Como todas las negociaciones, siempre hay tensiones y dificultades, pero lo importantes es el resultado. Y hoy podemos decir que la buena noticia es que Europa sigue latiendo, que tenemos más Europa que antes del coronavirus, que ha habido capacidad negociadora y que la Unión Europea ha sabido resurgir de las cenizas.

Estamos ante las medidas económicas y presupuestarias más importantes de la historia comunitaria. Su importancia no es solo económica, sino que significa también la reunificación de los estados nacionales entorno a la Unión; significa la capacidad política por encima de mercados y crisis.

Además, llega a tiempo para poner en marcha presupuestos y planes nacionales. Y resulta útil y eficaz para frenar la crisis económica sobre la que se balancean muchas personas y empresas.

Una vez más, el eje francoalemán vuelve a ser decisivo como corazón de Europa, pese a los impedimentos y trabas de estados como Holanda, que ha querido ocupar el papel permanentemente reticente de Gran Bretaña, y que hoy lo ve todo desde otra orilla. Quizás el gobierno británico esté satisfecho por no poner su parte proporcional en el acuerdo, pero quizás también se sienta más solo que nunca en el combate sanitario-económico-social contra la pandemia.

El acuerdo adoptado supone una revitalización de la Unión Europea, una recuperación de su sentido histórico y político, y un cambio de rumbo ante actuaciones pasadas.

Estamos hablando también de que se están poniendo nuevas formas de gestión presupuestaria en marcha. De hecho, es la primera vez en la historia que se emitirá deuda europea común a gran escala usando como garantía el presupuesto de la UE.

Ahora bien, el camino no será fácil. Hablamos de deuda que habrá que devolver y el panorama actual es absolutamente incierto. No hay ninguna seguridad sobre nada: ni sobre la economía pero tampoco sobre lo más preocupante: la emergencia sanitaria.

Sabemos que en negociaciones tan duras no todo es aceptable. Está en riesgo la confianza entre los socios comunitarios y, probablemente, se hayan quedado dañadas las relaciones entre los gobiernos de algunos países.

Algunos personajes que suponen una amenaza para una Europa de derechos y solidaria, como es Viktor Orban, queda camuflado y salvado por la campana entre las negociaciones. Así, en el tira y afloja, la vigilancia de socios como Holanda sobre la gestión de países como España e Italia pueden limitar la capacidad de autodecisión y de reformas.

En estos equilibrios difíciles, todos vemos lo más inmediato pero, por el camino, se quedan rezagadas apuestas necesarias como la innovación o la cultura.

Sin duda, el pacto presupuestario es una noticia magnífica para la viabilidad de Europa, pero seamos conscientes que se desarrollará en un camino lleno de dificultades. Sobre todo, porque vivimos en una época de complejidad e incertidumbre. Y con ello hemos de aprender también a hacer política y a construir Europa.

Nada está escrito. Y el futuro mucho menos. Pero si antes podían hacerse previsiones, ahora toda la incertidumbre se anticipa, galopa de forma desmesurada, incapacita para prever acontecimientos. Como advierte el filósofo Daniel Innerarity, “nuestro gran desafío es transformar la información en conocimiento, anticipar los riesgos, gestionar la ignorancia, actuar con criterios de sostenibilidad y consideración del futuro” ([1]).

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[1] Innerarity, Daniel. “Una teoría de la democracia compleja. Gobernar en el siglo XXI”. Galaxia Gutenberg. 2020.