En los artículos anteriores hacíamos referencia a cuatro grandes grupos de crisis/catástrofes potenciales que sobresalen en el horizonte cercano global y que están claramente interrelacionados y son interdependientes: sustitución de gobiernos democráticos por autoritarios; riesgos militares; efectos catastróficos de los fenómenos extremos derivados del calentamiento global; y una nueva crisis del proceso de acumulación capitalista financiero-especulativo, que podría sobrepasar, con mucho, los negativos efectos socioeconómicos de la del 2008. Los tres primeros procesos los hemos considerado en los dos últimos artículos de esta Sección de Políticas de la Tierra, dedicando este artículo y los dos siguientes al cuarto de los mismos y a sus interrelaciones con los tres anteriores.

Obviamente, aunque hablemos de Escenarios positivos y venturosos, de riesgos, de crisis o de catástrofes, por mucho que las previsiones sean positivas o negativas, la historia nos ha demostrado su capacidad de sorprender con acontecimientos (cisnes negros) que escapan a la capacidad de imaginación de las previsiones más optimistas o pesimistas[1]. Sin embargo, hay una cierta unanimidad en distintos tipos de análisis (liberales, socialdemócratas, marxistas o anarquistas) sobre que el actual proceso de acumulación capitalista se enfrenta a escenarios de inestabilidad, desestabilización, crisis o desmoronamiento que justifican las distintas tendencias que el poder dominante va tratando de imponer: desde el autoritarismo nacionalista más radical (incluida la rama imperialista anarco-liberal que representaría Trump) a las soluciones reformistas, más o menos socialdemócratas y más o menos teñidas de verde que, por ejemplo, todavía colean en la UE. Frente a ellas se sitúan alternativas como el decrecimiento, en sus ramas anarquistas o socialistas, o prospectivas catastrofistas que llevan al colapso del sistema (¿y luego qué?) ante la falta de respuestas coordinadas frente a los riesgos presentes.

En este artículo se hace un breve repaso a los elementos básicos de las crisis más significativas producidas en los últimos 150 años, como ayuda para entender los riesgos potenciales de la situación actual, y al papel capital que corresponde de forma creciente en los mismos al dominio de la financiarización especulativa. En el próximo artículo recuperaremos el papel de la lucha entre poderes de las multinacionales (y al importante papel del Gobierno de Donald Trump en la misma), el resurgimiento del imperialismo y la militarización asociadas a la aprobación de La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. 2025 (ESN 2025), y los riesgos y potencialidades de la fase actual de la revolución científico-técnica, con un papel netamente destacado de la inteligencia artificial generativa (IAg) combinada con las aplicaciones tradicionales e históricas de dicha IA aplicada a la automatización y a la robótica; y con las posibilidades de una revolución cuántica que podría implicar un avance hacia la inteligencia artificial general IAG de consecuencias, por ahora, más imaginativas que reales.

Terminaremos el bloque sobre el riesgo de una crisis disruptiva global ligada al papel cada vez más destacado de un sistema financiero especulativo descontrolado que, desde 2008, con la irrupción del bitcoin y las criptomonedas, ha visto la explosión del peso de los agentes de inversión de capital y de los fondos especulativos en un marco en que la digitalización y la IAg abren posibilidades inéditas de interrelación y control a costa de agresiones crecientes a la estabilidad y sostenibilidad del sistema, donde no es irrelevante su interrelación con un calentamiento global de efectos cada vez más desequilibradores.

Marco en el que será imprescindible incorporar las consideraciones que se deriven en la próxima reunión de Davos, del 19 al 23 de enero, respecto a los riesgos presentes y a las alternativas viables para el capitalismo actual.

Las crisis estructurales del capitalismo global hasta el siglo XXI

La historia del capitalismo es también la historia de sus crisis periódicas. El crecimiento capitalista se produce por ondas, con crisis cíclicas en las que la reestructuración (destrucción creativa, según Schumpeter) conduce a nuevas formas de dominio y acumulación capitalista.

