La agresión en sí. Otra vez Estados Unidos agrade a un Estado soberano. La agresión ha sido mucho más brutal que la de Venezuela, porque no han secuestrado a un Jefe del Estado, sino que lo han asesinado, junto a la familia, a Ministros y a muchos altos cargos. También han asesinado a muchos civiles.

Recordemos lo que dijimos a propósito de la agresión a Venezuela y del secuestro de Maduro (Javier García Fernández: “El secuestro del Presidente Maduro, Sistema Digital, 5 de enero de 2026). La Carta de Naciones Unidas no permite estas actuaciones, pues sus artículos 1º y 2º y todo el Capítulo VII de la Carta de Naciones Unidas contienen el propósito de la Organización de mantener la paz y la prohibición de recurrir al uso de la fuerza o a su amenaza contra un Estado. Así pues, a partir de la Carta sólo es lícito el uso de la fuerza que, en uso de legítima defensa, autorice la propia Organización. Posteriormente, la Resolución 2625 (XXV), de 24 de octubre de 1970, de la Asamblea General de Naciones Unidas contiene la Declaración relativa a los principios de Derecho Internacional referentes a las relaciones de amistad y a la cooperación entre los Estados de conformidad con la Carta de Naciones entre Estados y prohíbe el uso de la fuerza. Finalmente, la Resolución 3314 (XXIX), de 14 de diciembre de 1974, de la Asamblea General de Naciones Unidas definió la agresión como el uso de la fuerza armada por un Estado contra la soberanía, la integridad territorial o la independencia política de otro Estado.

Conforme al Derecho Internacional asumido por Estados Unidos y por Israel, la intervención de ambos países sobre Irán es plenamente ilegal, carece de justificación jurídica y no es aceptable el pretexto de los agresores sobre un hipotético ataque que iba a lanzar Irán. Ni se ha probado ni el Derecho Internacional permite una acción preventiva tan laxa (como ocurrió también en Irak en 2004).

La gravedad de la agresión se multiplica en sentido político, porque ésta ha consistido en asesinar a un Jefe del Estado, a su familia y a otros altos cargos. Es verdad que para el Derecho Internacional la muerte del más humilde ciudadano de un país agredido es igual que la muerte de un Jefe del Estado, pero la carga simbólica del atentado es mucho más intensa.

Y aquí es hora de tocar un tema que subyace y que los agresores y sus cómplices airean constantemente. Estados Unidos e Israel han asesinado a un dictador. Dejando para más abajo que en muchos casos asesinar al dictador no conlleva el final de la dictadura, lo relevante desde el punto de vista jurídico y desde el punto de vista moral es que nadie ha atribuido a Estados Unidos y a Israel una potestad jurisdiccional que les autorice a juzgar, a condenar y a ejecutar a otros gobernantes. Trump y su cómplice en la agresión no tienen la menor legitimidad para juzgar y menos aún ejecutar a ningún gobernante. ¿Y por qué a Jameneí y no a los autócratas de Arabia Saudí, del Golfo Pérsico o de algunas Repúblicas africanas? En definitiva, sólo Naciones Unidas y el propio pueblo pueden juzgar a los dictadores, y esa atribución no es delegable en nadie, menos en otros autócratas y homicidas.

Evidentemente los perros de presa del trumpismo lanzarán el argumento de que criticar la acción de Estados Unidos e Israel es una forma de apoyar y legitimar la dictadura iraní. Nada de eso. No se legitima un régimen autoritario defendiendo la aplicación del Derecho Internacional. Además, hay que leer mucho en la historia para encontrar casos similares de asesinatos de gobernantes por parte de otros Estados y Trump ha traspasado otra línea roja que difícilmente se puede justificar. Recomiendo el monumental y exhaustivo The Oxford Handbool of the History of International Law, dirigido por Bardo Fassbender y Anne Peters (Oxford, 2012) para rastrear un caso similar en la Historia de las relaciones internacionales.

