La elección de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos sorprendió a muchos. Mucho se ha escrito sobre las causas que llevaron a Trump a la Casa Blanca. Al margen de los eventos de la tumultuosa campaña y los errores de la candidata rival, puede decirse que su éxito electoral se debió fundamentalmente a que supo conectar con el miedo y la ansiedad que existía en amplias capas de la sociedad norteamericana con respecto al impacto de la globalización económica en sus vidas.

Trump manejó en su campaña tres o cuatro mensajes básicos. Uno de ellos fue un ataque frontal a la política comercial de las anteriores administraciones que, según él, habrían negociado malos acuerdos comerciales que estarían perjudicando a la economía norteamericana y a sus trabajadores. Dichos acuerdos habrían permitido una fuga sin precedentes de puestos de trabajo y de industrias enteras a otros países, mientras los mercados domésticos se inundan de productos fabricados en el extranjero. La prueba del algodón: el déficit comercial de los Estados Unidos (566.000 millones de dólares, para ser exactos, equivalentes al 3% del PIB norteamericano) y en particular el saldo negativo que, a nivel bilateral, existe con China, Alemania y México. Frente ello, la solución sería una nueva política comercial que pusiera América primero (America First), renegociando el mayor número de acuerdos comerciales para mejorar la posición competitiva de los productores locales y recurriendo a medidas proteccionistas unilaterales cuando fuese necesario.

Ha tardado más de un año, pero Trump ha empezado a poner en marcha su programa electoral. Además de retirar a Estados Unidos del TPP (Acuerdo de Asociación Transpacífica) y lanzar un complejo e incierto proceso de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (más conocido por sus siglas en inglés, NAFTA) con Canadá y México, la Administración norteamericana ha recurrido a un aumento de los aranceles para, según Trump, reequilibrar la balanza comercial. Así, el pasado enero se introdujeron nuevos derechos de aduana y cuotas máximas sobre la importación de paneles solares y lavadoras, y en marzo se anunciaron aranceles del 25% sobre el acero y del 10% sobre el aluminio. El próximo paso podrían ser sanciones comerciales a China por sus prácticas en materia de transferencia de tecnología y propiedad intelectual.

Aunque dichas medidas tienen por el momento un impacto real reducido (por ejemplo, las importaciones de aluminio y acero de China a Estados Unidos no suponen más del 0.03% del PIB norteamericano)[i], suponen un peligroso precedente que nos podría situar a las puertas de una guerra comercial.

La desindustrialización, el aumento de las desigualdades y la precariedad laboral son realidades incontestables en Estados Unidos, en Europa y en el resto del mundo desarrollado. Y existen indicios que vinculan estas dinámicas con la globalización económica y la liberalización comercial como uno de sus causas (no la única ni la principal). Pero el proteccionismo comercial no es la solución. El discurso proteccionista y neomercantilista que sitúa al comercio internacional como fuente de todos los males adolece de importantes debilidades.

En primer lugar, el proteccionismo contradice uno de los pilares más básicos de la teoría económica. Pocas cuestiones generan tanto consenso entre economistas como el modelo de la ventaja comparativa. Desarrollado por David Ricardo a principios del siglo XIX, dicho modelo demuestra que el comercio internacional no es un juego de suma-cero donde unos ganan y otros pierden. Cada país puede ganar si se especializa en la producción y exportación de aquellos bienes y servicios que produce con un coste relativamente más bajo respecto al resto de países, mientras importa el resto de bienes y servicios. Comerciar es bueno pues mejora la eficiencia en el uso de las capacidades productivas de un país.

En este contexto, un déficit comercial entre dos países no quiere decir que uno (el que tiene el superávit) se esté aprovechando del otro o que las reglas de juego estén perjudicando a uno de los jugadores. La existencia de desequilibrios tiene más que ver con cuestiones macroeconómicas que con las reglas del comercio internacional. El déficil comercial de Estados Unidos se explica por el bajo nivel de ahorro de los hogares norteamericanos, la política fiscal de su gobierno, las directrices monetarias de la Fed o la capacidad de esta economía para atraer inversiones.