Algunas crisis devienen de ajustes entre un exceso de oferta y una demanda insuficiente en ciertos sectores, que repercuten en la caída de su actividad, el desempleo y la reducción de la tasa de crecimiento del PIB (crisis de los ciclos de negocio). Pero, junto a estas crisis, aparecen –y a veces se superponen- otras crisis de carácter más estructural, que terminan asociadas a un empeoramiento de las condiciones de vida de estratos muy significativos de la población, a veces con guerras, y a cambios en las relaciones técnicas y sociales de la producción, con la emergencia y/o desplazamiento de nuevos grupos o clases sociales en el poder.

Estas crisis estructurales, hasta la segunda década del siglo XXI, han venido teniendo su origen en la sobreacumulación o sobreproducción de capital (beneficios) sin alternativas de inversión con rentabilidad atractiva en relación al riesgo de la inversión, lo que impedía que los capitalistas encontraran salidas productivas al excedente acumulado. Ese freno a la inversión estaba relacionado con el exceso de oferta sobre la demanda a los costes vigentes de producción, lo que incidía en la sobreproducción, la caída del tipo de beneficio y el surgimiento de crisis hasta que se generaba una reestructuración “creativa” que abriera alternativas nuevas de inversión con una adecuada relación rentabilidad esperada/riesgo. En paralelo, la disminución de la rentabilidad llevaba a desplazar la inversión del incremento de la producción de mercancías a la especulación financiera, hasta que la burbuja explotaba, viniendo las crisis acompañadas de fuertes retrocesos en la capitalización bursátil, que duraba hasta que se producía la reestructuración del sistema, bien por intervención de los Estados, o bien por cambios estructurales significativos en las formas y relaciones de producción (mediante la introducción de nuevas tecnologías y métodos de producción); o bien por la incidencia de ambos procesos.

La evolución del índice del mercado bursátil S&P500 es un buen reflejo de estas crisis en el siglo XX y primer decenio del XXI, mostrándonos caídas en su valoración que se mantienen durante periodos significativos hasta la recuperación de los valores originales: caída del 86% en la gran crisis del 29, durante 32 meses; caída del 60%, durante 60 meses, en la crisis bélica de la segunda guerra mundial; caída del 48%, durante 20 meses, derivada de la crisis del petróleo en los setenta; caída del 49%, durante 30 meses, derivada de la crisis especulativa de las “punto.com” de inicios de los 2000; y caída del 57%, durante 17 meses, derivada de la crisis financiero-especulativa del 2008. Pero, hasta ahora, las recuperaciones posteriores del S&P500 han superado con mucho estas caídas, definiendo una evolución histórica creciente de su revalorización. Y no han impedido la continuidad capitalista tras las mismas, sin cambios que afecten al núcleo de la sociedad de consumo capitalista globalizada que rige la dinámica global del planeta desde la década de los sesenta del siglo XX.

No obstante, las crisis más significativas normalmente tienen una gran trascendencia por sus efectos socioeconómicos e incluso militares, habiendo sentando históricamente las bases de conflictos globales de un elevadísimo coste humano y patrimonial.

La denominada Gran Depresión (1873-1896) se originó tras la crisis financiera de 1873, causada por la especulación ferroviaria, la sobreproducción industrial y la contracción del crédito ante la caída de las expectativas de beneficio y el incremento del riesgo. Tuvo graves consecuencias (deflación prolongada, quiebras bancarias, desempleo, caída de salarios y conflictos sociales) que se complementaron con las de la crisis de 1890 −Crisis de Baring− originada por el sobreendeudamiento y la especulación financiera en Argentina, sustentados ambos por capitales británicos, lo que amenazó al sistema financiero internacional.

Estas crisis de finales del siglo XIX acompañaron a los conflictos geopolíticos, las guerras comerciales, las intervenciones militares y la lucha por las colonias en África y Asia, asociadas al auge del imperialismo de finales del mismo. Imperialismo que fue sustento de la expansión de las grandes corporaciones empresariales de los países imperialistas, con dominio absoluto en las colonias conquistadas y en sus recursos. El comercio global creció rápidamente a pesar de los cada vez más altos aranceles proteccionistas de los principales países imperialistas (EEUU, Alemania, Rusia, Francia y Japón). Las contradicciones crecientes, no independientes del malestar social generado por las crisis, condujeron a la Primera Guerra Mundial y a la Revolución Bolchevique, de 1917.

