No soy historiador, pero soy un estudioso curioso, muy curioso. Tengo un aprecio muy especial por Catalunya, me he molestado en aprender el catalán, desde que inicié mi contacto con la Psiquiatría, en los estertores finales de la dictadura, en el Hospital Psiquiatric Pere Mata de Reus, donde los pacientes ingresados fueron los mejores educadores de esa realidad lingüística, para acercarme a lo que les pasaba debía hacerlo en su lengua y su lengua era el catalán. Fuera fútiles debates: para funcionar profesionalmente necesitaba hablar catalán. Este acercamiento, esta comprensión fue núcleo para preguntarme cosas sobre Catalunya y buscar respuestas. Luego mi participación profesional en los cursos de Psiquiatría Infantil organizados por el Profesor Josep Tomás en la Universitat Autónoma de Barcelona, terminaron por afianzar ese esfuerzo de comprensión de lo que se viene en llamar “la realidad catalana”. Valga esta introducción para presentar mi interés en comprender lo que ha ocurrido en los últimos 10 años, incluyendo también desde las últimas elecciones generales.

Así fue surgiendo y consolidándose mi cariño por Catalunya por sus tierras y sus gentes, por su cultura, por su lengua, por… Sí, reconozco que siempre me he sentido cercano a sus deseos de libertad, a sus deseos de ser ellos mismos, a su deseo… Es cierto que lo hacía con emociones encontradas y razones contradictorias. Mis amistades catalanas conocen y saben de estos contenidos y de estos sentimientos, porque esas gentes me hablaban de sus sentimientos, me contaban sus razones y lo hacían con tanta pasión que, hasta las pequeñas distorsiones, se integraban como informaciones diversas. Me provocaba cierta ternura la existencia de esas pequeñas distorsiones, basadas siempre en realidades históricas diversas, con lecturas enraizadas en creencias y deseos llenos de convicción. Mis amistades disponían de libros de historia catalana, de arte catalán, de cocina catalana, de flores catalanas, de calles catalanas, de arquitectura catalana, de literatura catalana, de lo que fuera catalán y lo poseían en catalán. He tenido la suerte de poder disfrutar de deliciosas conversaciones que saltaban del castellano al catalán y viceversa, incluyendo mi participación como miembro de tribunales de tesis doctorales. Al principio debatía, luego aprendí a escucharlos y después a disfrutar, por lo que me acercaba con otra escucha y otro estímulo, pues admiraba su amor a su tierra idealizada, quizá sobredimensionada. Sí, era un gran ejercicio intelectual y afectivo que hizo que comprendiera muchas cosas, que las redimensionara, que las redefiniera y que asumiera esas tremendas contradicciones. Claro que luego estaba la dimensión política y ahí…ahí… surgían los matices diferenciales, algunos de tipo estructural derivado del enunciado de Karl Marx: “El nacionalismo es un invento de la burguesía para dividir al proletariado”, sí la burguesía catalana, tanto rural como urbana, estaba tras estas ideas nacionalistas, pero no todo…

Algunos se quedaron enganchados en el lejano siglo XII cuando el conde de Barcelona Ramón Berenguer IV se casó en 1150 con Petronila de Aragón y su hijo Alfonso II fue el primer Rey de Aragón que era Conde de Barcelona. Siempre se mantuvo esta dualidad: Zaragoza sede de la corona y Barcelona de la cancillería. Aragón tuvo que superar la guerra de los Remensas, pero controlaba el oriente de la Península y el esparcimiento por el Mediterráneo, incluyendo un productivo comercio. El matrimonio de Isabel de Castilla con Fernando de Aragón no solucionó del todo las cosas, sobre todo porque no constituyeron, sensu strictum, un Estado español homogéneo culturalmente, pues cada uno de los reinos mantenía sus propias leyes, instituciones e idioma.