Debe tenerse en cuenta además que en un modelo de comercio internacional basado en cadenas de valor mundiales, las balanzas comerciales no capturan bien la complejidad de los intercambios transfronterizos. Cualquier consumidor norteamericano que tenga un iPhone verá una referencia a China en su dorso. Pero ello no quiere decir que el precio que paga el cliente final se vaya a China (sólo el 4% de ese precio puede atriburse a actividades realizadas en ese país). De hecho, Apple sustituyó hace años el “Made in China” (hecho en China) por el “Assembled in China” (ensamblado en China), que, además de políticamente correcto, refleja más fielmente lo que ocurre en la realidad.

En segundo lugar, el proteccionismo perjudica a quiénes dice defender. Es, por decirlo en términos coloquiales, un grandioso disparo en el pie.

En el caso de Estados Unidos en la actualidad, reducir el déficit comercial tendrá un impacto pequeño sobre el desempleo, entre otras cosas porque, con una tasa del 4% de paro, el país está muy cerca del pleno empleo. Subir los aranceles al acero y al aluminio quizás favorezca a los productores de estos bienes y sus trabajadores, pero perjudicará a quienes utilizan estos productos en la fabricación de automóviles, aviones, y bienes de consumo (que, por cierto, son muchos más). A mayores aranceles menor ventaja comparativa y menor eficiencia y productividad. Y mayor inflación: un acero más caro supone coches y aviones más caros. Si sube la inflación la Fed podría intervenir para subir los tipos de interés y, en un mundo de tipos de cambio flexibles, ello supondría una apreciación de la moneda (el dólar en este caso) en términos reales, lo que acabará dañando la competitividad de la economía en su conjunto. Podría incluso ocurrir que el aumento de costes para numerosas industrias llevase a que éstas tratasen de compensar el incremento de sus costes de producción reduciendo salarios[ii]. Por último, el efecto disruptivo de los aranceles en las cadenas de valor mundiales podría llevar a muchas empresas a deslocalizarse, reorientar sus actividades o buscar otras alternativas, con el consiguiente impacto para el empleo y la inversión. Un lío, vamos.

En tercer lugar, los precedentes históricos deberían ponernos alerta sobre los efectos de una guerra comercial. No hacen falta muchas medidas como las anunciadas por Trump para que otros actores reaccionen y se desate una batalla comercial de impredecibles proporciones. Aunque en este momento los cálculos de diversos observadores situarían el impacto de una guerra comercial en una bajada del PIB mundial del 1-3%[iii] (significativo pero no una hecatombe), uno nunca puede saber hasta donde puede llegar la escalada de acción-reacción. Y las guerras comerciales, además de costosas para todos los participantes (nadie gana, todos pierden), no auguran nada bueno para las relaciones internacionales y la paz y la estabilidad mundial. Pensemos en los años 30.

Por último, y aunque por definición a los proteccionistas sólo les importan los intereses nacionales, no podemos olvidar que la apertura comercial que ha ocurrido en los últimos años ha beneficiado a millones de personas en todo el mundo. El número de personas viviendo en situación de pobreza absoluta pasó del 35% de la población mundial en 1990 a alrededor del 11% en 2013[iv]. Y el papel del comercio como motor de desarrollo en los países pobres ha tenido mucho que ver en ello. No se puede olivar tampoco como grandes beneficiados del aumento de los intercambios comerciales a los consumidores en los países desarrollados. Por poner un ejemplo gráfico: el coste de un microondas es hoy un 93% inferior al de 1980[v].

¿Quiere todo ello decir que no hay ningún problema con las políticas que se han seguido en los países desarrollados en materia de comercio internacional? En modo alguno. 

En primer lugar, durante los últimos 30 o 40 años ha habido una cierta tendencia entre los dirigentes políticos de los países occidentales y entre los economistas a defender la liberalización del comercio internacional como un bien en sí mismo, orillando sus efectos distributivos.  Craso error y gol en propia meta en el partido contra los populismos de diverso signo.

La teoría de la ventaja comparativa antes descrita sólo nos dice que el comercio internacional genera beneficios a nivel agregado para una economía. Pero ello no quiere decir que ganen todos y cada uno de los actores económicos. Al contrario, tan incontestable como la propia dinámica de la ventaja comparativa es que la misma genera ganadores y perdedores en el seno de la propia economía. Y ello debería haber llevado a un discurso público mucho más mesurado y realista sobre los beneficios del comercio así como al desarrollo de políticas públicas que compensaran a los perdedores.