Posteriormente, una nueva crisis de especulación bursátil asociada al exceso de crédito, la sobreproducción industrial y agrícola, y la debilidad del sistema financiero, condujo al Crack de 1929 en la Bolsa de Nueva York, y a la Gran Depresión de los años treinta que generó tensiones y agudizó las contradicciones sociales (quiebras bancarias, cierre de empresas, desempleo masivo, caída del comercio internacional y empobrecimiento generalizado) que facilitaron el ascenso del fascismo, propiciado y apoyado por grupos empresariales; y abocaron a la Segunda Guerra Mundial, iniciada por la búsqueda de una salida imperialista a la crisis, con el control de nuevas materias primas y territorios, promovida por el fascismo italiano, el nacismo hitleriano y el expansionismo japonés.

Tras la victoria aliada y la consolidación de EEUU como primera potencia mundial, en Europa occidental, y en menor medida en EEUU, se evoluciona hacia un nuevo modelo de capitalismo más regulado por el Estado, con el objetivo de reducir las contradicciones que habían impulsado las luchas de clases a través del fascismo, del nacismo y de la revolución soviética. Se avanza así, con la generalización de la producción en cadena (fordismo) hacia una sociedad de consumo capitalista con acceso creciente a nuevos bienes de consumo para la surgente clase media; y con el desarrollo de unos servicios públicos básicos, fundamentalmente en Europa, que fueran sustento de la “sociedad de bienestar” teóricamente propugnada que compitiera con los logros que en ese sentido se producían en la URSS.

Pero la dialéctica capitalismo-comunismo y la denominada Guerra Fría, junto a la periódica aparición de crisis asociadas a los ciclos inherentes al capitalismo (crisis de los ciclos de negocio) y a la lucha por el control de recursos (fundamentalmente energéticos) y por el dominio territorial, llevaron a las crisis de los sesenta (ligada a las guerras asociadas al fuerte proceso de descolonización que se produce en esta década) y a la crisis de los setenta (guerras del petróleo y expansión de Israel ocupando territorios palestinos) del siglo XX. Esta última llevó a la aparición de la “stanflación” (estancamiento económico con incremento de los precios), donde el petróleo y el nacimiento de la OPEP tuvo un papel fundamental. Y no fueron independientes de la prioridad de EEUU para derrotar a la URSS como forma de dejar libre la expansión globalizada del capitalismo. Lo que logró con la “Guerra de las Galaxias” centrada en la expansión tecnológica y del armamento en el espacio (publicidad de una inviable corona antimisiles basada en satélites, propugnada por Bush, y ahora recuperada por Trump), que condujo a una competencia en inversiones militares que generó una fuerte crisis socioeconómica en la URSS y a su posterior disolución. Ello llevó a la desaparición del comunismo soviético como alternativa al capitalismo y a la supremacía del capitalismo en el conjunto del planeta, manteniéndose solo unos irrelevantes residuos no capitalistas en Asia o en América del Centro y del Sur.

En esta dinámica tuvo un papel relevante la revolución científico-técnica[2] que acompañó a la Guerra Fría, por las inversiones para uso militar que incentivaron su desarrollo, ampliando después su aplicación al uso civil. Se produce así una transformación industrial, tras la crisis de los setenta, que va a propiciar su expansión en base, sobre todo, a la producción de bienes de consumo duradero, la industria automovilística y petroquímica y el desarrollo de la I+D+i asociada a las tecnologías militares e industriales. El resultado es una transformación del modelo de desarrollo capitalista, asociándolo ahora a una sociedad de consumo en la que las nuevas tecnologías favorecen que la industria presida el proceso de acumulación de capital. Pero va a ser el desarrollo y la expansión exponencial del uso de las TIC y de Internet a finales del siglo XX, el elemento fundamental en la transformación del capitalismo facilitando su globalización.

La globalización como paradigma

La desaparición de la URSS abrió las posibilidades de expansión de la inversión capitalista en el mundo, minimizando los riesgos para las multinacionales que ahora podían aprovecharse de los menores salarios y de la ausencia de cargas ambientales o sociales de los países en desarrollo hacia los que dirigían estas inversiones, así como de la facilidad de acceso y control de sus recursos.

