¿Cómo ha reaccionado la sociedad española ante el COVID-19? Como comentábamos la semana pasada respecto a los aspectos políticos de la crisis, hay claroscuros, con reacciones positivas y reacciones más negativas.

A pesar de los llamamientos soterrados a la rebelión que han difundido los partidos de la derecha, los españoles han reaccionado de forma cívica y disciplinada a las crecientes órdenes de confinamiento de las autoridades. Los ciudadanos han cumplido las restricciones de circulación y la prohibición de salir de sus casas con notable disciplina. Las sanciones administrativas pueden parecer numerosas en términos absolutos pero son un porcentaje mínimo porque los españoles han comprendido que el riesgo de contagio era real y peligroso. Y durante la vigencia del estado de alarma las conductas de riesgo han sido muy escasas aunque no han faltado algunas promovidas por las autoridades como el acto de despedida del hospital instalado en IFEMA donde la Presidenta de la Comunidad de Madrid participó en situaciones de ruptura de la distancia social.

Ha sido igualmente positiva la respuesta del personal sanitario. En frecuentes condiciones de precariedad laboral que deberían avergonzar a casi todas las Administraciones autonómicas, todos los sanitarios han trabajado con eficacia y humanidad y con un número inevitable de bajas. Ha sido otro grupo social que ha actuado con dignidad y así debe resaltarse.

Así se entiende el homenaje espontáneo que millones de ciudadanos hacían  todas las tardes a las ocho. Ha sido un movimiento espontáneo y emocionante porque daba la idea de todo un pueblo que se unía en un acto simbólico para agradecer a los sanitarios su trabajo pero también, más allá del agradecimiento, era un canto a la vida, una manifestación que proclamaba las ganas de vivir y de demostrar que estábamos vivos. Era como decir “Viva la vida”.

Igualmente positiva ha sido la actitud de los ciudadanos ante los abastecimientos, especialmente de alimentos. Si recordamos las crisis de subsistencias que empezaron en Europa en el siglo XVIII y continuaron en los siglos XIX y parte del siglo XX, la actitud de los españoles ante los suministros de productos ha sido notablemente prudente. Ciertamente en esta conducta prudente han influido las empresas de distribución de alimentos, especialmente las grandes cadenas, pero la confluencia de una gestión rápida del suministro de alimentos, de un control administrativo eficaz y de un comportamiento prudente de los ciudadanos, que no compraban de forma descontrolada, ha dado lugar a un fenómeno que ahora nos parece natural pero que es muy importante: no ha habido escenas de pánico, nadie ha sentido la falta de alimentos, se ha comprado de forma responsable. Comparemos, como apuntábamos más arriba, esta situación con las crisis de subsistencias que sufrió Europa en el siglo XVIII (por ejemplo, la que provocó el motín de Esquilache en 1767) y podemos valorar el civismo de los españoles.

En toda crisis hay también factores negativos. En primer lugar, si arriba comentábamos que los aplausos vespertinos de muchos españoles en homenaje y apoyo a los sanitarios era también un canto a la vida, duele comentar que un partido fascista, Vox, quiso sustituir este homenaje por lo contrario, y lo hizo, en primer lugar, proponiendo explícitamente que cesaran las concentraciones ciudadanas y, a continuación, sustituyendo  aquel canto a la vida por las “caceroladas” contra el Gobierno, al que identificaban, como muchos han podido comprobar, con la responsabilidad por la propagación de la pandemia. Ha sido un  comportamiento indigno,, que venía a degradar y desvalorizar una gran fiesta de solidaridad nacional.

Tampoco se pueden considerar positivas algunas reivindicaciones de ciertos sectores profesionales. Ha habido grupos profesionales que no sólo se han lanzado a presentar exigencias económicas desproporcionadas a la Administración sino que incluso han hecho acopio de reivindicaciones de decenas de años para exigir satisfacciones inmediatas. Y no ha sido inusual exigir dimisiones de Ministros o difundir críticas desaforadas contra éstos cuando sus reivindicaciones inmediatas o históricas no han sido satisfechas, casi sobre la marcha. Esta actitud poco ponderada ha llegado con alguna frecuencia a la incongruencia al exigir de algunos Ministerios la libranza inmediata de fondos y simultáneamente la rebaja de impuestos. Con rebajas de impuestos el Estado no puede repartir liquidez.

También es preocupante, y muy negativo, en la fase final de la pandemia, la escasa preocupación de algunos grupos que se han saltado las reglas de distancia social y que, como es sabido, ha dado lugar a rebrotes muy preocupantes en algunas Comunidades Autónomas.

Durkheim, en De la division du travail social, distinguía entre la solidaridad mecánica y la solidaridad orgánica y el paso de una a otra (provocada por la aparición de la división social del trabajo) hizo nacer una nueva solidaridad donde cada parte es solidaria del conjunto. Algo así puede decirse de los efectos sociales de la gran crisis pandémica; los españoles, no sin resistencias, han asumido una nueva solidaridad, donde cada ciudadano se siente más solidario del conjunto.