En general era Castilla quien contribuía económicamente al mantenimiento de las guerras de Carlos I y Felipe II, pero llegó un momento que ya no podía ser y el Conde Duque de Olivares idea la Unión de Armas, por la que todos los Reinos, Estados y Señoríos de la Monarquía Hispánica contribuirían en hombres y dinero para la defensa del territorio, en proporción a su población y a su riqueza. Esta disposición debiera ser aprobada por las Cortes de los diferentes territorios, las dificultades eran inmensas y hasta Felipe IV se desplazó a Barcelona en 1626 para exponer el planteamiento a la nobleza catalana. No logra el Rey convencer a los nobles catalanes, pero en 1635, con ocasión de la guerra con Francia, llamada Guerra de los Treinta años, el Conde Duque de Olivares resucita la Unión de Armas, con el fin de reforzar los territorios limítrofes con Francia. Cataluña decide no colaborar, porque “no era su guerra”, llegan las tropas reales y con ellas los conflictos para su manutención y alojamiento, como los pueblos se niegan a ayudar, los soldados cometen tropelías en forma de robos y saqueos. De estos enfrentamientos puntuales se pasa a un levantamiento generalizado en 1640 contra las tropas reales, el 7 de junio acontece la revuelta conocida como Corpus de Sangre, liderados por los segadores no solo contra las fuerzas reales, sino también contra el régimen señorial de Cataluña, lo que transforma el levantamiento popular en una revuelta de pobres contra ricos, muere el Virrey de Cataluña, el Conde de Santa Coloma, y marca el inicio de la Guerra de los Segadores, siendo la base épica del actual himno de Cataluña Els Segadors.

Felipe IV estaba embarcado en unas cuantas guerras, con lo que no pudo ayudar a los nobles catalanes y éstos buscaron el apoyo del Rey francés Luis XIII que era un enemigo irreconciliable de Felipe IV. El 7 de septiembre de 1640 los representantes de la Generalitat de Catalunya firman con el Cardenal Richelieu el conocido como acuerdo de Ceret, Cataluña recibía apoyo militar de Francia, se separaba de la Monarquía Hispánica y se constituían en República libre bajo el protectorado de Francia. Las tropas reales españolas avanzan, los señores catalanes piden ayuda a Francia y Luis XIII aprovecha para apretar las tuercas a los catalanes exigiendo que el Rey francés fuera reconocido como soberano en Cataluña y se le nombrara Conde de Barcelona. Entonces, se pasaba de Málaga a malagón, en el sentir de los catalanes, puesto que ahora financiaban a un ejército y su tierra pasaba a ser el campo de batalla entre Francia y España. La presión de Felipe IV fue en aumento, las tropas francesas se replegaban, el alto coste de mantenimiento de las tropas francesas para los nobles catalanes, la recesión económica con pobreza y hambrunas, las plagas y un virrey francés que solamente favorecía a los franceses y marginaba a los catalanes hizo que la población de Cataluña reconociera que había sido peor el remedio que la enfermedad, así que en 1648 se firma la Paz de Westfalia que ponía punto final a la guerra de los treinta años entre Francia y España. Felipe IV es conocedor del descontento con Francia por parte de Cataluña, lo que hace que presione y en 1651 se realiza el asedio de Barcelona, el ejército franco-catalán se rinde en 1652 y acontece una sucesión de hechos dignos de tener en cuenta: Felipe IV firma obediencia a las leyes catalanas con lo que vuelve a ser reconocido como soberano en Cataluña el Rey de España, pero Francia aprovecha la situación para anexionarse el Rosellón a coste cero y sale perdiendo Cataluña.

