La situación creada en Francia tras las elecciones recientes a la Asamblea Nacional y lo sucedido en dos estados de Alemania, Turingia y Sajonia, en los que los partidos gobernantes han sufrido un descalabro que algunos, y no sin razón, califican de histórico, a manos de aquellos partidos que han recogido el descontento creciente de los electores con el estado de cosas que afectan a sus vidas y quehaceres, además de a su seguridad en el porvenir; obligaría a repensar determinadas políticas de exclusión, entre ellas los llamados cordones sanitarios, cuya ineficacia está quedando sobradamente acreditada, amén de suponer el cuestionamiento de la democracia y del propio sufragio universal. Porque no hay que engañarse, los problemas que afectan a nuestras democracias no se resuelven con acorazarse frente al descontento. Creo que es el momento de insuflar oxígeno a la democracia, empezando por reflexionar acerca de la necesidad de cambios de aquellas políticas que han producido la inquietud de amplias capas de la sociedad sin desdeñar la participación en tales reflexiones de quienes también están legitimados por el sufragio universal.
Las minorías dirigentes se hacen lenguas de lo que va ocurriendo en el mundo occidental, con cambios políticos impredecibles para muchos, pero reales y, sobre todo, rupturistas con las políticas oficiales imperantes durante décadas. Desde mi punto de vista, los resultados electorales en Europa son la consecuencia inmediata y visible de no pocos errores y de la arrogancia de los adalides de una globalización que, visto el desorden causado, ha demostrado ser un subproducto poco elaborado del capitalismo financiero impuesto desde los años 90. Sin embargo, no consta que se haya producido autocrítica alguna ni que, por tanto, se observe propósito de enmienda de ninguna clase, al contrario, todo son lamentos sobre el comportamiento “errático” de los electores, con la amenaza añadida de que Europa y Norteamérica se pueden adentrar en un mar tenebroso. Actitudes y juicios propios de quienes no han caído en la cuenta de que la cuerda y la paciencia de los afectados por las crisis terminan rompiéndose con la búsqueda de nuevos mitos que sustituyan a los oropeles desvaídos en las últimas décadas. Así que más vale ir dando de lado al sonambulismo de lo correcto y aprestarse a prever qué nos aguarda en el tiempo venidero.
Es verdad que desde 2008 en Europa se han ido acumulando crisis, alguna inesperada como la pandemia, que han acentuado las incertidumbres, creado inseguridad y agravado las desigualdades sociales. Y si ello no era suficiente, desde 2022 Rusia ha iniciado una guerra en Ucrania que, aparte el dolor de las víctimas ucranianas, está causando graves daños a las economías de la UE, con especial énfasis en Alemania, que es la primera potencia industrial de la Unión. Con todo ello, los diferentes Gobiernos y las instituciones europeas, atrapados por regulaciones múltiples y dependencias de países terceros en lo tecnológico, en lo industrial y en la energía, van impulsando medidas y aportando recursos financieros, como cataplasmas coyunturales, sin pararse a pensar que esta pequeña Europa, excesivamente burocratizada, debería dedicarse más a revisar sus modelos y planes actuales para buscar su acomodo dentro del caudal de cambios geopolíticos y estratégicos impulsados y sostenidos por potencias ajenas a la Unión.
En el contexto actual no parece lo más aconsejable adoptar meras actitudes defensivas, como las que se vislumbran en la UE después de las elecciones europeas, o bien optar por un cierto dontancredismo político, basado en gobiernos precarios o en funciones, esperando que se disuelvan los descontentos o amainen las tormentas. Ya se ve que eso no sucede, sino más bien lo contrario. De ahí la importancia de lo ocurrido en las dos principales potencias de la Unión, Francia y Alemania, convertidas en grandes sonámbulos que intentan eludir la realidad y refugiarse en la ciudadela de lo que consideran correcto a ver qué pasa. En mi opinión, son malos ejemplos para el resto de países de la Unión, que también, aunque en grados diferentes, se sienten abrumados por la preocupación activa de su población por el futuro y con tendencia creciente a escuchar mensajes y propuestas diferentes a las de los partidos tradicionales.
La democracia y el sufragio universal son inseparables y más en tiempos de zozobra. Por eso, crear dudas sobre tales principios, es una mala medicina para atajar los males que aquejan a las democracias europeas. Hace un siglo, esas democracias no supieron hacer frente vigoroso a los problemas de la crisis de entonces con las consecuencias ya conocidas. Ahora no se puede caer en un conformismo vanidoso y defensivo. Escuchar y abrir puertas, es decir más democracia, resulta urgente.