Aunque es difícil distinguir el impacto de la apertura comercial sobre el empleo de otros factores concurrentes (como la automatización, la innovación tecnológica o el simple cambio de preferencias de los consumidores), es difícil negar que el comercio tiene algo que ver con la desindustrialización y la pérdida de empleos en los sectores de actividad más expuestos a las importaciones que están viviendo la mayoría de países desarrollados. El propio Fondo Monetario Internacional (FMI) atribuye un 16% de la caída del peso de los salarios en el PIB a las cadenas de valor mundiales, frente al 33% que imputa a la innovación tecnológica[vi].

Pese a esta evidencia empírica, desgraciadamente la apertura comercial (que como decíamos puede ser un motor de eficiencia, crecimiento y bienestar), no ha ido acompañada de medidas eficaces dirigidas a redistribuir las ganancias al conjunto de la sociedad así como a proteger a las regiones y los trabajadores más expuestos a las consecuencias negativas.

No debería sorprendernos que el discurso contra el comercio internacional cale mucho más en Estados Unidos, que tiene un sistema de bienestar menos desarrollado y un aparato fiscal con poca capacidad redistributiva, que en Europa, donde nuestro modelo social es capaz de proteger más y mejor. Desde esta perspectiva, la respuesta norteamericana a la ansiedad sobre la globalización no debería ser el proteccionismo sino una fiscalidad más progresiva, programas de promoción del empleo en zonas deprimidas o la mejora de los sistemas de protección social.

Parte del problema es que la liberalización del comercio internacional se ha producido en un breve período de tiempo. Aunque muchos acuerdos comerciales incorporan períodos transitorios, en muchos casos la bajada o eliminación de aranceles ocurre de un día para otro. En cambio, las políticas necesarias para mitigar el impacto del ajuste (véanse programas de desarrollo regional o nuevas infraestructuras) suelen ser complejas y requieren mucho más tiempo para desplegar sus efectos. Por no hablar del tiempo que se necesita para formar a un trabajador de una industria en declive para cambiar de empleo.

En segundo lugar, como nos recuerda Dani Rodrik en su último libro[vii], debemos distinguir el comercio internacional de los acuerdos y tratados comerciales, en particular de aquéllos suscritos en los últimos 20 años. En efecto, estos tratados hablan cada vez menos de la reducción de barreras al comercio y más de otras cuestiones de gran complejidad, tales como la liberalización de los controles de capitales, la protección de los derechos de propiedad intelectual, la armonización regulatoria, o el recurso a sistemas de arbitraje para disputas en materia de inversiones. Rodrik utiliza una comparación entre dos tratados comerciales negociados por Estados Unidos en menos de 20 años: mientras el acuerdo con Israel de 1985 contenía apenas 8.000 palabras en 22 artículos y tres anexos, el tratado bilateral con Singapur suscrito en 2004 alcanzaba las 70.000 palabras distribuidas en 20 capítulos y más de una docena de anexos. 13 de esos capítulos trataban de cuestiones “no convencionales” en tratados comerciales, tales como la competencia, el comercio electrónico, el empleo, el medio ambiente, la normativa en materia de inversión o la protección de los derechos de propiedad intelectual.

Ninguna de estas cuestiones tiene una relación directa con la teoría de la ventaja comparativa y su impacto (positivo o negativo) sobre el crecimiento y el bienestar no reúne la misma unanimidad entre los economistas. Por ejemplo, la inclusión en los tratados de fuertes medidas de protección de patentes ha sido criticada por muchos observadores, que ven en este paso un mecanismo para proteger los intereses de las grandes empresas farmacéuticas. Esta fue una de las razones por las que Paul Krugman (uno de los principales estudiosos del comercio internacional) se opuso al TPP[viii].

La evidencia empírica sugiere además que esta nueva generación de tratados tienen un impacto menor en términos de crecimiento y eficiencia que los tratados de la vieja escuela, centrados en la reducción de aranceles. Por ejemplo, un estudio de 2016 sobre el efecto económico del controvertido TPP en la economía norteamericana sugiere un impacto positivo de un mero 0.5% del PIB en 2030. Y dicho impacto sería nulo o incluso ligeramente negativo para China, India o Corea del Sur[ix].

