Muchas cosas han cambiado en este confinamiento. Y una básica ha sido la educación de nuestros hijos. Según la UNESCO, casi 1.300 millones de estudiantes y jóvenes se han visto afectados por el cierre de escuelas y universidades para intentar contener la pandemia del COVID-19.

Que lejano queda ese 10 de marzo cuando se cerraron las aulas, en teoría, hasta el 26 de marzo en algunas zonas de España. Ingenuos ante lo que se avecinaba, ese día la mayor preocupación era ver que haríamos con los niños en casa esas dos semanas, porque pensábamos que nosotros íbamos a seguir trabajando con cierta normalidad.

Pero de pronto llegó el estado de alarma, y el confinamiento en nuestras casas. Una de las inquietudes pasó a ser como podían nuestros hijos continuar con su formación. De repente nos dimos cuenta de las carencias de nuestro sistema educativo para poder afrontar esta circunstancia excepcional, que además también afectaba de manera distinta a las familias. Team entró en las vidas de muchas familias, pero en otras no pudo porque no tenían medios para ello.

El cierre necesario de las aulas ha supuesto un riesgo sin precedentes para la educación y el bienestar de los estudiantes. Pero, de esta experiencia, que todavía continua, se pueden sacar algunas reflexiones para mejorar en el presente y en el próximo curso escolar.

En primer lugar, desde muy pronto nos hemos dado cuenta de que la interrupción del aprendizaje con el cierre de los colegios difícilmente está siendo suplido por las clases virtuales. Pero también, hemos sido conscientes de nuestras propias carencias, porque sin saber cómo las madres y los padres pasamos a tener que hacernos cargo de actividades educativas, lectivas, de nuestros hijos. Algo que ha afectado a todas las familias, se ha agudizado más para aquellas con menos formación y medios.

En segundo lugar, la gravedad del cierre de los centros educativos ha sido mucho mayor para los alumnos más vulnerables y sus familias. Sus oportunidades educativas se han limitado dramáticamente, porque en muchos casos no han podido tener acceso a la educación a distancia por falta de medios.

Pero, además, en los centros educativos era donde muchos de ellos tenían garantizada su alimentación. A nivel mundial, 370 millones de niños se han visto privados del salvavidas, que, para las familias sin recursos, suponen esas comidas en los centros educativos al estar cerrados.

Este hecho es una de las cuestiones que debe resolverse con urgencia y para siempre, garantizando la equidad y la igualdad de oportunidades educativas y de alimentación; poniendo los medios que sean necesarios para ello. Porque si algo parece seguro, es que no poder acceder a las tecnologías o tener un acceso insuficiente, con escasa conexión a internet, es un importante obstáculo para continuar el aprendizaje y puede llevar, aunque es pronto para saberlo, al incremento del abandono escolar, especialmente en las familias más vulnerables.

Que decir de la alimentación y de la necesidad de una alimentación saludable. Habría que decir a los responsables de la Comunidad de Madrid que, en un ratito, vean el documental Super size me, donde se muestran las graves consecuencias para la salud de subsistir durante 30 días comiendo exclusivamente comida basura.

Todavía quedan muchas incógnitas sobre lo que pasará con la educación a partir de ahora. Lo que es evidente, es que España debe realizar una potente inversión en educación a distancia en todos los niveles que garantice la equidad y el acceso a la misma a todas las familias, especialmente a las más vulnerables. Con ellos se pueden mitigar los efectos de lo que está ocurriendo ahora. Pero, además, debe servir para desarrollar un sistema de educación más abierto y flexible para el futuro, como señala la Unesco.

Todo ello, en una sociedad donde cada vez más el acceso a la educación, y especialmente la superior, tiene un papel central en la estructura y en la formación de las desigualdades. Que nadie quede atrás.