En 1700 muere sin descendencia Carlos II, lo que hace que existan dos aspirantes: el Archiduque Carlos de la casa de los Austrias, apoyado por Austria, Inglaterra, Holanda, Saboya, Prusia y Portugal y el Borbón Felipe de Anjou, apoyado por Francia. Ya tenemos la Guerra de Sucesión. Ante el centralismo de los borbones y por el miedo a perder sus leyes, Cataluña decide apoyar al Archiduque. La guerra se extiende hasta la firma del Tratado de Utrecht en 1713, en el que se reconoce como Rey de España a Felipe V. Se instaura el absolutismo y los territorios que apoyaron al Archiduque como Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca ven como se suprimen los fueros y se disuelven sus Cortes. Cataluña no lo admite y vuelve a decidir separarse de España, pero Carlos ya ha renunciado a la corona del trono de España y queda Barcelona frente al Borbón. Se inicia un bloqueo marítimo y tras dos meses de asedio, el 11 de septiembre se ordena el asalto a Barcelona, entonces los Tres Comunes de Cataluña (Diputación General de Cataluña, Consejo de Ciento de Barcelona y Brazo Militar de Cataluña) emiten un bando en el que exhortan a la población por ser donde “reside la libertad de todo el Principado y de toda España” estimulan a la lucha a todos los hombres válidos para el combate “protestando de todos los males, ruinas y desolaciones que sobrevengan a nuestra común y afligida Patria, y exterminio todos los honores y privilegios, quedando esclavos con los demás españoles engañados y todos en esclavitud del dominio francés; pero se confía que todos como verdaderos hijos de la Patria, amantes de la libertad, acudirán a los lugares señalados a fin de derramar gloriosamente su sangre y vida por su Rey, por su honor, por la Patria y por la libertad de toda España”. Al día siguiente de este bando, Barcelona capitulaba, como admite el propio James Fitz. James, reconociendo la valentía y obstinación de los habitantes de Barcelona, ya que la resistencia había sido de la población y no de los ejércitos. Desde entonces el 11 de septiembre es la diada, fiesta nacional de Cataluña, en recuerdo de la capitulación realizada por el Conseller en Cap Rafael Casanova en 1714. No olvidemos que Rafael Casanova no luchó por el independentismo de Cataluña, sino por la Nación Española y por un rey de los Austria, no de los Borbones.

Una de las consecuencias es la creación de los Mossos d’Esquadra, que fueron fundados por Felipe V para terminar con la resistencia de los “austracistas”, “imperiales” o “aguiluchos”, en contraposición a los “borbónicos”, “felipistas” o “botiflers” (de aquí viene el apelativo despectivo hacia los débiles con el catalanismo). La primera mención a los Mossos es en 1719 en Valls, siendo su fundador el Capitán General de Cataluña Francisco Pío de Saboya y Moura, un general italiano que combatió con Felipe V, el primer Jefe de los Mossos es Pere Antoni Veciana i de Rabassa, a la sazón alcalde de Valls.

El 11 de septiembre de 1918 en un documento titulado “What says Catalonia”, el Comité Pro Cataluña pide la revisión del Tratado de Utrecht a los triunfadores de la Primera Guerra Mundial. El presidente de este Comité era Vicent Albert Ballester, que fue el inventor de la estelada, inspirándose en las banderas de Cuba y Puerto Rico, en alusión al desastre del 98. Pretendían con este documento que los aliados tuvieran en consideración el “tema catalán” y se revisara el Tratado de Utrecht, pero no se tuvo en cuenta porque la revisión de las fronteras solamente hacía referencia a los territorios que habían sido derrotados en la gran guerra.

Hemos de esperar al 7 de octubre de 1934 para que Lluis Companys, desde el balcón de la Plaza de Sant Jaume proclame: “en esta hora solemne del pueblo y del parlamento, el Gobierno que presido asume todas las facultades del poder en Cataluña y proclamo el Estado Catalán en la República Federal Española”. La respuesta de la Segunda República no se hizo esperar: “En Cataluña, el presidente de la Generalidad, con olvido de todos los deberes que le impone su cargo, su honor y su responsabilidad, se ha permitido proclamar el Estat Catalán… el Gobierno declara que ha esperado hasta agotar todos los medios que la ley pone en sus manos, sin humillación ni quebranto de su autoridad. En las horas de la paz no escatimó transigencia. Declarado el estado de guerra, aplicará sin debilidad ni crueldad, pero enérgicamente, la ley marcial… ante la posición antipatriótica de un Gobierno de Cataluña, que se ha declarado faccioso, el alma entera del país se levantará, en un arranque de solidaridad… a ponerse al lado del Gobierno para restablecer, con el imperio de la Constitución, del Estatuto y de todas las leyes de la República, la unidad moral y política que hace de todos los españoles un pueblo libre, de gloriosas tradiciones y glorioso porvenir. Todos los españoles sentirán en el rostro el sonrojo de la locura que han cometido unos cuantos. El Gobierno les pide que no den asilo en su corazón a ningún sentimiento de odio contra pueblo alguno de nuestra Patria. El patriotismo de Cataluña sabrá imponerse allí mismo a la locura separatista y sabrá conservar las libertades que le ha reconocido la República bajo un Gobierno que sea leal a la Constitución”.

