La desinformación no siempre aparece como una noticia falsa, un titular manipulado o un vídeo alterado. A veces, circula en formatos mucho más ligeros, aparentemente inofensivos, difíciles de discutir y socialmente aceptados.
Un chiste, una imagen compartida en las redes sociales o por WhatsApp, una viñeta, un meme político o una burla sobre una persona o un colectivo pueden parecer simples expresiones de humor. Y, muchas veces, lo son. Pero también pueden ser utilizados como instrumentos para la mentira, el prejuicio y la polarización.
En artículos anteriores se ha mostrado que la desinformación preocupa a la ciudadanía española (https://fundacionsistema.com/la-verdad-no-esta-muriendo-la-estan-matando/), que puede alimentar discursos de odio (https://fundacionsistema.com/cuando-el-bulo-se-conierte-en-odio/) y que la política aparece como su principal escenario (https://fundacionsistema.com/la-politica-como-principial-escenario-de-desinformacion/). Ahora vamos a centrarnos en algo menos evidente, pero cada vez más importante: la relación entre humor, chistes, memes y debate público.
Lo primero que hay que decir es que una sociedad con humor es una sociedad más sana. En nuestra vida cotidiana, y también en democracia, es necesario el humor, la sátira, la ironía, la crítica y la libertad para reírse de uno mismo, de todo y del poder, pero siempre con respeto. El problema aparece cuando la risa y el humor se utilizan para introducir bulos, falsear los hechos, denigrar a una persona, a un colectivo o al propio debate público.
Cuando un bulo o una mentira se presenta como broma, esta entra más rápido en la gente. Pero, además, a quien la cuestiona se le acusa de exagerado, seta, soso, sieso, no tener sentido del humor, cortarrollos, aguafiestas, tomarse todo a pecho, cerrado, no pillar el chiste o ser un amargado. Y ahí está precisamente una parte de su fuerza.
¿Dónde termina el humor y dónde empieza el bulo? ¿Puede justificarse una mentira porque aparece envuelta en forma de chiste? ¿Son los memes solo entretenimiento o también una forma de intervención política? ¿A quién se ridiculiza más y qué consecuencias puede tener esa ridiculización?
Los datos de la encuesta sobre desinformación y humor realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) nos permiten aproximarnos a estas preguntas. Y lo primero que se observa es que el 55,7% de los españoles creen que en el debate político no deben utilizarse el humor y los chistes, mientras que un 38,9% sí considera que se pueden utilizar, aunque en algunos casos falseen hechos o no sean información veraz.
En segundo lugar, recibir o tener conocimiento de chistes o memes no es un fenómeno marginal, ya que, según los datos del CIS, el 29,1% de la población recibe o tiene conocimiento de chistes o memes a diario. Otro 19,8%, varias veces a la semana. Es decir, prácticamente la mitad de la población (48,9%) está expuesta a este tipo de contenidos todos los días o varias veces por semana. Si se añade a quienes los reciben varias veces al mes (13,8%), el porcentaje asciende al 62,7%, frente a un 32,1% que afirma que nunca o rara vez los recibe.
Estos datos muestran la importancia que tienen los memes en la comunicación cotidiana de la gente. Son parte del entretenimiento digital, pero también son raciones de opinión, burla, crítica y, en ocasiones, simplificación de la realidad, que circulan rápido, se consumen rápido y se comparten muchas veces sin verificar. De ahí su relevancia política y cultural.
Entre quienes reciben chistes o memes con cierta frecuencia, los contenidos más habituales son los que se refieren a políticos o políticas de ideología distinta o contraria a la suya (64,1%), seguidos de los de políticos o políticas de ideología igual o similar a la propia (59,6%); mujeres (38,6%); inmigrantes (36,2%); hombres (33,2%); y personas del colectivo LGTBIQ+ (31,2%).
Aquí se entra en una zona cuanto menos delicada, ya que no todo chiste sobre una persona o un colectivo es desinformación, ni toda broma implica odio o discriminación. Sin embargo, el humor puede funcionar como una forma socialmente tolerada de ridiculización: puede rebajar la gravedad de ciertos prejuicios, normalizar estereotipos o convertir en aceptable lo que, expresado de forma directa, sería más difícil de defender.
