Sobre la brevedad de la vida y la inevitabilidad de la muerte ya nos ilustró Jorge Manrique desde que reflexionó después de la muerte de su padre. Y lo hizo asimilando nuestras vidas al curso de unas corrientes de agua que tenían como única finalidad el fluir hacia la muerte.

La actual legislatura de las Cortes Españolas parece tener un sentido parecido, el fluir hasta su final, que es la celebración de unas Elecciones Generales. Desde la investidura del Presidente Sánchez, la clave de bóveda de esta legislatura parece haber sido la fecha de esas elecciones. Todas las demás actividades del Parlamento y del Gobierno parecen condicionadas a una sola decisión del Presidente: la del adelanto electoral.

Pero es que esta legislatura no se inicia en mayo de 2018, sino en junio de 2016 cuando el Congreso elige a Rajoy como Presidente del Gobierno y, también, entonces, la incertidumbre sobre la duración de la legislatura era la característica de la misma, ya que las sombras de la corrupción oscurecían el panorama. La prueba está en que, solo dos días después de que Rajoy aprobara unos presupuestos generales que parecían darle estabilidad, se desayunó con un voto de censura. Por tanto, el problema no es privativo de Sánchez.

Si nos remontamos a la anterior legislatura, nos encontramos con que nació solo medio año antes, en junio de 2015, por lo que la celebración de elecciones generales parece ser, de un tiempo a esta parte, cosa más cotidiana que el ejercicio de la acción de gobernar. No es por ánimo de señalar, pero eso coincide, más o menos, con la aparición de los partidos de la nueva política, esos que iban a renovar los modos de la democracia en España.

Porque, hasta entonces, la vida política en España consistía en un turno bipartidista entre la derecha y la izquierda que iban agotando sus periodos electorales de, aproximadamente, cuatro años cada uno. Y no quiero calificar ni de bueno ni de malo ninguno de los dos sistemas, ya que el electorado es sabio, o eso dicen, y decide lo que decide. Pero que las cosas son como son, tampoco creo que admita mucha discusión. Antes, los periodos electorales eran de cuatro años y, ahora, parece que cada día de elecciones generales es lo único que separa dos largas campañas electorales, ejercicio único de las fuerzas políticas empeñadas en mejorar sus resultados en las urnas y dedicadas, casi exclusivamente, a conseguirlo.

Se dice, aunque no es cierto, que el Presidente del Gobierno solo tiene dos competencias que le son propias: nombrar sus ministros y disolver las Cortes Generales. Y parece que una vez ejercida la primera de ellas solo está pensando en la segunda. Como digo no es así, pero si lo fuera habría que modificar urgentemente la Constitución para darle más prerrogativas y que tuviera algo más que hacer que tenernos permanentemente en el sinvivir de la duración de la legislatura.

Si nos centramos en el ahora mismo, parece haber una mayoría entre las fuerzas políticas que están reclamando al Presidente del Gobierno que decrete ya ese adelanto electoral que, a modo de objetivo nacional, resolvería la legislatura. Pero Sánchez, hasta ahora, se resiste con la excusa, para algunos incomprensible, de que quiere gobernar.

Si a mí me diera por pensar como elector, podría llegar a la conclusión de que un Presidente de Gobierno que quiere agotar la legislatura es alguien que quiere hacer cosas positivas para volver a ser elegido. Y, al mismo tiempo, que una oposición que quiere elecciones cuanto antes, desea evitarlo porque lo cree posible. Por ello, como elector, yo apostaría porque se agotara la legislatura para permitir al Gobierno, casi cualquiera y en cualquier momento, a que cumpliera sus propósitos benefactores.

Tampoco creo que las encuestas se estén interpretando correctamente porque unos buenos resultados del Gobierno se suelen asociar a una oportunidad para unas elecciones inmediatas, en lugar de ver en ellos una prueba de que el electorado está satisfecho y es beneficioso que siga gobernando. En baloncesto se dice que solo hay que pedir tiempo cuando se está perdiendo y, en el póker, está mal visto levantarse de la partida cuando se está ganando.

Y ya que hablamos de encuestas, habrá que recordar que, las que hace el CIS, jamás han detectado, durante toda nuestra democracia, la menor preocupación de los españoles por un adelanto de ninguna legislatura. ¿Significa eso que el tema no les preocupe a los españoles? Bueno, a todos no. Pero a algunos sí, y mucho.

Podríamos deducir que, por lo menos, un adelanto electoral le interesa a quien lo pide. Generalmente, la oposición, aunque también puede interesarle al Gobierno. Si con un adelanto electoral se puede aprovechar un buen momento de la opinión pública, es imprudente, políticamente hablando, desaprovecharlo si las expectativas siguientes son peores. Pero, mientras lo siga pidiendo la oposición, lo normal es pensar que son ellos los más interesados. Y, eso, puede ser porque, en la política española actual hay políticos que, sintiéndose incapaces de articular su mandato democrático, tratan de que el electorado amplíe esa representación para, al menos, disimular su incapacidad. Ocurre como en esos concursos televisivos en los que un concursante que no conoce la respuesta a una pregunta pide el “comodín del público”.

Bien. Pues ahora, el que se atreva que haga algún pronóstico. ¿Qué es de esperar en unas próximas elecciones generales en España? ¿De verdad alguien piensa que unas próximas elecciones van a resolver algo que no sea el inicio de un nuevo periodo de incertidumbre? La única ventaja que veo es que, a lo mejor, los republicanos catalanes no vuelven a elegir a Rufián como su representante en el Congreso de los Diputados.

En tiempos de Jorge Manrique la política era claramente distinta a la de ahora. Su padre, Rodrigo Manrique, era un maestre de la Orden de Calatrava cuyo poder no dependía de ningún proceso electoral sino de su propio linaje. Por eso, Jorge cantó la muerte de su padre, único trámite que influía en el cambio político. Si no, hubiera hecho, estoy seguro, unas coplas a la muerte de la legislatura.