Mucho de lo descrito resuena en la actualidad, no deja de ser curioso que se haga casi, casi, con las mismas palabras.

Del recorrido descriptivo realizado, modestamente, hasta la Segunda República Española, destacaría algunas conclusiones relevantes, sin por ello pretender que sean las únicas, ni mucho menos las definitivas. Son conclusiones que he conseguido obtener con un afán comprensivo y, por lo tanto, que buscan una cierta proyección desde allí donde acontecieron, hasta el aquí y ahora.

Un primer grupo de conclusiones es que una lectura estructural e histórica de lo referido, incluso con la aparente distancia temporal y contextual en relación a lo actual, consiste en reconocer que D. Miguel de Unamuno fue un gran adelantado cuando escribió “El pasado que vuelve”, una obra de teatro escasamente conocida, pero muy afortunada por el tema que aborda de una forma transgeneracional a lo largo de las creencias y actitudes político-sociales de un nieto (Víctor 2º) que habla con su abuelo liberal (Víctor 1º) y obtiene las diferencias en relación a su padre (Federico) conservador, mientras el chico se acerca más a lo que piensa el abuelo y que el abuelo refiere como las discrepancias que él mismo tuvo con su propio padre que también era conservador. Federico culpa a Víctor 1º de la inminente marcha de Víctor 2º, se refiere a Víctor 1º “yo tengo la culpa por haber dejado que le corrompas, que le enajenes de mi”, recrimina así a Víctor 1º la marcha de Víctor 2º, pero Victor1º sabe reaccionar y dice a Federico que va a sentirse y morir solo, pero que esa marcha de Víctor 2º representa para Víctor 1º que seguirá viviendo.

Así es, la relación entre Cataluña y España es una historia que vuelve: los nobles catalanes, la burguesía catalana se revuelve contra Castilla cuando le vienen dadas peor, cuando hay que mostrarse solidarios o cuando se les demanda un compromiso más global. La solicitud de respeto hacia las instituciones catalanas les hace olvidar que, históricamente, consiguieron más cuando se mantenían con el conjunto de España que cuando pretendieron estar solos, pues las tres ocasiones que lo lograron terminaron con pérdidas mayores, tapando sus propias vergüenzas y aceptando ser menos de lo que pretendieron inicialmente: primero perder el Rosellón ante Richelieu-Luis XIII, luego sus fueros e instituciones por la capitulación de Casanova ante el Borbón y, por fin tras la proclamación de 1934, lo que se expondrá a continuación.

El segundo grupo de conclusiones hacen referencia a los desencadenantes económicos que subyacían en cada intentona, lo que era muy coherente con la propia ideología subyacente de los nobles y de la burguesía, frente a lo que perseguían las clases más populares, expresión clara en la revuelta de los segadores, pero también en las otras dos ocasiones.

En tercer lugar, tenemos el lenguaje empleado, donde se refiere a rescatar al conjunto de España, cuando desde Cataluña se emprendía una acción. No olvidemos que Rafael Casanova no luchó por el independentismo de Cataluña, sino por la Nación Española y por un rey de los Austrias, no de los Borbones o que Lluis Companys proclama el “Estado Catalán en la República Federal Española”. Esta confusión es más que curiosa, así como la tentativa de aprovechar que el Pisuerga pasa por Valladolid para intentar “sacar tajada”, como fue el caso del final de la Primera Guerra Mundial, donde se estudiaba la reordenación de las fronteras en Europa y casualmente se cuela Vicent Ballester solicitando la revisión del Tratado de Utrecht. De nuevo Unamuno tuvo razón: “lo importante es que hablen de uno, aunque sea bien”.