También el desarrollo de las tecnologías de la información y comunicación (TIC) iniciada en la década de los ochenta iba a implicar cambios sustanciales en el papel de la información y en el desarrollo de las relaciones sociales y productivas del mundo desarrollado. Posibilitaban la expansión de la globalización y el imperio de las actuaciones de las multinacionales, permitiendo al capital internacional coordinar y sincronizar las secuencias de producción global y, por lo tanto, poner en marcha el sistema financiero y de producción globalmente integrado.

Como resultado, a finales del siglo XX se produce una reestructuración del capitalismo con el surgimiento de un sistema mundial de producción, financiero y de servicios globalmente integrado. Globalización capitalista que implica la integración transnacional de los propietarios y directivos de grandes corporaciones empresariales y de los conglomerados financieros que desde entonces iban a dirigir la economía global, que pasa a funcionar como un todo globalizado al que se va a subordinar la dinámica y “ciclos/crisis de negocios” de los sistemas productivos nacionales. En paralelo, en muchos países en desarrollo se forzó la eliminación de la protección de los mercados locales y de la propiedad estatal a través de las actuaciones de Organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial (BM) o la Organización Mundial de Comercio (OMC), cuyo objetivo principal era favorecer el fuertísimo proceso de crecimiento de la inversión y las ventas de las multinacionales originarias de los países de altos ingresos[3]. Con ello, la globalización permitió aumentar la plusvalía absoluta del capital multinacional llevando a que la tasa de beneficio del capital aumentara durante el auge de la globalización, desde la década de 1980 hasta finales del siglo XX.

Esta globalización/mundialización funcionaba como integración compleja de las redes mundiales de producción y reproducción social, y de las estructuras de gobernanza estatales y globales ahora ligadas por acuerdos jurídicos internacionales, instituciones supranacionales, redes corporativas, zonas económicas especiales, etc., en los que juegan un importante papel los lobbies de los gestores de las multinacionales y los medios de comunicación. Ningún Estado-nación −ni siquiera EEUU, pese a su indudable supremacía tecnológica y militar− era capaz de ejercer la función hegemónica en el orden global, aunque la hegemonía financiera y monetaria de EEUU seguía siendo muy relevante. En este marco, la cada vez más relevante supremacía de las principales multinacionales de la revolución digital −en su mayoría con sede en EEUU− se liga a la indudable primacía de sus intereses globales (en la producción descentralizada en terceros países y su dominio de los mercados globales) y no a los propios de EEUU como nación.

La producción y reproducción social pasó a depender de diversas cadenas de montaje mundiales, con diferentes niveles de integración global, que estaban soportadas por la existencia de crecientes redes eficientes de infraestructuras materiales e inmateriales: redes de transporte aéreo, marítimo y terrestre que permiten la interconexión y accesibilidad prácticamente universal −al menos entre las principales ciudades globales del planeta−; cables transoceánicos y sistemas de satélites de comunicación planetarios crecientemente interconectados; y redes sociales y financieras fuertemente consolidadas. Y que también se acompaña de la progresiva mundialización científica, tecnológica y cultural, con fuerte presencia de los “media” anglosajones y de EEUU, tanto en formas culturales –cine, televisión, información− como incluso lingüísticas (dominio del inglés como forma de comunicación).

La globalización vino también acompañada de la expansión del papel de la financiarización de la economía favorecida por una desregulación y liberalización de los mercados financieros en todo el mundo capitalista. A medida que los sistemas financieros nacionales se fusionaban en un sistema financiero global cada vez más integrado, el capital financiero transnacional adquirió un dominio claro a escala global, acaparando un enorme poder social, incluida la capacidad de condicionar la gobernabilidad de los Estados a través de su capacidad de control de los circuitos de capital en todo el mundo. El resultado práctico fue una inversión de la relación histórica entre las finanzas globales y el capital industrial.

Lo que va a tener incidencia en las sucesivas crisis registradas a finales del siglo XX y primera década del XXI. Así, los procesos especulativos ligados a las “punto.com” de 2001, con unas expectativas asociadas a su desarrollo y la construcción excesiva de redes (la expansión de la fibra óptica permanecería ociosa durante años) junto al apalancamiento e ingeniería financiera asociada al uso de opciones complejas sobre acciones y a una contabilidad agresiva e irreal, llevaron a una burbuja de valoraciones en bolsa que finalmente estalló, llevando al cierre de numerosas empresas del sector y a una crisis financiera y económica fundamental sectorial que, sin embargo, tuvo una repercusión en el bienestar y valoración patrimonial y en el comercio global.