En este punto, surge la pregunta de si todo el mundo interpreta igual el papel del humor, los chistes y los memes. Del análisis de los datos del CIS se observa lo siguiente:
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Por sexo: Los hombres (46,9%) aceptan en mayor medida que el humor y los chistes puedan utilizarse en el debate político —aunque en algunos casos puedan mentir o no ser información veraz— que las mujeres (31,5%). En sentido contrario, el 62,1% de las mujeres rechaza esa posibilidad, frente al 48,9% de los hombres. También hay diferencias en cuanto a la exposición: el 55,4% de los hombres recibe memes o chistes a diario o varias veces a la semana, frente al 42,7% de las mujeres.
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Por edad: La diferencia es muy clara. Entre los jóvenes de 18 a 24 años, el 66,5% recibe chistes o memes a diario, y el 83,8% a diario o varias veces por semana. Entre las personas de 75 años o más, este último porcentaje baja al 17,2%, mientras que el 65,3% afirma que nunca o rara vez los recibe.
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Por nivel educativo: La recepción frecuente de memes y chistes aumenta entre quienes tienen estudios superiores. El 57,9% de este grupo los recibe a diario o varias veces a la semana, frente al 23,7% de quienes tienen estudios primarios. También entre quienes tienen estudios superiores es mayor la presencia de memes sobre políticos de ideología contraria (66,2%). En cambio, entre quienes tienen estudios primarios destaca más la presencia de chistes o memes sobre inmigrantes, con un 62,8%.
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Por clase social subjetiva: La clase trabajadora, obrera o proletariado declara recibir con más frecuencia muchos o bastantes memes sobre mujeres (50,5%), inmigrantes (48,5%) y personas LGTBIQ+ (43%). Al mismo tiempo, los contenidos sobre políticos son altos en casi todas las clases sociales, lo que confirma que el humor político recorre todo el espacio social.
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Por ideología: La presencia de memes sobre políticos de ideología contraria es alta en casi toda la escala. Entre quienes se ubican en la posición 1 (izquierda) alcanza el 68,5% y entre quienes se sitúan en la posición 10 (derecha) llega al 69,7%. Es decir, el humor contra el adversario político está muy extendido. Sin embargo, las diferencias aparecen con más claridad en los contenidos sobre colectivos: entre quienes se sitúan en la izquierda (1), el 56,1% recibe muchos o bastantes memes sobre inmigrantes y el 47% sobre personas LGTBIQ+; en la posición 10 de derecha, esos porcentajes bajan al 30,6% y al 22,7%, respectivamente.
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Por recuerdo de voto: Los votantes de Vox y Sumar reciben más memes y chistes. El 60,1% de los votantes de Vox y el 61,7% de los de Sumar los reciben a diario o varias veces a la semana, frente al 46,1% de los votantes del PP y el 45,3% de los del PSOE. En cuanto al contenido político, los memes sobre políticos de ideología distinta o contraria son muy frecuentes en todos los electorados: 69,7% entre votantes del PP; 68,2% entre los del PSOE; 73,1% entre los de Vox y 65,9% entre los de Sumar.
En definitiva, el humor político ocupa un lugar central en la circulación cotidiana de memes y chistes. El humor es libertad, crítica y cultura democrática, pero también puede convertirse en un mecanismo de simplificación, ridiculización y circulación de bulos. Puede transformarse en una máquina de destrucción de toda persona o colectivo al que se considera ya no adversario, sino enemigo. Es cierto que el meme no inventa por sí solo la polarización, pero la hace más rápida, más emocional y más difícil de discutir.
Estamos hablando de la frontera entre la crítica legítima y la desinformación presentada como humor. Cuando un bulo circula en forma de chiste, puede encontrar menos resistencia, porque quien lo cuestiona corre el riesgo de parecer un sieso. Sin embargo, una democracia no puede sostenerse sobre mentiras que resultan divertidas. La democracia necesita humor, pero también necesita hechos y verdad. Y cuando el meme sustituye al hecho, el humor deja de ser una forma de crítica y se convierte en una vía de distorsión de la realidad.