Por último, no deja de ser una coincidencia más, posiblemente casual, la utilización del lenguaje que es sumamente parecido a lo largo del tiempo y en las sucesivas ocasiones históricas o del retorno a la bandera estelada que Vicent Ballester diseñara para recordar a España la catástrofe de la guerra de Cuba de 1898.

Anteriormente se exponía que en la resolución de las frustradas intentonas de Cataluña siempre perdía algo, quizá de mayor relevancia que aquello que conseguía en los escasos lapsos de tiempo en los que pudo disfrutar de esa “desconexión”, esas pérdidas se materializaban en tierras, en libertades y en las instituciones. Además, hacían reafirmarse mucho más a los otros, tanto a Richelieu-Luis XIII de Francia como a los Borbones hispánicos.

Queda ahora ver que acontece tras la intentona de Lluis Companys. Pues lo primero es una colaboración directa de ERC con el Gobierno de la República. Luego llega 1936 y el Golpe de Estado del General Franco, una sangrienta guerra de tres años y una cruel dictadura en la que se persigue la cultura, el idioma y se hace desaparecer las instituciones de Cataluña. Pero esta dura dictadura no solamente tiene ese efecto en Cataluña, sino que acontece similar en Euzkadi, en Galiza y Andalucía. En todas ellas con fuerte asentimiento de las capas burguesas de cada una de esas sociedades, pero de forma muy relevante en la propia Cataluña. La persecución de la dictadura franquista no era por ser autonomista o independentista, sino por ser demócrata y por la defensa de los intereses de las clases populares por ello fue general y no exclusivamente de tal o cual territorio.

Esta larga noche tenebrosa del franquismo termina cuando Josep Terradellas y Adolfo Suárez acuerdan restablecer la Generalitat en el año 1977, incluso con anterioridad a la promulgación de la Constitución. En la redacción de la Constitución de 1978 participa de forma activa el nacionalismo catalán, personalizado en Miquel Roca Junyent, que estuvo por una plaza que le cedió el PSOE, y por Jordi Solé Tura del PCE-PSUC. En el referéndum de aprobación de la Constitución fue Cataluña la Comunidad Autónoma donde mayor porcentaje obtuvo el sí a la Constitución de todo el Estado.

Posteriormente se desarrolla el Estatut de Autonomía y la implantación definitiva de la Generalitat y del conjunto de las instituciones catalanas que el franquismo había abolido. Se avanzó mucho, posiblemente de forma lenta, con dudas, de forma incompleta, con contradicciones. Pero supuso lo que entonces se pudo hacer por consenso, por diálogo, por negociación, sabiendo ceder en algo para ganar en mucho. Es evidente que hubo y hay zonas y áreas francamente mejorables, no cabe duda alguna, pero esas sensibilidades diversas admitían el conjunto como algo muy positivo. Así con tiras y aflojas, hasta la redacción de un nuevo Estatut que, de nuevo, es aprobado en el Parlament de Cataluña, en el Parlamento Español y por referéndum lo aprueba el pueblo catalán. Ante ello el PP presenta una denuncia al Tribunal Constitucional (TC) y tras tres años de vigencia, emite una sentencia que anula una parte, en contra de lo votado por la población, y además por escaso margen en la votación y con votos particulares de algunos Magistrados del TC.

Tras la sentencia del TC la desafección de la población de Cataluña hacia el Estado va creciendo, unido a la escasa pericia del PP que se regodea en algo que, en el conjunto de Cataluña, se vive como una afrenta. Ese dolor, esa afrenta hacen de caldo de cultivo idóneo para que emerja con fuerza un sentimiento de pertenencia a la tierra que va creciendo y creciendo, los contenidos tienen una componente, prioritariamente, de estructura emocional y afectiva, con escasos contenidos racionales y dificultando el acceso a la razón. Es más, los fundamentos racionales que pudieran existir eran agrandados sobremanera por los componentes emocionales, exagerando sus contenidos, como Josep Borrell se encargó en demostrar. Pero estas demostraciones eran racionales, pues racionales eran los datos, pero la exposición racional no haría nada pues predominaba lo emocional, lo afectivo, lo irracional, el sentimiento y la vivencia era lo fundamental.