La Figura siguiente nos muestra el Índice de evolución del volumen de comercio mundial, desde enero de 1991 (valor 100) a octubre de 2025 (valor 406), junto al índice de la evolución de sus precios medios desde enero de 1991 (valor 100) a octubre de 2025 (valor 133), de los índices de evolución de precios reales de los combustibles, desde enero de 1991 (valor 100) a octubre de 2025 (valor 283), y del índice del resto de materias primas, desde enero de 1991 (valor 100) a octubre de 2025 (valor 202).

Como apreciamos, el volumen de comercio mundial ha crecido de manera continua, desde 1991 a 2025, multiplicándose por más de cuatro veces. Las únicas excepciones en ese crecimiento continuo se producen con las grandes crisis capitalistas (2001, 2008) o por fenómenos específicos. Así, la sobreinversión apalancada en EEUU en el “fracking”, basada en deuda de alto rendimiento, condujo a una sobreproducción de combustibles y al derrumbe de los precios de los mismos en 2015, afectando al sistema financiero-especulativo global, pero con una incidencia reducida en la globalización (estabilización del comercio mundial); mientras que esa reducción de precios sirvió de acicate a la recuperación económica global posterior. Otros fenómenos singulares específicos fueron la pandemia de 2020 o los efectos de la invasión de Ucrania sobre los precios, que van a tener muy fuertes consecuencias socioeconómicas y patrimoniales, reduciendo temporalmente el volumen de comercio global registrado.

Otro aspecto significativo asociado a la globalización es el reducido incremento de los precios medios de ese comercio global que, prácticamente hasta 2020 se mantiene estable; crecen entre 2020 y 2022; y recuperan después una nueva estabilidad. Cosa muy distinta a lo que sucede con los precios de los combustibles y, en mucha menor medida, del resto de materias primas. En las dos crisis, de 2001 y 2008 se registran procesos especulativos previos muy fuertes que van a ser precursores de las correspondientes crisis. Aunque va a ser por las medidas asociadas a la invasión de Ucrania, en 2022, cuando la desconexión del occidente de los recursos rusos va a implicar una fuertísima elevación de estos precios.

También conviene señalar, que ya desde 2018 las políticas de imposición de aranceles y de denuncia de tratados internacionales, llevada a cabo por Trump como presidente de EEUU (precursoras de las medidas de 2025 a las que nos referiremos en el próximo artículo), tuvieron influencia en el freno al crecimiento del comercio internacional hasta la pandemia. Sin embargo, hay que resaltar que el comercio de servicios siguió creciendo en valor de forma muy significativa hasta los últimos datos disponibles (2024) de la Organización Mundial del Comercio (OMC)[4], para la que el comercio de servicios se ha convertido en la columna vertebral de la economía mundial y en el componente más dinámico del comercio internacional, gracias, sobre todo, a la digitalización.

Así, los servicios de distribución y financieros vienen representando, en cada caso, casi la quinta parte del comercio de servicios, al tiempo que el comercio de servicios informáticos y de investigación y desarrollo registran el crecimiento medio anual más elevado del conjunto. En su último Informe sobre el Comercio Mundial 2025[5] se explora la incidencia potencial de la inteligencia artificial (IA) sobre el comercio internacional, y se concluye que esta relación puede contribuir a un crecimiento más inclusivo y amplio del comercio y del desarrollo global, aspecto que consideraremos en los próximos artículos.

El colapso financiero-especulativo de 2008

La globalización dificultaba que los Estados establecieran regulaciones que incidieran de forma significativa en el mercado global y pudieran prevenir y paliar las inevitables crisis cíclicas del capitalismo, estabilizando el sistema. Adicionalmente, los cambios en la naturaleza del capitalismo global que implicó el auge y el papel determinante de la financiarización en el conjunto de la economía global, junto a su capacidad de innovación en sus formas de desarrollo y de promoción especulativa de sus ganancias asociadas al proceso de digitalización, provocaron una radical reestructuración de todo el sistema financiero global, dando lugar a una brecha creciente entre la economía productiva de bienes y servicios y el capital ficticio[6] generado a través de distintos y “creativos” instrumentos financieros. Si el auge de la globalización que comenzó a finales del siglo XX reflejó una fase ascendente del capitalismo global con dominancia financiero-especulativa creciente, el colapso financiero de 2008 marcaría el inicio de una nueva reestructuración de las relaciones capitalistas en el planeta.