El desprecio y la marginación de la ONU. Los lectores de cierta edad recordarán los esfuerzos que hizo George Bush Jr. para obtener la autorización de la ONU en su plan de agresión de Irak. Incluso el bulo de las “armas de destrucción masiva” que Busch Jr. y sus cómplices (Blair, Aznar) propalaron buscando un mínimo apoyo jurídico a la agresión destructiva de 2003. Pero en 2026 Trump no ha buscado el apoyo, aunque fuera espurio, de la ONU y de la sociedad internacional. Para que quede claro que su voluntad es lo único que cuenta en las relaciones internacionales, Trump ha agredido un Estado soberano sin plantearse siquiera legitimar jurídicamente su acción, porque en su concepción del mundo el Derecho y la voluntad (cuando no el capricho) son equiparables.

Pero es algo más que el deseo de imponer su voluntad. Trump ha conseguido, como hace tiempo venía maquinando, que la ONU se convierta en una organización irrelevante, algo que no ocurrió en 2003, porque las grandes Potencias (salvo el Reino Unido) no se prestaron a apoyar la guerra de agresión de Estados Unidos. No es el caso actual, como veremos más abajo.

Una acción sin autorización del Congreso. Si Trump ha vulnerado el Derecho Internacional, también ha vulnerado el Derecho de su país. Desde la Guerra de Vietnam los poderes de guerra del Presidente de Estados Unido están limitados por el Congreso (véase Javier García Fernández: Guerra, Defensa y Derecho Constitucional. Estudios sobre el Derecho Público de la Defensa, Madrid, 2024). Sin embargo, Trump no ha acudido al Congreso, donde tiene mayoría para obtener autorización para agredir a Irán. Probablemente la causa de este retraimiento es más psicológica e ideológica que política, pues en su compleja mente y en su no menos compleja ideología debe pensar que un Presidente de Estados Unidos tiene suficientes poderes por sí solo. En todo caso, no sólo se transgrede el Derecho Internacional, también el Derecho interno.

Imprevisibilidad: se lleva a cabo la agresión cuando se estaba negociando. De todas las cualidades de Trump la más dañina es la imprevisibilidad. Hace tres meses tenía canales de comunicación con Venezuela, y acabó secuestrando a Maduro. Ahora había una delegación estadounidense y otra iraní en Omán y, sin embargo, ha hecho saltar ese canal. Da lo mismo que Trump se haya sentido impelido por Israel, como dicen algunos, o porque haya calculado que esa acción le conviene de cara a las elecciones de noviembre. La previsibilidad es una cualidad de la diplomacia que contribuye a que los Estados puedan negociar y acercar posiciones ante problemas complejos. Pero la complicada psicología de Trump ha levantado una muralla alrededor de él y de su país, que ya no es una Potencia fiable.

Previsiones sobre Irán y el resto de Oriente Medio. Esa imprevisibilidad hace pensar que Trump se ha lanzado contra Irán sin tener claro hasta dónde iba a llegar. Ni lo tiene claro en Venezuela, donde el chavismo persiste y ahora hay un régimen chavista domesticado, pero no democrático. Como todos los comentaristas apuntan, Irán no es Venezuela, las estructuras de la dictadura son política y jurídicamente sólidas y, además, hay una clase media vinculada al clero que va a seguir apoyando a la dictadura que le proporciona beneficios e influencia. Por eso da la sensación de que Trump se ha lanzado al ruedo sin saber hasta dónde puede llegar. Es la antipolítica, el impulso ciego de una persona que cree que la realidad es la que está en su pensamiento febril. En definitiva, la agresión estadounidense-israelí no asegura que llegue el fin de la dictadura y más bien puede fortalecerla, aunque sólo sea por la debilidad en que va a quedar la oposición democrática a la que el régimen querrá identificar con el agresor exterior.

Pero hay más. Aprovechando la ocasión, Israel está bombardeando Beirut y es probable que la tensión se extienda a Irak, a Siria y hasta a los Emiratos del Golfo. Puede ser como un reguero de pólvora de imprevisibles efectos.

Efectos de la agresión más allá de Oriente Medio. Putin ha salido más legitimado en su agresión contra Ucrania y China podría plantearse una intervención en Taiwan. Lo más peligroso es que Rusia intente una operación relámpago, porque calcule que Europa no está en condiciones estos días de dar más apoyo a Ucrania.

