NicolĂĄs de Maquiavelo es mĂĄs conocido por lo que no dijo que por lo que, de verdad, escribiĂł. Es el sino de la fama y ya se sabe que de nuestros imitadores serĂĄn nuestros defectos. Y de los que nos ignoran.
Porque Maquiavelo, ademĂĄs de varias otras notables obras, lo que escribiĂł fue un manual de instrucciones para su prĂncipe, Lorenzo II de MĂŠdicis, en forma de tratado polĂtico mientras estaba encarcelado por, paradĂłjicamente, conspirar contra ĂŠl. Algo parecido hizo dos siglos despuĂŠs Antonio PĂŠrez desde su exilio cuando dedicĂł al Duque de Lerma su “Norte de PrĂncipes”: tratar de congraciarse para mejorar su situaciĂłn.
Y como muchos otros asesores de esos siglos. Ăngeles Galino, una investigadora del CSI, registrĂł nada menos que 81 tratados sobre educaciĂłn de prĂncipes, escritos en castellano, entre los siglos XVI y XVII. Si nos remontĂĄramos a la antigĂźedad, nos vendrĂan a la memoria gente, nada menos que, como AristĂłteles y si pasamos a los siglos XVIII y XIX nos encontraremos los tratados polĂticos que han conformado los bloques ideolĂłgicos que, aĂşn hoy, influyen en la organizaciĂłn social del mundo.
En nuestros tiempos, la asesorĂa polĂtica adopta otras formas. No son tiempos, estos, ni para la lĂrica ni para los tratados extensos. Por la sencilla razĂłn de que no hay prĂncipes que tengan tiempo para leĂŠrselos, ni falta que les hace. Lo que necesitan son ideas que puedan explicar en los veinte segundos que dura un “pantallazo” de televisiĂłn. Y, comprenderĂĄn ustedes que, en veinte segundos, no se puede explicar nada que tenga alguna complejidad.
Por eso, la asesorĂa polĂtica hoy, abandonando el antiguo tratado, se adapta al formato del mensaje. Como mucho, cuando ese mensaje hay que explicarlo, se apela al “informe de un folio”, encargo que se hace a los asesores junior y, que en los asesores senior pasa al de “resĂşmeme el folio en una lĂnea”. Solo en casos muy excepcionales se reclama un âbriefingâ, pero, con la crisis, y debido a su precio, ha decaĂdo su uso.
AhĂ es donde nace la idea brillante que, cuando no tiene ĂŠxito, pasa a denominarse ocurrencia. Pero, para entender esta clasificaciĂłn de las ideas, hay que empezar por definir que es “tener ĂŠxito”. Se podrĂa medir ĂŠste por los resultados de la aplicaciĂłn de esa idea pero, ante la duda de que pueda producir alguno, se suele medir por lo que tarde en estar en las pĂĄginas impares de los periĂłdicos, por la duraciĂłn de la noticia en los medios audiovisuales o por ser twiteada, y retwiteada en las redes sociales.
Cuando la idea brillante termina en el programa de Wyoming, o es memeada (neologismo inĂŠdito que significa que se ha convertido en meme), es que ha pasado a ser una ocurrencia y conviene dejar de insistir en ella y pasar a una nueva.
Hay quien duda de la necesidad de los asesores polĂticos. Es un error dudar de ello. Porque, pongamos el caso de un ministro, espaĂąol, por ejemplo. Un ministro tiene que dedicarse a sus relaciones con el Congreso, el Senado, la UniĂłn Europea, sus colegas de Consejo de Ministros o de su mismo ramo de otros paĂses, los consejeros de las Comunidades AutĂłnomas, la prensa, radio y televisiĂłn y multitud de personas relacionadas con su tarea tanto dentro como fuera de su departamento. Y eso sin contar con la necesaria conciliaciĂłn familiar o sus propias necesidades vitales y fisiolĂłgicas. Y hay que preguntarse, ÂżcuĂĄndo tiene tiempo, y tranquilidad, para pensar? Bastante tiene con intentar cumplir con la agenda marcada por su gabinete.
AhĂ aparece la necesidad del asesor. Este, en cambio, no tiene otra cosa que hacer durante todo el dĂa (ojo, veinticuatro horas) que pensar. Pensar en cosas, planteĂĄndose tesis y antĂtesis y, sobre todo, en como las sintetiza para cuando le llame el Ministro, o su Jefe de Gabinete, para que le suministre alguna idea nueva. Y esa llamada puede llegar a cualquier hora del dĂa o de la noche, de ahĂ la vigilia neuronal a la que se tiene que someter el asesor mientras dura su empleo, a no ser que quiera que esa duraciĂłn sea menor que la del cargo de su jefe.
Y luego estĂĄ lo de la incomprensiĂłn de su trabajo. Pensar no estĂĄ muy valorado en nuestro paĂs y, de vez en cuando, alguien escudriĂąa en los presupuestos de algĂşn ministerio y descubre lo que se gasta en asesores. Inmediatamente se convierte en escĂĄndalo, bien es verdad que de no muy alta intensidad, y motivo de crĂtica de la oposiciĂłn y de la contra crĂtica en forma de “tĂş mĂĄs”. Realmente, si hay un tema donde la modalidad del “Pacto de Estado” tiene sentido es en los asesores polĂticos. AquĂ sĂ que puede decirse que, el que estĂŠ libre de pecado, que cese al primer asesor. Pero no serĂa yo el primero en hacerlo. Por todo lo anterior, entiendo la necesidad de los asesores.
Lo que sĂ harĂa es reconducir su trabajo con criterios de calidad, medida esta por la utilidad de sus ideas y no por el “impacto mediĂĄtico” que puedan tener. SĂŠ que es clamar en el desierto pero, imagĂnense lo que podrĂa ser el que gente inteligente pensara en la soluciĂłn de los problemas de los ciudadanos en lugar de emplear su tiempo en producir noticias para los medios de comunicaciĂłn. Solo de pensarlo crece mi respeto por el sistema. Que no es que no lo tenga.
No quiero acabar esta reflexiĂłn (o la falta de ella, que no estoy muy seguro del todo), sin citar algĂşn ejemplo, tres, de ideas brillantes que me vienen a la memoria. Primero, el del âbichito que si se cae de esta mesa se mataâ, que sirviĂł a un Ministro de Sanidad para explicar lo de la colza. Segundo, el del Ministro de Agricultura que anunciĂł un telĂŠfono de avisos de incendios forestales, antes de que estuviera operativo y lo hizo âpara que la gente lo vaya aprendiendoâ. Y tercero, el del Ministro de Industria que regalĂł a cada espaĂąol una bombilla de bajo consumo. ÂĄCuĂĄnta injusticia hay en el hecho de que no se conozcan los nombres de los asesores que pergeĂąaron esas ideas y tengan que ser los ministros correspondientes los que se llevan la fama!
Espero que, algĂşn dĂa, el Sindicato de Asesores PolĂticos, entre en este tema y se termine protegiendo la propiedad intelectual de cada uno.