Tras la crisis especulativa de las empresas tecnológicas ligadas a las “punto.com” de inicios de siglo, la especulación financiera se dirigió al sector inmobiliario promoviendo hipotecas sin garantías (préstamos hipotecarios de alto riesgo, conocidos como subprime) que se concedían por encima del valor real de las viviendas. Hipotecas que se empaquetaban y se negociaban a través de todo tipo de instrumentos financieros (derivados) en el conjunto del sistema financiero mundial, implicando al sector bancario formal, al informal y al sector de seguros.

En 2006 estalló la burbuja inmobiliaria estadounidense, con el aumento del número de impagos y ejecuciones hipotecarias, produciendo en los inversores de los activos generados pérdidas que llevaron a que, el 15 de septiembre de 2008 quebrara Lehman Brothers (un banco de inversión estadounidense fundado en 1850) debido a su exposición a las citadas hipotecas de alto riesgo contratadas en EEUU, dejara una deuda superior a los 600.000 millones de dólares, e iniciara la mayor crisis financiera global desde la Gran Depresión de los treinta del siglo XX.

Su colapso afectó al sistema financiero global que se había entrelazado a través de seguros, derivados y créditos superpuestos a los préstamos hipotecarios estadounidenses y que había generado en sus propios países espirales especulativas en sus respectivos sectores hipotecarios. La financiarización especulativa había llevado a la economía global a un entrelazamiento gigantesco de inversiones especulativas, con apalancamientos en todos los derivados y cortos imaginables, lo que hizo que la crisis se expandiera inevitablemente al conjunto del sistema financiero mundial. Situación no muy distinta e incluso mucho menos grave, como veremos en el siguiente artículo, a la que caracteriza el inicio de 2026.

El resultado fue una inestabilidad y pánico mundial para el sector bancario y financiero informal, que se caracterizó por las quiebras y por una gran recesión que condujo a millones de pérdidas de empleos, pérdida de la propiedad de viviendas hipotecadas y pérdidas estimadas en millones de millones (billones) de riqueza patrimonial. Además, obligó a muy elevados rescates gubernamentales de distintos tipos de instituciones financieras en todo el mundo, siendo algunas de ellas particularmente favorecidas por estos rescates públicos bajo la idea publicitada entonces por el Gobierno americano de “demasiado grande para caer” (too big to fail).

Aunque estuvo claro que la especulación financiera asociada a los gestores de activos fue una causa primordial de la extensión global de la crisis financiera, la interrelación e implicación del sistema bancario fue indudable, lo que hizo que, después de 2008 y sus desastrosos efectos sobre la economía mundial y sobre el bienestar de las personas y el valor de los bienes patrimoniales, los reguladores bancarios –y, en particular, el Comité de Estabilidad Financiera (FSB), creado para supervisar el sistema financiero mundial tras la crisis de 2008- elevaran los estándares de capital exigidos a los bancos e introdujeran mecanismos, como las denominadas pruebas de estrés, para evaluar la resistencia del sistema bancario ante nuevos shocks financieros, lo que obligó a que los bancos reestructuran sus activos y sus riesgos. ´

Sin embargo, aunque los Gobiernos acudieron masivamente a solventar las crisis bancarias con fondos públicos que implicaron fuertes incrementos en la deuda pública estatal, la regulación de la banca oficial tuvo como contrapartida la potenciación del que podríamos denominar sistema financiero especulativo no regulado. Así se produce una ampliación muy considerable del papel de los gestores de activos, tanto en la financiación del sistema productivo y del especulativo en sustitución del crédito bancario, como en la intermediación y en la garantía de liquidez de las empresas y especuladores. Contradictoriamente con su responsabilidad en la crisis, los gestores de activos, las plataformas tecnológicas y las redes descentralizadas salen fuertemente reforzadas de la crisis, reduciendo temporalmente costes financieros, y ampliando el acceso y las transacciones financieras globales en un escenario de menor control y mayor riesgo sistémico en la estructura de la intermediación financiera.

