La apertura del año 2021 nos está deparando tres grandes debates que dividen al Gobierno por una parte y a los interlocutores sociales por otra: el incremento del SMI, las pensiones y la derogaciĂłn de la actual legislaciĂłn laboral. En relaciĂłn con el SMI los sindicatos reivindican 1000 euros en este año para alcanzar en esta legislatura el 60% del salario medio de los convenios, como recomienda la Carta Social Europea. En cambio, la CEOE- CEPYME ha propuesto congelar este año el SMI y, por lo tanto, si no se alcanza un acuerdo, debe el Gobierno fijar la cuantĂa del mismo. Será muy difĂcil explicar que el Gobierno acepte el veto de los empresarios y congele el SMI, ante la firme actitud de UP, de la ministra de Trabajo y la fuerte oposiciĂłn sindical.
En relaciĂłn con las pensiones y la sostenibilidad de la Seguridad Social (SS) -la máxima expresiĂłn de nuestra protecciĂłn social-, el debate parte de las recomendaciones del Pacto de Toledo y de la propuesta del ministro JosĂ© Luis Escrivá (no recogida en el Pacto, lo que resulta incomprensible y, desde luego, lamentable), que propone pasar de 25 a 35 años el periodo de cĂłmputo para el cálculo de las pensiones. Debemos recordar que hasta 2022 no se alcanzarán los 25 años del cĂłmputo establecido en la Ăşltima reforma y montar sobre ella una nueva ampliaciĂłn a 35 años -sin conocer sus efectos- no parece lo más coherente y responsable. Esta medida reducirĂa las pensiones futuras en torno a una media del 6%. En relaciĂłn con este asunto, las diferencias son tambiĂ©n sustanciales: UP y los sindicatos se oponen a esta medida y, previsiblemente, la CEOE- CEPYME aceptará la propuesta del ministro. En todo caso, los sindicatos exigen concretar el incremento de las pensiones contributivas y las no contributivas (0,9% y el 1,8% respectivamente en este año) y, por lo tanto, garantizar su relaciĂłn definitiva con el IPC (mantener su poder adquisitivo); eliminar los gastos impropios (subvenciones a la contrataciĂłn para incentivar el empleo, prejubilaciones en sectores en crisis, cotizaciones más favorables para autĂłnomos, polĂticas de protecciĂłn a la familia, mejoras en las pensiones de viudedad más bajas…); y, finalmente, aumentar los ingresos del Sistema: reflexionar sobre el destope de las bases de cotizaciĂłn máximas (sin compensaciones) y recurrir, si fuera necesario, a la fiscalidad para garantizar el equilibrio financiero de la SS.
En cuanto a la derogación de la legislación laboral, la oposición de los empresarios y de los gobiernos ha sido radical y cortoplacista. Debemos manifestar que las reformas laborales siempre han estado claramente motivadas por la reducción de los costos empresariales (sin olvidar el componente ideológico de esta medida) y eso explica que se hayan impuesto unilateralmente a los trabajadores y, por lo tanto, al margen del diálogo social. La exposición de motivos esgrimidos para justificar la última reforma del PP (año 2012) hizo hincapié en la creación de empleo y en la superación de la precariedad de nuestro mercado de trabajo; sin embargo, después de casi 10 años de su aprobación, se ha convertido en una auténtica fábrica de generar “empleos basura”.
Desde luego, los efectos de las Ăşltimas reformas han sido devastadores: han reducido drásticamente los salarios; facilitado y abaratado el despido; transferido rentas del trabajo al capital; eliminado la autorizaciĂłn previa administrativa de los ERES; aumentado la precariedad de nuestro mercado de trabajo; dificultado que los jĂłvenes conformen carreras profesionales completas a efectos del cobro de sus pensiones; consolidado un modelo de producciĂłn obsoleto (intensivo en mano de obra y escasamente cualificado); frenando el cambio de nuestro modelo productivo hacia una economĂa más competitiva; además de golpear de manera interesada y brutal a la propia negociaciĂłn colectiva y, como consecuencia, al diálogo social.
En definitiva, las reformas laborales han aumentado el poder al empresario para regular las condiciones de trabajo en las empresas -incluso para devaluar los salarios-, por razones económicas, técnicas, organizativas y de producción. En la práctica, el poder empresarial es absoluto, lo que deja indefensos a los trabajadores -sobre todo en la pequeña y mediana empresa- y sin referencias para fijar los salarios (al margen de lo que determina el SMI) y las condiciones de trabajo en general.
Todo ello ha generado una mayor desigualdad y menos derechos para los trabajadores, que pagaron injustamente los costos de la pasada crisis y, actualmente, sufren tambiĂ©n los efectos de la Pandemia, sin que ello corrija el desempleo, la precariedad y nuestros desequilibrios macroeconĂłmicos; más bien está ocurriendo todo lo contrario: la actual legislaciĂłn laboral nos está conduciendo irremediablemente a ser un paĂs alejado de la modernidad en un marco globalizado. Con el agravante de que todo ello se está llevando a cabo sabiendo que esta competitividad sin lĂmites -basada en la precariedad, en los bajos salarios y en una escasa protecciĂłn social- es una carrera que no se gana: no hay una llegada en la carrera hacia el abismo, porque no se puede competir con el trabajo de esclavos. Por estas poderosas razones, hay que decirles a los que piensan que no es el momento de abordar la reforma de la legislaciĂłn laboral (por la Pandemia) que, por el contrario, resulta imprescindible para proceder al cambio urgente de nuestro modelo productivo.
