Si las sociedades cambian, y cambian las economĂ­as y cambian los procesos productivos, resulta inexorable que cambien tambiĂŠn los empleos y las relaciones laborales. Ahora bien, el cambio no implica necesariamente precarizaciĂłn. Y si los modelos vigentes de globalizaciĂłn econĂłmica y digitalizaciĂłn de los procesos productivos siguen dando lugar a la devaluaciĂłn constante en los derechos de los trabajadores, es preciso denunciar y promover reformas.

Cada dĂ­a se dan a conocer nuevas experiencias en la llamada economĂ­a digital que mal utilizan la coartada de la novedad, el glamour del emprendimiento o la supuesta modernidad del anglicismo permanente, para hacer negocio a costa de mal contratar o mal pagar a los trabajadores.

En unas ocasiones se trata de desarrolladoras de aplicaciones informĂĄticas. En otros casos son empresas de alquiler de vehĂ­culos con conductor o de reparto de comida a domicilio. Solo tienen en comĂşn eso: su supuesta novedad, el uso de aplicaciones tecnolĂłgicas, los reclamos comerciales en inglĂŠs, y la resistencia -a menudo fraudulenta o directamente ilegal- a reconocer y respetar los derechos de sus trabajadores.

Si en la producción tradicional ya existen dificultades para hacer valer los derechos laborales, como consecuencia del desarme provocado por la reforma laboral del PP, en las supuestamente nuevas formas de producción digital las situaciones de explotación se multiplican. Se abusa de la contratación temporal sin causa real. Se generalizan los contratos a tiempo parcial que camuflan jornadas a tiempo completo. Se trabajan horas que ni se reconocen ni se pagan. Se pagan salarios exiguos. Se promueven los falsos autónomos para evitar el respeto a las jornadas de descanso y el pago de cotizaciones sociales…

Son constantes ya las denuncias de repartidores de comida a domicilio que no estĂĄn contratados como lo que realmente son: trabajadores por cuenta ajena en una empresa que organiza su labor, que les manda y que se niega a reconocer sus derechos laborales. TambiĂŠn son frecuentes las quejas de teleoperadores, comerciales o conductores al servicio de plataformas digitales que ganan mucho dinero, pero que se niegan a compartir esas ganancias con un trato digno a los trabajadores que contribuyen a generarlas.

La incorporaciĂłn de las nuevas tecnologĂ­as digitales a las actividades econĂłmicas y, por consiguiente, al empleo, no debe interpretarse como un fenĂłmeno perjudicial o negativo, sino que constituye una gran oportunidad para el desarrollo general. Estas tecnologĂ­as pueden contribuir al bienestar general, a mejorar la productividad de la economĂ­a, a ganar competitividad para las empresas, a liberar a los trabajadores de actividades penosas, a repartir mejor los tiempos de trabajo, a generar mĂĄs rentas que pueden distribuirse de forma justa…

Pero, como cualquier fenómeno social, la digitalización de los procesos productivos debe gobernarse y debe regularse para garantizar su compatibilización con el interés general y los derechos de los más vulnerables. ¿Cómo hacerlo? Adaptando los modos de producción, intensificando la educación digital desde edades tempranas, asegurando una formación adecuada y permanente de los trabajadores, y cambiando algunas normas…

Es preciso recuperar la exigencia de causalidad para los contratos temporales. Un contrato temporal solo es legĂ­timo y solo debe ser legal si responde a un puesto de trabajo realmente temporal. Es necesario blindar la regulaciĂłn del trabajo a tiempo parcial para erradicar la explotaciĂłn mediante horas trabajadas y no reconocidas. Es urgente establecer la obligaciĂłn del registro de horas trabajadas en todas las empresas. Es de justicia combatir la brecha salarial y de promociĂłn profesional entre hombres y mujeres. Y es preciso fomentar la conciliaciĂłn de la vida laboral y la vida familiar, para ellos y para ellas.

Existe una instituciĂłn crucial para ofrecer garantĂ­a de cumplimiento en todos estos buenos objetivos: la inspecciĂłn de trabajo y Seguridad Social. En EspaĂąa contamos de promedio con la mitad de inspectores que la media de la zona euro. La consecuencia es la indefensiĂłn de los trabajadores y el abuso de algunos empresarios. Necesitamos mĂĄs inspectores, mejor gobierno de la inspecciĂłn y normas que establezcan infracciones claras y sanciones realmente disuasorias.

En una sociedad desarrollada, modernidad y precariedad no han de ser sinĂłnimos, sino antĂłnimos.