El auge de un sistema financiero desregulado, globalmente integrado y digitalizado permite al sistema transformar cualquier flujo actual -o expectativas futuras- de ganancias en nuevos activos monetarios especulativamente negociables (instrumentos financieros) en un segundo, o sucesivo tercero o más grados de instrumentos financieros negociables, aumentando la diferencia entre la valoración final de estos instrumentos financieros y la valoración corriente del activo implicado. Permitiendo, incluso, que operadores de derivados de alto riesgo puedan apostar tanto por futuras ganancias como por futuras pérdidas en la materialización final de esos derivados financieros.

Un paso adicional en la financiarización especulativa se produce con la introducción de los criptoactivos basados en la tecnología “blockchain”, con una capacidad prácticamente total de realizar y acordar transacciones sin la más mínima transparencia pública ni fiscal. Así, el bitcoin se lanzó en 2008, durante la crisis financiera, como forma alternativa de dinero para la realización de transacciones entre privados, al margen de los bancos comerciales y centrales, supuestamente para evitar los potenciales efectos de nuevas crisis en el sistema financiero. Sin embargo, pronto se transformó en un activo fundamentalmente especulativo puesto en cuestión por sucesivas creaciones de criptomonedas de mayores niveles de garantía que evitaran los problemas de liquidez, costes y volatilidad asociada al bitcoin.

Pese a ello, inauguró una dinámica que no ha parado de crecer hasta 2026 a la que nos referiremos por su relevancia en el riesgo de nuevas crisis financiero-especulativas en un próximo artículo.

Consideraciones adicionales

Desde ciertos ámbitos, cada crisis se ha presentado como el inicio del fin de un capitalismo cuyas contradicciones intrínsecas necesariamente le debían llevar al colapso. Sin embargo, en todas ellas, hasta la actualidad, el capitalismo, con mayores o menores cambios estructurales y de relaciones de poder, ha continuado su proceso de expansión y de acumulación de capital.

En los inicios de 2026 la sociedad de consumo basada en un capitalismo de dominancia financiero-especulativa globalizada se encuentra en una situación fuertemente inestable como consecuencia de la reestructuración y transformación generada por una digitalización y una revolución científico técnica[7] que está afectando a la dinámica de cambio global que, fundamentalmente desde 2008, viene afectando al conjunto de intereses, relaciones de poder y dinámicas económicas, sociales y ambientales mundiales.

Las grandes inversiones que en la actualidad se están generando en estos campos de las nuevas tecnologías imbrican componentes fuertemente especulativas con la idea de que se conseguirán rendimientos futuros de su aplicación productiva que incrementarán la productividad y rentabilidad de las inversiones efectuadas. No obstante, existen riesgos de que las burbujas que se están generando puedan dar lugar a nuevas crisis financieras, que ahora incidirían en mayor medida sobre un sistema financiero-especulativo informal, debido a que las nuevas tecnologías siempre tardan en generar beneficios, en parte porque han de competir y desplazar a las tecnologías ya establecidas, y, en parte, porque exigen apalancamientos especulativos que incrementan fuertemente el diferencial entre los rendimientos financieros exigidos y las expectativas de beneficios futuros.

Las nuevas tecnologías están reconfigurando la liquidez, los pagos y la estabilidad económica, incrementando los riesgos para la estabilidad económica y financiera. por las innovaciones producidas en el campo de la gestión de activos, las plataformas tecnológicas y las redes descentralizadas de empresas emergentes no bancarias con su amplia gama de criptoactivos. Pero también están incrementando los riesgos para la estabilidad económica y financiera, ya que, hoy en día, son estos especulativos fondos de gestión de activos no bancarios -fondos mutuos de capital variable y los fondos cotizados en bolsa (ETF)- los que aportan una parte cada vez mayor de financiación global en base, en gran parte, a activos subyacentes que no siempre pueden venderse y que no disponen del seguro de depósitos ni de las reservas de capital obligadas al sistema bancario, como tampoco del acceso a los fondos de los bancos centrales en caso de necesidad.