Como se ha puesto de manifiesto, la reforma laboral de Rajoy (PP) dinamitĂł la negociaciĂłn colectiva y golpeĂł duramente a la autonomĂa de las partes. En concreto, dio prioridad a los convenios de empresa sobre todos los demás, lo que ha desactivado los convenios estatales de sector al facilitar su inaplicaciĂłn (descuelgue), acreditando una caĂda de los ingresos; además, eliminĂł la prĂłrroga automática de los convenios (la llamada ultra actividad), por lo que las partes deben renegociar de nuevo el convenio en el plazo de un año, porque a partir de un año sin acuerdo el convenio ya no está en vigor, como venĂan defendiendo los empresarios. No está de más recordar que la negociaciĂłn colectiva es el nudo gordiano de las relaciones laborales y que, por lo tanto, un sindicato y una asociaciĂłn empresarial que no negocian se convierten en irrelevantes ante la dejaciĂłn de sus más elementales funciones.
Por todo ello, la imposiciĂłn de las reformas laborales ha representado un duro golpe para los sindicatos y para la autonomĂa de las partes. En esta situaciĂłn, no resulta extraño que la acciĂłn de los sindicatos -dedicada a limitar daños y por lo tanto a la defensiva- haya obtenido magros resultados para los trabajadores. Lo que obliga a los sindicatos a reflexionar sobre el diálogo social en la actualidad y sobre su polĂtica de responsabilidad -cuando no es correspondida por el gobierno y la CEOE-, que los trabajadores no siempre entienden y que, por otra parte, pueden frenar las movilizaciones sociales en defensa de sus reivindicaciones. En definitiva, CCOO y UGT tendrán muchas dificultades, con la vigente legislaciĂłn laboral, para mantener el diálogo y la concertaciĂłn social -incluso con un Gobierno calificado de progresista- y, por lo tanto, al margen de las previsibles movilizaciones sociales.
Por eso, no es extraño que los empresarios se encuentren muy cómodos con la actual legislación, con las subvenciones que reciben a la contratación y, en definitiva, con la  favorable relación de fuerzas que tienen en los centros de trabajo. Incluso, se niegan a aceptar el mantener el poder adquisitivo de los salarios y exigen apropiarse de todos los beneficios que se generan por el aumento de la productividad (como se observa en la negociación de los primeros convenios del presente año), lo que seguirá facilitando la transferencia de rentas del trabajo al capital.
En este marco complejo y global, los sindicatos se afanan en reafirmar la centralidad del trabajo en un contexto democrático y en defender las polĂticas redistributivas. Además, y en coherencia con ello, reflexionan tambiĂ©n sobre la fuerte demanda de movilizaciĂłn social de los colectivos más afectados por la crisis (parados, precarios, autĂłnomos sin empleo, inmigrantes, excluidos…) y sobre la gran influencia que tienen en las redes sociales y en los medios de comunicaciĂłn. Esto obligará a CCOO y UGT a buscar amplios acuerdos con estos colectivos con la pretensiĂłn de canalizar el creciente malestar social de los que más están sufriendo los efectos de la Pandemia.
ÂżQuĂ© hacer, en concreto, en esta difĂcil coyuntura polĂtica, econĂłmica, social y de salud pĂşblica? En primer lugar se debe insistir en incrementar el SMI, puesto que la propuesta sindical parece sumamente razonable -y asĂ lo deberĂan de entender el Gobierno y los empresarios, incluso en las actuales circunstancias-; sobre todo cuando, segĂşn CCOO, Alemania lo ha subido un 2,7%, Portugal un 4,6% y Francia un 1% y, además, ello impulsa la actividad econĂłmica (consumo interno) y ayuda a superar las fuertes desigualdades. TambiĂ©n los sindicatos están cargados de razones en relaciĂłn con las pensiones: mantener el poder adquisitivo de las presentes y futuras pensiones y garantizar la sostenibilidad del Sistema. Finalmente, CCOO y UGT exigen restablecer el equilibrio de fuerzas con los empresarios: garantizar la prevalencia del convenio de sector (respetar su contenido integro) sobre el de empresa, mantener la ultra actividad de los convenios y, paulatinamente, reducir la escandalosa precariedad de nuestro mercado de trabajo.  Paralelamente será imprescindible fortalecer el  diálogo social encaminado, entre otros asuntos, a pactar un nuevo Estatuto de los Trabajadores capaz de responder a las exigencias más elementales de un mundo globalizado.
Esta polĂtica debe ser compatible con el desarrollo de un sindicalismo de base, pegado a la realidad de las empresas y al sentir mayoritario de los trabajadores. TambiĂ©n los sindicatos deben reafirmar su autonomĂa sindical, fortalecer la unidad de acciĂłn y reforzar su acciĂłn sindical -muy debilitada por los estragos que están causando las polĂticas neoliberales-, con el propĂłsito de defender con eficacia los intereses de los trabajadores, sobre todo de los más vulnerables. Con esta visiĂłn deben trabajar con denuedo por el empleo y por superar la escandalosa precariedad, además de fortalecer los servicios pĂşblicos (sanidad y educaciĂłn), aumentar la protecciĂłn social (pensiones, desempleo y dependencia), garantizar la igualdad de gĂ©nero, modernizar el tejido productivo y de servicios (digitalizaciĂłn) y luchar contra el cambio climático.
Pedro Sánchez tiene la Ăşltima palabra -a pesar de las presiones de los poderes fácticos y de la UE- y, además, una fuerte capacidad de maniobra para tomar las decisiones que crea más convenientes, una vez aprobados los PGE-2021. No olvidemos que combatir eficazmente el virus, reconstruir el paĂs y gestionar las ayudas de la UE exige la máxima participaciĂłn y unidad de todos. Ojalá acierte y recuperemos la ilusiĂłn…
