo a aburrir, quizás. Si la política es entretenimiento, seamos entretenidos. Por temor a salir de los nuevos códigos en el lenguaje de la comunicación, necesariamente simples, directos, emocionales, antes que complejos, argumentativos y racionales. Es el tiempo de los cortes de ocho segundos en televisión, de los doce en radio, de los quince en el vídeo a subir en las redes sociales…

Los marcos conceptuales en las campañas electorales de hoy tienen menos que ver con los programas que con los relatos, y más con los personajes que con los candidatos. Y muchos se apuntan al espectáculo, con mayor o menor entrega y entusiasmo.

Pero cuidado. Si hacemos de la política solo un espectáculo, no debemos extrañarnos de que los clowns obtengan ventaja…

Y dado que los españoles solemos considerarnos a nosotros mismos con una autocrítica cercana al desmerecimiento cruel, pensemos que el resultado de nuestras últimas elecciones generales ha evidenciado, hasta cierto punto, un claro rechazo a estas maneras de hacer política.

Aquí no han triunfado las maneras de Trump, Bolsonaro, Salvini, Farage o Le Pen. Alguna representación hemos tenido de todo esto. Pero el 28 de abril, por fortuna, los españoles decidieron que las propuestas se impusieran a las imposturas, la voluntad de diálogo a la apuesta por la confrontación, y el entendimiento al sectarismo. Profundicemos por ahí…