Ya llevamos un año de pandemia, el lenguaje se ha infiltrado de vocablos pandémicos, incluso en nuestras conversaciones cotidianas, así pandemia, sindemia, contagio, pcr, antígenos, anticuerpos, oleadas, UCI, vacunación, doblar el pico, incidencia acumulada, incluso con laboratorios farmacéuticos como Pfizer, Moderna, Jansen, Astra-Zeneka. Se emplea por la población de forma habitual.

Durante este año las noticias han fluctuado desde informaciones muy técnicas y prudentes, pero también ha sido un terreno de juego propicio a los bulos, a las noticias falsas conocidas como fake-news. En la población ha quedado como un terreno de confusión donde, desafortunadamente, lo que más se difundía y mayor credibilidad tenían eran las noticias falsas, los bulos, creciendo en la población lo que se conoce como “nagacionistas”. De tal suerte, que las normas preventivas del contagio se trasgreden de forma continua y formándose una bola de nieve que arrasa con todo y luego es muy difícil discernir cuáles son los datos verdaderos y cuales los falseados.

En esta encrucijada de escasa transparencia, de informaciones contradictorias, de verdades a medias y mentiras totales, aparece la vivencia emocional de cada uno de nosotros y nosotras y, en no pocas ocasiones, nos domina el enfado, la rabia e incluso la ira.

La OMS de la Región Europea, nos señala que los estados miembros han informado de signos de fatiga durante la pandemia en la población. Estos signos de la fatiga aparecen como desmotivación para continuar cumpliendo con las conductas de protección, emergen gradualmente a lo largo del tiempo y afectan a las emociones, experiencias y percepciones. La OMS ha decidido denominarlo como: “fatiga epidémica”.

La fatiga pandémica constituye una respuesta natural y esperada ante la prolongada crisis de salud pública que nos asola desde hace más de un año, no basta que la severidad de la pandemia por covid-19 haya mejorado con la implantación de medidas muy invasivas, con un impacto sin recedentes en el curso de la vida diaria de todos y cada uno de nosotros, incluyendo a quienes no se han visto directamente afectados por la acción del virus.

Esta reacción natural y esperada a la adversidad sostenida y no resuelta en la vida de las personas, se expresa como una desmotivación emergente para participar en conductas de protección y buscar información relacionada con COVID-19, también se muestra como complacencia, alienación y desesperanza.

En estas condiciones de crisis sanitaria prolongada, se ven alteradas las emociones y las relaciones interpersonales, apareciendo desinterés, irritabilidad, nerviosismo, frustración, ansiedad, ira, insomnio y somatizaciones diversas, tal y como se detectó en la investigación que dirigimos para el CIS.

Estas reacciones se entremezclan con percepciones y emociones propias más cotidianas, se inicia de forma progresiva a lo largo y ancho de toda la duración de la pandemia, siendo muy relevante el desinterés por la información acerca de la pandemia y de sus medidas y normas de regulación.

En los momentos en los que estamos, lo fundamental es abordar de forma preventiva aquello que hemos de hacer para evitar la fatiga pandémica y desarrollar actividades, a todos los niveles, que incrementen la sensación de seguridad a la población para evitar caer en la fatiga pandémica, lo que supone un compromiso definitivo de los responsables administrativos y de los gestores políticos con el conjunto de la población.

La OMS señala que los responsables deben entender a las personas, para lo que deben saber recoger y usar la información que aportan, sabiendo elaborar y trasmitir lo que existe de evidencia en las políticas específicas que son adaptadas a esta situación y serán  eficaces. Por ello se debe establecer intervenciones con gran capacidad de comunicación. Es importante trasmitir que las acciones que se promueven permiten que las personas vivan sus vidas, pero reduciendo el riesgo de exposición. Es posible que las restricciones de amplio alcance no sean factibles para todos a largo plazo, por ello es clave involucrar a la ciudadanía como parte activa de la solución, buscando y encontrando formas de involucrar, de manera significativa, a las personas y a las comunidades en todos los niveles de la intervención. De esta suerte se trasmite de forma consistente que se reconoce y aborda las dificultades que experimentan las personas y el profundo impacto que la pandemia ha tenido en sus vidas.

