Ese es, realmente, el aprendizaje que se desprende de esta obra: el que, en ocasiones, cuando los vínculos son veraces y profundos el tiempo no existe, tan solo concurre el individuo tal cual es, con sus miserias y grandezas, y con la fuerza de los sueños cumplidos y del que sabe que, habiendo trasgredido lo aceptable, ha logrado alcanzar parcelas de felicidad: la felicidad en la sinceridad, en el sosiego, en la calma tras la tormenta.

Pero la felicidad es tratada, también, desde la superficialidad del triunfo material, desde el desprecio de los que por sentirse poderosos acaban por irradiar en los demás miedo, temor y sufrimiento.

Sin embargo, la felicidad más pura y la más espuria mantienen nexos comunes, que acaban en las últimas páginas de esta narración anteponiendo el triunfo de la beldad de los sentimientos más leales y del azar de la vida sobre la irracionalidad y el destino. Un azar que permite un encuentro casual y, con el tiempo, la permanencia hasta el final de dos seres humanos unidos por la tragedia, pero sobre todo por el amor incondicional que se procesan el uno por el otro.

Y por ello, esta obra nos deja una buena sensación, un buen sabor, aunque podemos ser tildados de cándidos. Se la recomiendo, pasarán unas jornadas que les permitirán alejarse momentáneamente del ruido exterior.