En las últimas noches, hemos podido ver con incredulidad como grupos reducidos y variopintos de personas protagonizaban manifestaciones violentas, actos vandálicos y altercados en distintas ciudades españolas, como Barcelona, Burgos, Logroño, Vitoria o Madrid, con la excusa de las restricciones por el COVID-19 y al grito de libertad.

Las imágenes eran sorprendentes, por la violencia y la falta de sensibilidad hacia una enfermedad que está provocando miles de muertes en España y que, también les afecta a ellos, aunque se sientan más “cool” por ir sin mascarilla, por hacer botellones, por ir a fiestas clandestinas sin ningún tipo de seguridad y acabar la fiesta incendiando contenedores y enfrentándose a la policía.

Frente a estos violentos, enemigos de la libertad y de la convivencia, hay que actuar con la firmeza que nos permite nuestro estado democrático y las leyes. Son ciudadanos, y, por tanto, tienen que entender y saber que son responsables de sus actos. Unos actos que cuando son violentos y están fuera de la ley, tienen más consecuencias, cuando además muchos de sus protagonistas son reincidentes.

Pero, ¿qué está pasando? ¿Nos hemos contagiado de egoísmo e insensibilidad ante la dura situación sanitaria, económica y social por la que estamos atravesando? ¿Estamos desatendiendo nuestros deberes de ciudadanía y el necesario comportamiento cívico que es la base de la convivencia?

¿Qué está pasando, para que en el mes de abril el 93,5 por ciento de los españoles creyera que la mayoría de la población estaba dando un ejemplo de civismo y solidaridad en la forma de afrontar las medias contra el COVID-19, según el barómetro del CIS, y ahora nos estemos enfrentando como sociedad a actos violentos y altercados con la excusa de las restricciones para combatir el COVID-19?

¿Qué está pasando para que ahora, y ante la misma pregunta que en abril, solo un 48,9 por ciento de la población crea que la mayoría está reaccionando con civismo y solidaridad, y otro 40,4 por ciento piense que la mayoría está siendo poco cívico e indisciplinado?

¿Qué está pasando ahora, para que los jóvenes crean que la mayoría esta siendo poco cívica e indisciplinada, en porcentajes del 52,7 por ciento entre 18-24 años, y del 47 por ciento entre 25 y 34 años, mientras las personas con edades superiores a 45 años están en porcentajes por debajo del 39 por ciento en esa misma apreciación?

¿Qué está pasando ahora, para que la clase alta y media alta crea en un 58,6 por ciento que la mayoría está reaccionando con civismo y solidaridad, y en un 33,8 por ciento que la mayoría esta siendo poco cívico e indisciplinado; mientras que en la clase baja/pobre un 47,1 por ciento cree que la mayoría esta siendo poco cívica e indisciplinada, y un 43,1 por ciento que la mayoría está reaccionando con civismo y solidaridad?

Posiblemente, estamos asistiendo a las incipientes consecuencias de la crispación y la polarización. Algo que tenemos que erradicar, fortaleciendo el civismo en nuestra sociedad para que sobreviva la democracia.

Un civismo que, por supuesto es el comportamiento adecuado y respetuoso con el resto de las personas, sean conocidas o no, opinen como nosotros o no. Pero también, es la conducta respetuosa del ciudadano con las normas de convivencia pública por las que se rige nuestra sociedad y que nos hemos dotado.

¿Por qué hacerlo? Porque no se puede convivir, es decir, vivir con otros, sin respetar unas reglas comunes.

Se hace necesario insistir una y otra vez, para no dejarlo de lado, que el comportamiento cívico, que es la base de nuestra convivencia, está basado en normas escritas y no escritas, en costumbres y hábitos que no hay que olvidar en la rapidez de nuestras vidas cotidianas.

No hay excusas para no cumplir con nuestros deberes como ciudadanos, respetando las leyes y contribuyendo así al correcto funcionamiento de la sociedad y al bienestar del resto de la comunidad. Y en ese respeto, también se encuentra la discrepancia, el debate público y el poder decir no. Pero no a la violencia.

Dejemos por un momento de buscar culpables en este torbellino de insultos hacia las instituciones y nuestros representantes. Claro que existen las responsabilidades colectivas y hay que exigirlas. Claro que hay leyes y policías para que nos obliguen a cumplir las normas.

Pero, por un momento, reflexionemos sobre nuestro comportamiento, reflexionemos sobre lo que podemos hacer y estamos haciendo, porque también existen las responsabilidades individuales, las nuestras, que tendemos a eludir.

Es preciso que, en estos momentos tan duros, de tantas incertidumbres vitales que afectan hasta la muerte por un virus que no se ve, asumamos individualmente nuestras responsabilidades con el comportamiento y las conductas que adoptamos en el día a día.

Eso favorecerá la convivencia, porque el civismo se aprende practicándolo individual y colectivamente, dentro de una sociedad democrática donde tenemos derechos y también deberes. Y uno de ellos es reflexionar sobre las consecuencias de nuestros actos.

Vivimos inmersos en esa dualidad entre nuestra sociabilidad y nuestro egoísmo. Esa “sociabilidad insociable” del ser humano a la que se refería Kant, nos tiene que llevar a ser conscientes de que la libertad y la responsabilidad son inseparables. Son dos características esenciales del ser humano, que tiene que llevarnos a tener presente la base más elemental de la convivencia “no hagas a los demás lo que no quieras que te hagan a ti”.