Podríamos empezar este artículo preguntÔndonos qué tienen en común el laborista britÔnico Keir Starmer y la ultraconservadora Giorgia Meloni. Y la respuesta sería: el mismo problema que tiene hoy toda Europa y que se llama Inmigración.

En España acaba de publicarse el CIS donde indica que la principal preocupación de los españoles es la inmigración. EstÔn siendo unos meses terribles con la llegada cada vez mÔs masiva de personas a nuestras costas y queriendo saltar las vallas. Ocurre en España y ocurre en cualquier país europeo fronterizo.

Siendo un problema gravísimo y humanitario, de muy difícil solución y, mucho mÔs, si no hay grandes acuerdos tanto de Estado como europeos, lo cierto es que la inmigración es el problema que se ve pero, en realidad, es la consecuencia de un problema enmascarado que estÔ haciendo mella en nuestras democracias desde finales del siglo XX: la desigualdad. El mayor problema que tenemos en el siglo XXI.

Pareció, a mediados del siglo XX, que con la consolidación de las democracias liberales, el Estado de Bienestar y el control del mercado libre en los países europeos se podría haber controlado la desigualdad social. Fueron años de crecimiento de la clase media, que ayudó a controlar los excesivos picos de riqueza y pobreza. Al mismo tiempo, los planes de Naciones Unidas ayudaron a combatir la pobreza mundial.

Sin embargo, esas políticas de igualdad social, tan necesarias para el desarrollo de un país pero, sobre todo, para la autonomía, desarrollo y libertades individuales comenzó a deshilacharse en el siglo XXI.

El primer gran encontronazo lo sufrimos con la crisis de 2008 que supuso una pérdida de la clase media y un gran bajón social mientras que los mÔs súper ricos seguían engordando su riqueza. Capital llama a capital.

A ello contribuía el nuevo capitalismo financiero y tecnológico, en el que el dinero se acumula en menos manos y la tecnología es la nueva producción.

El covid-19 vino a agravar aún mÔs esta situación. Aunque se pusieron enormes medidas paliativas para seguir manteniendo el empleo, las ayudas, los subsidios, las pensiones, etc, lo cierto es que la brecha de desigualdad va en aumento.

Estamos en el siglo de mayor desigualdad de la historia de la humanidad. Una desigualdad profunda que se observa dentro de los paƭses con la pƩrdida de la clase media y, comparativamente, entre paƭses.

Según uno de los últimos informes de Oxfam Internacional, 42 personas poseen lo mismo que los 3.700 millones de personas del mundo con menos recursos. En 2017, antes de la pandemia, el 82% del crecimiento fue a parar al 1% mÔs privilegiado del mundo. A partir de ahí, la mayor parte de la riqueza creada se acumula en una nueva clase social: los megÔricos. Una nueva clase que escapa a todo control político, cuyo estatus parece no pertenecer a nuestro mundo, y que, sin considerarse comprometidos con su entorno social mÔs próximo pues ya no saben ni cuÔl es, son los únicos beneficiados de las consecuencias de las crisis. Son los que tienen aviones privados, que viven en un país, estudian en otro, veranean en otro, o van a cenar a otra ciudad diferente.

EstÔ el caso de Elon Musk. Es tan rico que supera el PIB de mÔs de 150 países y territorios.  Según los datos del Banco Mundial, el patrimonio neto del empresario supera el PIB de Colombia, Finlandia, PakistÔn, Chile y Portugal. AdemÔs de su riqueza patrimonial, recibe el mayor sueldo de la historia corporativa: 56.000 millones de dólares.

Siempre hay comparativas que nos ayudan a entender mejor la proporción. Por ejemplo, la casa mÔs cara del mundo es Buckingham Palace. Unos 1.300 millones de dólares. Musk podría comprarse las 10 propiedades mÔs caras del mundo desde Buckinham hasta Kensington Palace, se gastaría 5.600 millones, literalmente un 10% del dinero. Todavía nos queda un 90% que, entre otras cosas, podría comprar a los 50 futbolistas mÔs caros del mundo.

ĀæTiene esto algĆŗn sentido? Y, la siguiente pregunta: Āæpuede la democracia soportar tanta desigualdad?

Pues efectivamente no. AsĆ­ lo vemos cuando Musk se convierte en un personaje tan poderoso que, de forma insolente, planta cara al gobierno y la justicia de paĆ­ses democrĆ”ticos como puede ser, entre otros Brasil. O decide intervenir en la guerra de Ucrania. O invadir el espacio con sus satĆ©lites. O. … jugar con el mundo de forma caprichosa.

Lo que resulta sorprendente es que esta desigualdad de los megÔricos no genere estupor ni indignación ni malestar ni preocupación. A mí me preocupa y mucho, sobre todo, porque no puedo entender la democracia si no volvemos a los equilibrios que permitan reducir excesos y ampliar la gran base de una clase media.

Hasta el propio Aristóteles, pensador que valora ante todo la moderación y la prudencia, defiende en su libro ā€œPolĆ­ticaā€, a la clase media como lo mĆ”s justo en una sociedad.

Europa tiene un grave problema con la llegada de personas que buscan una oportunidad para sobrevivir. África y otros países Ôrabes y latinoamericanos tienen un gravísimo problema con una población que escapa del hambre, la pobreza, las dictaduras, la falta de recursos, y la muerte. En definitiva, la humanidad en su conjunto tiene un problema muy serio que resolver: ¿cómo podemos vivir todos en condiciones dignas en el mundo?

Lo estamos haciendo francamente mal. Y tarde o temprano estallarĆ”. O ya lo estĆ” haciendo.

La desigualdad es la causa de la inmigración masiva y esta es a su vez la causa del aumento de la ultraderecha con un discurso ramplón, incluso obsceno. Pero no estamos preparados ni política ni socialmente para buscar una solución.

Dicen que la historia no se repite aunque hay muchos episodios que se parecen. Podríamos saltarnos el infierno que se vivió en la primera mitad del siglo XX y pasar directamente a las soluciones de un pacto político-económico-social-democrÔtico que reestructurara de nuevo unas bases de justicia social que propiciara de nuevo el equilibrio económico y el binomio igualdad-libertad.

No esperemos a sufrir las consecuencias del rearme ultra para buscar soluciones conjuntas.