La guerra de Ucrania, como todas las guerras habidas y por haber, viene produciendo alteraciones políticas y económicas en el continente europeo, que es el primer afectado por la misma, aunque el sostenedor principal de dicha guerra han sido los Estados Unidos de Norteamérica y, a rebufo de ellos, los países de la UE con la añadidura de Inglaterra, frente a Rusia. Han sido tres años trágicos en los que Europa no ha conseguido levantar cabeza de las dos grandes crisis que nos han azotado en este primer cuarto de siglo, la económico-financiera de 2008 y la pandemia de 2020. Y justo en este tiempo han florecido el descontento y la desafección de amplias capas de la población con los partidos políticos tradicionales, lo que ha puesto en guardia a la mayoría de los dirigentes públicos, cuya reacción ha sido hasta ahora poner cataplasmas y cinturones sanitarios, sin la más leve autocrítica, pensando en que el fenómeno de la ruptura podía ser algo pasajero, que es lo que se suele pensar cuando vienen mal dadas. Pero hete aquí que en la potencia norteamericana se ha producido un giro copernicano, bastante refrendado por los electores americanos, tanto en política internacional −la guerra de Ucrania− como en política comercial. La convulsión en Occidente ha sido inmensa, sobre todo en Europa que, de repente, ha descubierto su lóbrega orfandad. Pero, en vez de aplicar el sosegaos al que se refería siempre Felipe II, se ha desatado una tormenta de ideas y de iniciativas de algunos gobernantes y responsables de las instituciones europeas que, como mínimo, transmiten confusión además de sembrar dudas sobre el valor de la democracia y del sufragio universal en momentos en que se está proclamando urbi et orbe la necesidad de adoptar decisiones que, en su caso, podrían afectar a las vidas y haciendas de las naciones implicadas. Decisiones que en cualquier democracia habrían de ser objeto del refrendo parlamentario o de una consulta popular, bien mediante elecciones generales en aquellos países con gobiernos y parlamentos frágiles bien a través de referéndum ad hoc.
Los mensajes oficiales, sobre todo los provenientes de Bruselas, parecen trufados de un aroma de inquietud bélica como si se hubiera producido algo parecido al bombardeo de Pearl Harbour en diciembre de 1941 en Estados Unidos. Y se lanzan cifras milmillonarias de rearme para ser asumidas por unas economías nacionales que, salvo excepciones, están ahítas de deudas y con crecimiento económico precario. Además de ello, se montan reuniones por doquier, la tormenta de ideas, que, desde mi punto de vista, transmiten un cuadro patético a los ciudadanos y contribuyentes que se interesan por esos asuntos. Y lo que es peor, se expande la imagen de que no hay interés en que se acabe la guerra. Probablemente no es la imagen deseada, pero, excepto algunos matices o atenuaciones como los realizados por el Gobierno español, el ambiente del rearme europeo contrasta con las iniciativas para poner fin a la tragedia.
Lógicamente, las proclamas financieras de la Unión Europea deberán pasar por el cedazo de las decisiones que adopte cada país: cada Gobierno y cada Parlamento se supone que obrarán en consecuencia. Y a este propósito, conviene recordar que uno de los fundamentos esenciales de los parlamentos ya desde la Edad Media era aprobar los impuestos y recursos para armar a los ejércitos. Hasta ahora, como las uvas del hipotético rearme están todavía verdes, apenas se habla de ese trámite, pero si hay cierto murmullo que indica alguna renuencia al mismo, sobre todo, volviendo al principio de este comentario, porque los parlamentos de la mayoría de los países europeos ya no son los de una década atrás. Algunos desearían poder hacer lo que ha hecho Alemania que nada menos se propone aprobar una reforma sustancial de su Constitución, la llamada Ley Fundamental de Bonn, en el Bundestag saliente, cuando hay un Bundestag recién elegido pendiente de constituirse. Aunque sea legal, desde el punto de vista político supone un menosprecio a la democracia y al valor del sufragio universal por parte de quienes están más obligados a su respeto.
Lo que se propone hacer en Alemania trae causa de una anomalía que ha ido tomando cuerpo en estos últimos años y que consiste en que, ante el aumento de los discursos y fuerzas rupturistas que llegan a los parlamentos, se elude la autocrítica y el debate, que son consustanciales a cualquier modelo de libertad, escogiendo el camino más fácil a corto plazo: acorazarse frente a esa adversidad política y social. Espero que no se siga por ese camino en un momento como este en el que, al decir de algunos portavoces de inquietudes, Europa se juega el ser o no ser y por eso hay que gastar lo que no se tiene. No hay que perder el oremus, debilitando la democracia. Al contrario, habría que esforzarse en fortalecer un discurso de esperanza en el final de la guerra y en la apertura de un horizonte de entendimiento con las grandes potencias implicadas. Europa, exhausta económicamente, con sus democracias y modo de vida en cuestión, sería sin duda la más beneficiada, incluyendo a los ucranianos.