Y no podemos olvidar que las sociedades de gestión de activos tienen una dinámica fundamentalmente especulativa. Su inversión en activos reales concretos suele estar acotada a un máximo de seis u ocho años, con inversiones fuertemente apalancadas que les aseguren rentabilidades de dos dígitos sobre los capitales propios implicados, que se basa, fundamentalmente, en la revalorización de los activos en el plazo previsto. Su gestión se centra en asegurar que esta revalorización, sumada a los ingresos por la prestación de dividendos o ingresos por los servicios corrientes de los activos, efectivamente se produce en los términos de rentabilidad establecida por los fondos de capital propio aportados.

Han conseguido acelerar los flujos financieros e incrementar muy sensiblemente estos de forma descentralizada, pero los estabilizadores del sistema financiero no se están adaptando con la misma velocidad, incrementando las dificultades para detectar posibles riesgos y actuar si estos se materializan. Como consecuencia, los riesgos financieros actuales son mucho mayores que los existentes en 2008; y sus consecuencias podrían ser mucho más graves cuando hasta presidentes libero-anarquistas de diversos países (incluido el de EEUU) utilizan criptoactivos para el negocio y el beneficio particular, haciendo de éste el soporte de muchas de sus decisiones.

Estamos en un momento en el que es necesario tener en cuenta los cuatro grandes grupos de crisis/catástrofes potenciales, claramente interrelacionados e interdependientes, señalados al principio del artículo: sustitución de gobiernos democráticos por autoritarios; riesgos militares; efectos catastróficos de los fenómenos extremos derivados del calentamiento global; y una nueva crisis del proceso de acumulación capitalista financiero-especulativo, que podría sobrepasar, con mucho, los negativos efectos socioeconómicos de la del 2008. Y en ello seguiremos profundizando en los próximos artículos.


[1] Últimamente podemos citar la crisis especulativo-financiera de 2008; la pandemia de 2020; la Guerra de Ucrania, desde 2022, y la disrupción autoritaria e imperialista de Trump desde 2025, materializada últimamente en su ilegal ataque militar sobre Venezuela, perpetrado el sábado 3 de enero de 2026, con la pretensión de controlar su gobierno, o la irrupción imperialista que intenta proyectar sobre toda América y sobre todas las fuentes de materias primas que abastecen, fundamentalmente, pero no solo, a China. Por no citar las pretensiones militaristas e imperialistas de La Estrategia de Seguridad Nacional de EE. UU. 2025 (ESN 2025).

[2] El papel de las tecnologías en los ciclos económicos ha sido analizado desde distintas perspectivas e ideologías. Señalemos aquí una aportación –cada vez menos aplicable en la actual dinámica de aceleración de las revoluciones científico-técnicas- realizada, a principios del siglo xx, por Nikolái Kondrátieff, que observó que las nuevas tecnologías incidían en la economía mundial generando una fase de expansión que venía acompañada después de recesiones y crisis, hasta que aparecía una nueva tecnología transformadora. Estos ciclos (ondas Kondrátieff) se habían registrado, históricamente, en periodos de unos 40-60 años.

[3] El crecimiento de la inversión internacional de las multinacionales se produjo a un ritmo mucho más rápido que el crecimiento general del comercio mundial. Las ventas de las filiales extranjeras de éstas equivalían, aproximadamente al 27% del PIB mundial, en 1990, y habían aumentado hasta del orden del 53% en 2010.

[4] https://stats.wto.org/

[5] World Trade Organitation. WORLD TRADE REPORT 2025. Making trade and AI work together to the benefit of all. https://www.wto.org/english/res_e/booksp_e/wtr25_e.pdf

[6] Hablamos de “capital ficiticio” porque una parte importante de los ingresos generados por la especulación financiera es ficticia. Existe sobre el papel ante el incremento de las valoraciones especulativas dadas a los instrumentos que los soportan; pero sin que exista una correspondencia con el valor de los bienes y servicios que sustentaban las valoraciones iniciales de los mismos.

[7] De forma destacada:  Big Data, Machine Learning, Inteligencia Artificial generativa (lAg), automatización, robótica, ancho de banda 5G y 6G, impresión en 3D y 4D, internet de las cosas, computación cuántica y en la nube, realidad virtual, revolución energética y en la logística y sistemas de transporte, nanotecnología y biotecnología.