La política de comunicación pública es fundamental, para mantener la atención y revigorizar el soporte público ante las conductas protectoras. Para ello se exige que la comunicación sea transparente al compartir las razones que justifican las restricciones y cualquier cambio que se les haga, reconociendo los límites de la ciencia y del gobierno. Dentro de todo ello las administraciones debieran esforzarse por lograr el mayor nivel posible de equidad en las recomendaciones y restricciones que se realizan sobre la población. Para conseguirlo se debe ser lo más consistente posible en los mensajes y las acciones, evitando medidas contradictorias. Es fundamental coordinar la comunicación para evitar mensajes contradictorios entre posibles expertos y los verdaderos portavoces. Resulta clave esforzarse por lograr la previsibilidad en circunstancias impredecibles, por ejemplo, utilizando criterios objetivos para las restricciones y para explicar cualquier cambio que se haga.

Es muy importante trasmitir un listado de acciones concretas y ser coherente con ese listado, de tan suerte que resulta clave pensar en lo local, para encontrar formas creativas de motivar a sus miembros y compañeros y compañeras. En todos los lugares de trabajo, escuela, universidad, club juvenil, se debiera establecer comunicación directa con los usuarios de esos servicios e instituciones e interesarse por cómo les gustaría implementar los comportamientos recomendados en las normas. Resulta muy recomendable desarrollar orientaciones sobre cómo vivir la vida cotidiana mientras se reduce el riesgo a contraer la pandemia, siendo muy básico evitar los cambios constantes.

Ante eventos, celebraciones  y efemérides es muy recomendable preparar soluciones seguras para las próximas festividades nacionales o locales, ofreciendo recomendaciones claras. Es muy importante que los responsables sepan comprender qué medidas pueden resultar insoportables a largo plazo, con el fin de modificar o equilibrar dichas restricciones con otras medidas (económicas, sociales, psicológicas), teniendo en cuenta el riesgo epidemiológico.

Por todo ello, los responsables político-administrativos deben diseñar actividades que sean fáciles y económicas, como el uso de mascarillas y desinfectantes de manos gratuitos, áreas accesibles para lavarse las manos, espacios destinados a la interacción social, desarrollar oportunidades de teletrabajo. Una opción muy importante es apelar a las personas en lugar de culparlas, asustarlas o amenazarlas, reconociendo que todos están contribuyendo para hacer las cosas bien.

Es muy importante ser claro, preciso y predecible, utilizando infografías simples y fácilmente comprensibles como una forma eficaz de comunicar las restricciones y los riesgos. No deben olvidarse de realizar estudios poblacionales cualitativos y cuantitativos periódicos, tomando los hallazgos en serio y como resultados fiables, de tan suerte que puedan ser usados para informar la acción que se pretende recomendar. No se debe olvidar la necesidad de adaptar la comunicación a las características de grupos específicos que experimentan desmotivación (p.e. población inmigrante, clases sociales bajas, discapacitados). Una buena recomendación es probar los mensajes y elementos visuales con muestras poblacionales antes de difundirlos a la población general.

La OMS establece una serie de acciones integradas en lo que denomina como: “estrategia llave” para abordar el riesgo de fatiga pandémica, entre ellas destaca: Identificar los grupos poblacionales prioritarios, es decir, aquellos que muestran signos de desmotivación y los que buscan una transmisión creciente, para lo que se utilizará encuestas de población y datos de vigilancia epidemiológica. Luego, los responsables analizarán los datos obtenidos, comprendiendo lo que los motiva y las barreras que afrontan. Es muy recomendable la utilización de estudios de población cualitativos y cuantitativos, hacer seguimiento de medios de comunicación y retroalimentación de una línea de acción concreta. Luego habrá que utilizar lo que se aprenda, sobre todo para identificar percepciones y necesidades emergentes, para informar las políticas que se desarrollan, para orientar la comunicación y otras intervenciones contra la pandemia. No debemos olvidar que los conocimientos sobre el comportamiento de la población solo son valiosos si informan de manera adecuada sobre la acción a desarrollar. Debemos probar nuevas iniciativas, mensajes y formas de comunicación con la población cuyos comportamientos se desea cambiar, utilizando grupos focales u otros enfoques de investigación (p.e. metodología de investigación-acción). Se debe comunicar las necesidades, prioridades y lagunas de conocimiento del propio gobierno a la comunidad investigadora con el fin de garantizar que la agenda de investigación sea pertinente, relevante y oportuna.

