La crisis sanitaria por la alerta internacional causada por el nuevo coronavirus procedente de China, lleva varios días acaparando portadas de la prensa internacional. El nuevo coronavirus al que se ha bautizado como 2019-nCoV, ha sido capaz de dar el salto de los animales a la especie humana y ha terminado afectando a la salud de varios miles de personas: unas 25.000 personas infectadas y con síntomas y unos 500 fallecidos. Fuera de China, menos de 200 casos y sólo un fallecido.

Hacer una crónica de esta alerta requiere medir bien las valoraciones porque aún está en proceso de evolución y puede ser que nos falte conocer nuevos episodios que varíen el curso de los acontecimientos. Por eso solo podemos aspirar a una crónica incompleta.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha declarado con acierto la alerta sanitaria internacional para asegurar que las respuestas preventivas y asistenciales de los diferentes gobiernos del Mundo tengan su fundamento en las evidencias científicas y produzcan el mínimo efecto posible en la salud y en la economía mundial.

Esto es así porque es evidente que epidemias globales de esta naturaleza contribuyen a afectar a la economía en la medida que se tengan que adoptar decisiones que prohíban o limiten la movilidad de las personas y de los bienes y las mercancías que caracterizan al comercio internacional. Por todo ello, el papel y la responsabilidad de la OMS es de enorme trascendencia porque le corresponde la responsabilidad de analizar la evolución epidemiológica y clínica de la enfermedad y, a partir de ahí, recomendar las medidas más adecuadas y equilibradas.

Ahora bien, en este caso concreto, el foco y origen de la infección se sitúa en un país concreto: China. El contexto social, económico, político y sanitario de China es un condicionante específico para entender la complejidad que entraña en este caso para la OMS la gestión de esta alerta sanitaria.

Cabe esperar (y cabe exigir) que las autoridades chinas actúen con total transparencia en relación a todos los aspectos relativos a la epidemia. Es decir, información sobre el origen de la infección, sobre la evolución clínica de las personas afectadas y sobre todos los aspectos relativos a la información epidemiológica que se vaya obteniendo por el análisis y estudio sobre el terreno.

La construcción de dos hospitales en tiempo récord en el territorio afectado para la atención monográfica a los enfermos, servirá para conocer en profundidad todos los aspectos referidos y aportará datos cada vez más precisos para la mejor respuesta sanitaria. Incluso, nuevas claves que puedan conducir a tratamientos efectivos o prevención mediante la eventual elaboración de una vacuna eficaz.

Esto hace que sea prioritario asegurar que la información científica se pone a disposición de la comunidad sanitaria y de los gobiernos a través de la OMS. Tengo la impresión de que en general y hasta ahora, esta colaboración y transparencia está siendo un hecho real. Pero necesitamos las máximas garantías.

Esta alerta sanitaria deberá ser evaluada en un futuro una vez culmine y se declare resuelta. Aún no estamos en ese punto y cabe mantener todas las alertas activada con el máximo equilibrio y la máxima prudencia posibles.

A día de hoy, los datos apuntan a que nos estamos enfrentando a un nuevo coronavirus que es capaz de propagarse con cierta facilidad aunque las tasas de letalidad no son elevadas, en torno a un 2%. También, podemos constatar que la respuesta en el Sistema Nacional de Salud en España está siendo solvente y coordinada. Y, también, se aprecia un cierto efecto de contención de la difusión del virus por las medidas de control de las autoridades políticas de China. Todo esto, hay que valorarlo con cautela.

Por eso hay que evaluar todas las respuestas; es algo imprescindible para asegurar que nuevas alertas sanitarias que seguro veremos en el futuro, se pueden afrontar cada vez con más eficacia y acierto.