¿Qué pasaba tras este predominio de lo emocional, de lo afectivo, de la vivencia, de los sentimientos? El debate se establecía a dos niveles: en uno el racional de los datos y de la legalidad. En el otro el político y de las emociones. En el primero campaba el PP, el Gobierno del Estado. Por el segundo los nacionalistas, los separatistas. Así se establecieron dos relatos: el racional y leguleyo que tenía escasa repercusión tanto mediática como socialmente en Catalunya. El segundo relato lo elaboró la política separatista y obtuvo enganche popular y mediático en la población catalana, se extendía como una mancha de aceite. La oposición política señala con acierto posibles salidas, pero el encastillamiento de las dos posiciones en sus respectivas razones, hizo que se viera la tremenda incompetencia de los jefes de ambos posicionamientos. No había diálogo, cada vez las posiciones eran más radicales y excluyentes.

La movilización del 01.10.17 para unos era un referéndum, para otros nada y así se siguió, con el famoso choque de trenes. No había posibilidad de encontrar un entrecruzamiento de posturas, un acercamiento con predisposición al diálogo sereno y de forma sensata. Se movilizaba a la gente, del uno al otro confín, se realizaban declaraciones más o menos fuertes y descalificadoras de los argumentos del otro. La política no llegaba, solo la ley y más ley. Las exclusiones de la población eran tan patentes como la exigencia de pertenencia a una u otra posición de forma excluyente. La sociedad se fracturaba al son de la intolerancia y de la incapacidad de los que detentaban el liderazgo. Con la que había montada y había líderes de opinión y responsables políticos que decía cosas como “pero de qué hay que hablar”, así de incongruente era la situación.

Este discurso perdido, lleno de percepciones subjetivas se continúa con el hecho delirante de declarar y anular la DUI, no saber dónde se está, la puesta en marcha del artículo 155 de la Constitución, las respuestas incomprensibles por parte del president de la Generalitat y la activación del 155 por parte del señor del plasma. Ya estamos en otro lugar: bien está que se cumpla la ley y se exija su cumplimiento a nuestros representantes políticos, pero la mesura y la ponderación debía ser la norma. El PP no merece un cheque en blanco, menos aún en el desarrollo de una Constitución obsoleta y que no les gusta.

En esta ocasión el PSOE ha estado correcto: solicitando el cumplimiento legal, pero exigiendo el desarrollo de la política para establecer un diálogo efectivo y real. Los indultos hace unos años, el actual debate sobre la amnistía son pasos fundamentales para establecer la gobernabilidad del Estado. No se podía mantener, por más tiempo, que se mantuvieran bloques políticos sin hablar y sin dialogar. Sí, evidentemente sí que hay temas para hablar, temas de profundidad y contenido, no solamente maquillajes formales.

Hacerlo cuanto antes es un clamor. No se puede aguantar más, porque todo este tinglado de la antigua farsa fue una cortina de humo para pretender ocultar la corrupción del PP, minimizar el caso Gürtel, la locura de los recortes en prestaciones sanitarias y educativas … Son temas de interés político y social máximo que se vieron silenciados por el pseudo debate de Cataluña. No es de recibo.

Parece que, al menos formalmente, las aguas amainaron, porque de las procelosas corrientes se buscaba una vía de salida para que acontecieran remansos de tranquilidad, que falta nos hace. No se puede vivir con esta tensión y con estos sobresaltos, la capacidad de adaptación se resiente, el estrés crónico y persistente hace que intervengan sustancias que, en un principio eran de alerta y defensa, pero que a la larga pasan a ser tóxicas y, por lo tanto, disminuyen la capacidad de reacción, de defensa y de análisis. Ahí está la marca de contexto en la que estamos, mala situación ¡pardiez!

Solo se generalizan aún hoy, exabruptos lanzados de un lado al otro, tras un diálogo de sordos que lo trasforma en una sucesión de monólogos repetitivos y vacíos de contenido con insultos y descalificaciones crecientes y hasta rezos del rosario por la unidad de España.