Puestos a incluir cuestiones que sí tienen un impacto sobre el comercio y la competencia entre empresas de diversos países dentro de una zona de libre comercio, cabría preguntarse, como hace Rodrik, por qué los tratados comerciales no tratan la problemática de los incentivos fiscales y la reducción de los impuestos sobre los beneficios empresariales, que generan evidentes externalidades transfronterizas[x].

Y tan importante como el “qué” (esto es, que contenido deben tener los tratados comerciales) es el “cómo” (es decir, la manera en que se discuten, se negocian y se aprueban dichos tratados). En la medida en que las negociaciones comerciales internacionales se expanden a cuestiones como el modelo regulatorio o el alcance de la jurisdicción de nuestros tribunales, deberíamos plantearnos nuevos mecanismos para fomentar la transparencia en dichas negociaciones.

Es cierto que muchos países han utilizado medidas regulatorias para introducir barreras proteccionistas por la puerta de atrás. Y que el derecho del comercio internacional puede (y debe) evitar estos abusos. Pero en la medida en que en los tratados comerciales se discutan cuestiones tales como si es aceptable o no el consumo de alimentos con organismos genéticamente modificados, el nivel de emisiones de partículas contaminantes, el acceso a medicinas más baratas, o la posibilidad de introducir mecanismos para evitar la fuga de capitales en caso de una crisis bancaria, por citar algunos ejemplos, es importante que estos debates se realicen con transparencia e integrando los diversos intereses existentes en la sociedad.

Por último, no debemos ignorar por completo la cuestión de las balanzas comerciales, puesto que, aunque tengan poco que ver con las reglas del comercio internacional, pueden ser una señal de determinados desequilibrios macroeconómicos que deberían ser corregidos. Trump se equivoca sobre China: aunque es verdad que el déficit comercial con Estados Unidos es importante, el superávit comercial de China con el resto del mundo se ha reducido en los últimos años de manera muy considerable. Pero al mismo tiempo, habría que plantearse si es saludable (sobre todo para el resto de países de la Unión Europea) que un país (en este caso Alemania) tenga un superávit comercial de nada menos que el 9% de su PIB. Dicho desequilibrio, que por cierto no deja de crecer, tiene poco que ver con la OMC o los tratados de comercio internacional, y mucho con las ventajas que Alemania obtiene de su participación en el Euro, que le permite reducir el coste de sus exportaciones de manera muy significativa, así como de una política fiscal de excesivo ahorro y austeridad. Pero este ya es otro tema…

En definitiva, es hora de evaluar el impacto del comercio internacional en sus justos términos, como una potencial fuente de crecimiento y progreso económico, pero también de efectos distributivos y de riesgos para determinados empleos. Y obrar en consecuencia, poniendo en marcha políticas comerciales más incluyentes y equilibradas, que tengan en cuenta el impacto sobre el empleo y la distribución de la riqueza entre grupos sociales. Pero evitando en todo caso caer en la trampa del proteccionismo.

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[i] The Economist, “A lose-lose trade war looms between America and China”, 15 de marzo de 2018.

[ii] Este argumento puede encontrarse desarrollado en un reciente artículo de Paul Krugman. Krugman, P. “Steel Tariffs and Wages (Painfully Wonkish), The New York Times, 22 de abril de 2018.

[iii] Davies, G. “The economic damage of a trade war”, Financial Times, 19 de marzo de 2018.

[iv] Cifras del Banco Mundial basadas en el número de personas con un ingreso diario inferior a 1.90 dólares al día.

[v] OCDE, Making Trade Work for All, Mayo de 2017.

[vi] FMI, “Understnading the downward trend in labour income shares” en World Economic Outllook, Capítulo 3, Abril 2017.

[vii] Rodrik, D. Straight Talk on Trade: Ideas for a Sane World Economy, Princeton University Press, 2017.

[viii] Krugman, P. “No Big Deal”, The New York Times, 27 de febrero de 2014.

[ix] Petrim P.A. y Plummer, M.G. “The Economic Effects of the Trans-Pacific Partnership: New Estimates” Peterson Institute for International Economics Working Paper Series, Enero 2016. Disponible en: https://piie.com/system/files/documents/wp16-2_0.pdf.

[x] Rodrik, D. What do trade agreements really do?, Febrero de 2018, disponible en: https://drodrik.scholar.harvard.edu/files/dani-rodrik/files/what_do_trade_agreements_really_do.pdf.