Neofascismo, tecnofeudalismo, ultraneoliberalismo, neoreaccionismo, y un sinfín de denominaciones para intentar definir, concretar. el tsunami político, social y cultural que se está desarrollando en USA y por extensión a muchas naciones del mundo occidental.

Todavía impactados por este meteorito que no procede del espacio sideral, sino de grandes magnates y élite muy acotada de empresas tecnológicas, de redes de información, de empresas armamentistas, de think tank neoconservadores, etc., buena parte de la población y ciertos gobiernos democráticos se encuentran en shock político e ideológico.

No ha surgido de la nada esta ola. Se puede rastrear fácilmente su génesis en los primeros años 80 con los gobiernos Reagan y Thatcher, donde ya Margaret Thatcher marcaba lo que vendría a ser la política económica e ideológica neoliberal que se apuntalaría en los próximos lustros y precedente del actual fenómeno, como decía de forma sintética esta líder: “La sociedad es una entelequia, solo existe y es real el individuo, hombres y mujeres, y la familia”. Tras la aplicación de las recetas neoliberales, tanto en USA como en Europa, y por supuesto en otras naciones de América Latina, etc., con sus acciones tendentes a jibarización del Estado de Bienestar (sanidad, educación, prestaciones sociales, SMI, reducción indiscriminada de impuestos, etc.) y sus consecuencias económicas, sociales y culturales, nos adentramos en el siglo XXI con una embestida brutal, efectiva y contundente, de las políticas de Trump y sus discípulos –o quizás compañeros de viaje– a este lado del Atlántico. Se podrían rastrear ciertos antecedentes en el Tea Party y otros movimientos aparentemente religiosos, filosóficos, pero ya poco a poco mostrándose a calzón descubierto como elementos políticos con aspiraciones de moldear la sociedad desde instancias del poder público y gubernamental. Y todas las opciones políticas son legítimas mientras se asienten en una democracia real, porque con las acciones realizadas hasta el momento por el gobierno Trump (y reitero, aplaudidas y esperando ser secundadas a la mínima ocasión en numerosos países europeos y, en nuestra nación, además por algunas comunidades autónomas), que ya las están implementando con diferente intensidad, cabe preguntarse si realmente en EE.UU existe una democracia objetiva o solamente nominal. Los objetivos a corto, medio y largo plazo de la política del Presidente de USA y sus estrategas cada vez es más clarificadora. En mi opinión varios son los frentes en los que se está actuando de manera absolutamente potente. Todos ellos, parten y confluyen en un papel del Estado que prepondera lo defensivo y la seguridad, desechando todo lo que conlleve “Estado de Bienestar”; junto con esta desregulación plena en todo lo concerniente en derechos y legislación laboral, políticas de inclusión, medioambientales; en pocas palabras, que el capital tenga las manos libres para deshacer y hacer según los intereses exclusivamente de beneficio económico, más allá de cualquier cuestión de garantías laborales, protección del medio ambiente, inclusión social de colectivos desfavorecidos, regulaciones financieras y económicas que puedan coartar cualquier actuación empresarial y financiera. Al capitalismo actual le “sobra el Estado”, al menos la parte que ofrecía un marco de relativo bienestar sanitario, educativo, protección social, progreso constante en derechos y libertades. El pacto capital-trabajo que dio como resultado los Estados de Bienestar en democracias consolidadas, está ya madurando (proceso que se inició como he comentado en los gobiernos neoliberales de los años 80 del siglo pasado) en una forma descarnada de estado, despreocupándose, cuando no culpabilizando, a los sectores más desfavorecidos de la sociedad, y no solo a ellos, sino a todo lo que suponga libertad de prensa, de expresión, de cátedra, sexual, religiosa. De todas estas acciones tenemos ejemplos en el breve tiempo del gobierno trumpista. Citar, de forma muy breve y sintética, culpabilización ni más ni menos de un accidente de aviación civil con un helicóptero militar a personas con discapacidad o integradas en la