No cabe la menor duda que desde hace unos años los políticos catalanes han venido realizan un “tour de forces” a los políticos estatales. Un pulso desigual, pues unos manejaban los contenidos más emocionales y los otros los preceptos legales, ambos sabían de los límites de sus respectivos posicionamientos, pero hay que reconocer que desde Cataluña se ha manejado la situación con más sentido de la secuencia, siempre parecían tener un famoso plan B, con lo que aparecía una capacidad de respuesta, casi inmediata, a los preceptos del Estado, manteniendo la gota malaya de su discurso básico. Se podrá estar o no de acuerdo con los contenidos o con la forma de expresión, pero los políticos catalanes han sido eficaces, puesto que abordaron los planteamientos políticos y sociales que pretendían; han sido eficientes, porque su desgaste socio-político ha sido mínimo, incluso han ganado prestigio en su marco social; y, por fin, han sido efectivos, es decir lo han realizado con el máximo de satisfacción entre sus propios integrantes políticos y sociales e incluso han atraído simpatías de otros sectores sociales que, a priori, estaban más alejados.

Frente a lo anteriormente expresado, los políticos estatales iban a “piñón fijo”: ley y Constitución 1978, pero solo eran contenidos reales, sin apenas consistencia emocional y con muy deficientes formas y mecanismos de afrontamiento, lo que repercutía en una trasmisión de mensaje monótono, rígido, repetitivo, frío y formalista. La evaluación es inequívoca: no han sido eficaces, puesto que el problema ha ido en aumento y se han enconado los ánimos; no han sido eficientes, pues los esfuerzos realizados no han recogido frutos o éstos han sido exiguos y transitorios y, por fin, no han sido efectivos porque el descontento social creado se ha visto agravado por la emergencia de la pujanza de los grupos más radicales de la extrema derecha. Así ocurrió hasta la llegada a la Presidencia del Gobierno de Pedro Sánchez, que se abre a un diálogo entre Cataluña y el Estado, se legislan los indultos y recientemente se programa la amnistía, casi siguiendo los pasos que ocurrieron con Lluis Company.

Hasta el Gobierno de Pedro Sánchez, la interacción entre los dos planteamientos expuestos con anterioridad, era inexistente. Ambos posicionamientos permanecían encastillados en sus torres. En medio la tierra quemada de las acciones de ambos, por un lado, la confrontación basada en incumplimientos legales patentes y con importantes déficits democráticos y falta de respeto. Al otro lado, la negritud de lo mamporrero leguleyo con insuficiencias de abordaje político, con la autosuficiencia del martillo legal necesario, pero muy insuficiente. Así se creó un marco de incomunicación o, peor aún, de comunicación muy distorsionada por los efectos de la escalada simétrica a la que ambos grupos se entregaban. Uno con plan B de interpretación victimista, el otro con un mastodóntico aparataje de apisonadora leguleya que le hacía inadecuado y con sobreactuación por acción u omisión, como está haciendo en la actualidad la derecha política y mediática.

La ciudadanía se ha ido posicionando por uno u otro planteamiento, pero algún grupo puede que no le gustara ni uno ni otro o bien aceptaba y comprendía parcelas de uno u otro, entonces aparece la expresión “ponerse de perfil” o la “equidistancia”. Es decir, es tan radical la presión que se realiza, que se exige una toma de partido, una adscripción, pero en este tipo de acontecimientos no hay una verdad absoluta, ni un grupo que tiene toda la razón. Hay elementos de verdad parciales, incompletos que establecen hiatos por los que intentar hacer un proceso de comprensión, un enganche para restablecer el acercamiento. Ahí está el diálogo, la necesidad del abordaje político real. Es cierto que la acción política debe ser legal, pero no es menos cierto que la ley debe tener una lectura política, porque, por sí misma, es muy insuficiente para la actividad política. Descalificar la denominada “equidistancia” es evitar tender puentes y evitar el reconocimiento del interlocutor.