Von del Leyen y Costa. El comunicado conjunto de las dos cabezas de la Unión Europea, Úrsula von der Leyen y António Costa, es uno de los episodios más tristes de la historia comunitaria. Si es éticamente reprobable mantener la neutralidad entre el agresor y el agredido, lo es mucho más el mensaje del comunicado von der Leyen–Costa que en realidad pide al agredido que no se defienda frente al agresor. Hay situaciones tan claras que no se entiende que las autoridades comunitarias entren en esa zona minada. No contenta con no condenar una vulneración flagrante del Derecho Internacional, von del Leyen pide a Irán que ponga fin a sus ataques temerarios (La Vanguardia, 3 de marzo de 2026), petición que incluso sería obscena si también la dirigiera a los dos agresores.

Y si ya se podía esperar cualquier cosa de von der Leyen, que actúa como uno de los mayordomos europeos de Trump, es mucho más triste, desde una óptica progresista, ver a Costa, que es la referencia socialista más elevada de la Unión, asumir el discurso cobarde de von der Leyen. ¿Qué entiende esta gente por sentido de responsabilidad?

Alemania-Francia-Reino Unido. 2026 no es 2003. En 2003 sólo los Gobiernos del Reino Unido, de España y de Portugal se alinearon con la agresión estadounidense contra Irak. La Francia de Chirac y de Villepin, la Alemania de Schröder y la mayor parte de la ONU mostraron su oposición a la destrucción de un país que bastante desgracia había tenido con un dictador como Sadam Hussein. Ahora es al revés. En una decisión conjunta, Francia, Alemania y el Reino Unido no sólo no han condenado una vulneración del Derecho Internacional, sino que se muestran dispuestos a atacar Irán. Muy valientes los gobernantes de estos países que sólo ahora tiran la piedra después de hacerlo el matón grande. Evidentemente han desaparecido figuras históricas como Chirac y Schröder, sustituidos por mediocridades que no se atreven a llevar la contraria a los matones erráticos que actúan por pulsiones que sólo los psiquiatras pueden interpretar.

Lo que no quieren ver estos gobernantes serviles, acobardados y cobardes es que Trump –como Hitler y como Mussolini– es insaciables y que de la misma manera que han agredido a Venezuela y a Irán mañana pueden agredir a Francia, a Alemania, al Reino Unido o a España. Solo la fuerza hace retroceder a estos autócratas.

Sólo un pequeño frente con Suecia, Noruega, Dinamarca (¡qué remedio!), Eslovaquia y, sobre todo, España está enseñando a la opinión pública mundial que la acción de Estados Unidos y de Israel no es una acción justa, por mucho que se ataque a una dictadura. Incluso Canadá, amenazada por Trump, se ha alineado con el autócrata en la agresión.

La respuesta española. Por todo ello, es un orgullo para la opinión pública progresista que el Presidente de España se ponga a la cabeza en la crítica a la agresión de Irán. Un orgullo que se prohíba al agresor utilizar bases españolas para quebrantar el Derecho Internacional y, de paso, destruir cientos de vidas humanas. En la línea de Rodríguez Zapatero, traicionado por el Rey (Juan Calos I dixit) que se disculpó por el gesto de protesta del futuro Presidente dando por buena la agresión de Bush Jr., el Gobierno de Sánchez es hoy una referencia de una política internacional conforme al Derecho y de respeto a los derechos humanos. De la misma manera que hay que celebrar las referencias del Rey Felipe VI a la solución pacífica de los conflictos internacionales, referencia que (ahora lo sabemos) nunca hubiera hecho su padre.

Y, como era de esperar, ya está Núñez Feijóo enredando sin darse cuenta de que hace un favor al Gobierno, porque ayuda a visualizar las opciones de paz y las de agresión. Que ande con cuidado el líder de la derecha, porque como cuenta Fila Mera en El País del 3 de marzo, para perjudicar al Gobierno habla sin ton ni son y acaba incomodando a otros. Es muy posible que Núñez Feijóo acabe poniendo en un compromiso al propio Trump…

Con la agresión de Estados Unidos a Irán el mundo es más inseguro, está más en manos de iluminados, de locos y de psicópatas. En todo caso, la opción española por el respeto al Derecho Internacional es una opción arriesgada, pero valiente y necesaria, que los progresistas deben apoyar si algún día llega el zarpazo de Trump.