administración federal por políticas de gobiernos demócratas, de hecho han prohibido ya contundentemente –por ejemplo en sus embajadas, empezado por la de España– que realicen contratos con empresas que tengan políticas de integración o atención a la diversidad; grandes periódicos norteamericanos están cambiando sus líneas editoriales para suscribir, o al menos no incomodar, la ideología del Presidente; arrestos y deportaciones en la Universidad de Columbia a personas que han liderado manifestaciones contra el genocidio de Palestina, además a esta prestigiosa Universidad le ha negado recientemente 400 millones de dólares en financiación de fondos federales por sus actuaciones “antisemitas”; es decir, el mundo de los medios de comunicación, intelectuales, agencias federales, inmigrantes, científicos que alertan del cambio climático, sobre el Covid y sus efectos, etc., están sufriendo la represión y agresividad de un gobierno “democrático” en EE.UU. Se podrían citar docenas de actuaciones contrarias a la libertad de expresión, de cátedra, de derecho humanitario, derecho internacional, etc. Pero seguro que el lector ya conoce de sobra todas ellas. Y no solo es que esto esté afectando a la economía, a las libertades y a los derechos individuales y colectivos, a un desgaste y adulteración con fines bastardos de la Democracia, ¡no! En mi opinión no se trata solo de una sistema político ahora mismo difícil de calificar hasta por los politólogos (quizás al igual que ocurre con el chino, ruso, etc.); es que esta filosofía política y social de la ley del más fuerte, del individualismo exacerbado, de aniquilación del adversario, de matonismo desde las instituciones democráticas, no sabemos hasta qué punto puede calar, igual que ha influido de forma poderosa el neoliberalismo en los valores personales y sociales, y en los individuos de las sociedades desarrolladas. Ahí quizás radica otro de los efectos más nocivos que puede tener esta ideología llevada al altar de la democracia por millones y millones de votantes. Es decir, ¿se puede convertir el mundo en un lugar donde predomina la imposición, la agresividad, el estado puro de la fuerza, el pensamiento único, y relegar a un estado residual la negociación, la convivencia, el acuerdo, el respeto y tolerancia por los adversarios o personas y colectivos que piensan y sienten diferente? ¿Este shock está arrastrando a partidos, instituciones y personas a una respuesta meramente reactiva contra estos planteamientos políticos, económicos y sociales? ¿Han conseguido que la esperanza de un avance en derechos, libertades, sociedades más justas y con igualdad de oportunidades, sea algo “woke”, algo distópico? ¿Acaso la mayor distopía es vivir en un mundo donde solo una élite vive con holgura y dominando los resortes políticos, económicos, medios de comunicación, sociales y el resto vive atenazado a veces sutilmente, y otras no, con miedo, temor a expresar, a disentir del líder, de la ortodoxia nacional, económica y social que cuestiona y plantea nuevos horizontes, nuevas visiones de los hechos y acontecimientos que afectan a la sociedad nacional y mundial? Frente a este maremágnum de democracias que lindan con sistemas represivos y autoritarios, ¡de talibanes elegidos democráticamente, eso sí!, quizás habría que plantear y renacer la esperanza en un mundo donde se restablezca el derecho internacional, los derechos humanos con carácter universal como objetivo irrenunciable, potenciar de nuevo la libertad de prensa, de cátedra, derecho de manifestación, reforzar unas garantías mínimas de carácter universal de acceso a la sanidad, educación, protección social, y muy importante según mi juicio, desarrollar y crear nuevas y más formas de participación ciudadana en la toma de decisiones políticas, así como en la vida social y económica; pero el núcleo debería partir de la esfera de mayor participación ciudadana en lo referente a legislación y grandes decisiones políticas. ¡Frente al miedo, la imposición, la represión, levantemos la voz y la fuerza por una sociedad libre, democrática, con derechos por y para todos/as, con la esperanza siempre inconclusa de un MUNDO MEJOR!