Efectivamente, se buscaba un relato triunfador, pero el relato solamente hace referencia a los contenidos externos, casi concretos y más superficiales. El relato es una trampa saducea para que se paralice ahí, en lo más superficial de lo explícitamente expresado. En buscar quién tiene y detenta la verdad. Prima el discurso único de cada quién. El relato puede estar, incluso, trufado de fantasías y sobredimensionar algunos aspectos sobre otros.

Frente al relato se olvida el discurso. El discurso representa la construcción lingüística estructurada con coherencia de los múltiples factores que interactúan en tan compleja situación, en poder retomar parte de los componentes comunes, que sin duda los hay. Con el discurso aparece el reconocimiento del otro como presencia y como realidad y, por lo tanto, se abre una puerta a la empatía, excluye la rigidez. Pero no ser rígido no quiere decir que no se sea firme, o que se sea blando. La blandura puede ser tremendamente rígida y con actuaciones autoritarias, que es justo lo opuesto a la autoridad. Mucha gente solicitaba al gobierno dureza, autoridad y determinación, en realidad pedían rigidez, autoritarismo y falta de empatía. Efectivamente, en ambos grupos había relato, más o menos completo, pero faltaba discurso y había sectores que no querían que se elaborase, por eso hablaban con ánimo despectivo de la “equidistancia” cuando alguien de uno de los grupos exponía, tímidamente, alguno de los razonamientos del otro grupo.

Este panorama, así contemplado, es bastante desolador. Nos ha traído al lugar en el que actualmente estamos. Salvo el partido socialista y, en mucha menor medida, los nacionalistas, la capacidad de movimiento ha sido muy pequeña por parte de la derecha y la extrema derecha tanto política como mediática.

El Govern, es cierto que se ha comportado con especiales y específicos tintes antidemocráticos y que han realizado interpretaciones absolutamente perversas de actos ilegales. Han sacado réditos políticos de su victimismo, han continuado tensando la cuerda y echando un pulso despiadado, en ocasiones rozando la clara irresponsabilidad. Hasta épocas recientes han mostrado una clara incompetencia para buscar una vía de salida dialogada y ofrecer o aceptar alternativas que se les pudieran presentar.

El Gobierno del Estado, hasta el gobierno presidido por Pedro Sánchez, ha estado lento, con reflejos tardíos o inexistentes, no han sabido argumentar más allá de la mera argumentación leguleya, de por sí insuficiente, esta postura la ha mantenido la oposición de la derecha y la extrema derecha, la ‘derechultra’ de Sartorius, con toda su artillería mediática y prodigando insultos, descalificaciones y deslegitimaciones al Presidente del Gobierno. Ante este panorama dos fueron las intervenciones basadas en la de dos mecanismos muy arcaicos, rígidos pero muy frágiles: la negación (“yo no soy”) y la proyección (“yo no soy, son los otros”), estas intervenciones fueron: el empleo de la violencia policial el día del no-referendum y destapar la botella de los truenos del artículo 155. Ambas acciones demuestran el fracaso de la acción política por parte del gobierno de derechas.

El artículo 155 es legal y constitucional, pero se precisa mesura, equilibrio y proporcionalidad. Es cierto que, tal y como se formuló, fue un golpe de mano pero… No solamente hay que formular, sino que se debe desarrollar. Aparecieron acciones dentro de lo dantesco. Un gobernante que huye, sí huye para hacer declaraciones inadecuadas e inapropiadas del alto rango que dice ostentar, los verdaderos líderes se quedan para afrontar la situación creada. La mayoría de los miembros de su gobierno son encarcelados, en una sobreactuación inadecuada, aunque sea ajustada al marco legal.

Ante este panorama el Gobierno de Pedro Sánchez decidió primero el indulto de los políticos condenados y abrir un diálogo con la Generalitat. Esas dos acciones relajaron algo la situación, dando paso a una acción de mayor calado para esta legislatura: la ley de amnistía, desde que se anunció ha existido una movilización política de la ‘derechultra’ a todos los niveles, incluyendo manifestaciones y acosos callejeros, presión desde los medios de comunicación y desde organizaciones e instituciones judiciales.

En la actualidad predomina la sobreactuación y favorece atribuciones e interpretaciones perversas, es la antipolítica.