Una segunda llave estratégica, tal y como se ha señalado con anterioridad, consiste en considerar a la población como parte de la solución del problema.

Se debe saber “pasar el testigo a otros”, saber delegar; para ello hemos de considerar a los grupos y a los líderes de la sociedad civil que podrían participar para asumir roles de liderazgo en la habilitación y promoción de comportamientos protectores del riesgo (por ejemplo, organizaciones juveniles, asociaciones de vecinos, líderes religiosos, clubes deportivos y organizaciones comerciales o comunitarias). Se debe aprender de la sociedad civil e involucrarla, de forma activa, en el desarrollo de escenarios para futuros confinamientos locales / nacionales.

Es importante solicitar a la sociedad civil que encuentre formas creativas para motivar a sus miembros y compañeros, preguntándoles qué apoyo necesitan de los responsables administrativos y sanitarios. Es fundamental involucrar al personal voluntario, tanto en el diseño e implementación de políticas, como en las intervenciones y en los mensajes de COVID-19. Todos pueden desempeñar un papel activo y con interés. En cada lugar de trabajo, escuela, universidad, club juvenil, se puede solicitar a los usuarios que discutan cómo les gustaría implementar los comportamientos recomendados, estas discusiones pueden revelar barreras, inconvenientes y percepciones erróneas que se pueden abordar sin dejar de mantener las restricciones.

Animar a la gente a que viva su vida, pero que lo haga reduciendo el riesgo de contagio. Ayudar al público a diferenciar entre actividades de menor riesgo y de mayor riesgo, para garantizar que existen mecanismos de apoyo suficientes para las opciones de menor riesgo cuando la abstinencia sostenida no sea una opción. Desarrollar la orientación sobre cómo continuar con la vida mientras se reduce el riesgo de transmisión, incluyendo que las pautas pueden ofrecer opciones para cenas más seguras, citas de juegos para niños, interacciones en el lugar de trabajo, citas diversas, funerales, bodas, viajes.

Se debe encontrar formas creativas de comunicar, siguiendo las recomendaciones establecidas en lugar de cambiarlas constantemente. ¿Cómo pueden las personas, los lugares de trabajo, el transporte público, el sector minorista y las residencias de ancianos, por ejemplo, participar en la reducción del riesgo que conduce a estos eventos y celebraciones en los que las personas se encuentran de distintos lugares y generaciones?

Se puede solicitar la opinión de los colectivos citados y desarrollar la orientación que necesitan, ofertando recomendaciones claras y posibles de hacer. Un buen camino consiste en evaluar si todos los eventos culturales deben cancelarse o si pueden implementarse de manera segura, por ejemplo, mediante una combinación de eventos físicos y on line con mecanismos para garantizar prácticas seguras, otra opción consiste en participar en un diálogo con los organizadores y encontrar juntos soluciones creativas.

Muy importante es animar a las personas y las comunidades a identificar estrategias para minimizar daños que se ajusten a sus propias necesidades. Así se cambia el mensaje de «no» a «hacer las cosas de manera diferente». Lo que comporta evitar el juicio y la culpa relacionados con hacer las conductas de riesgo, ya que esto puede contribuir más a la vergüenza y la alienación que al compromiso y la motivación.

Para todo ello es fundamental tener unos principios transversales, como son, en primer lugar, transparencia: ser transparente al compartir las razones que sustentan las recomendaciones y restricciones que se realizan; reconocer los límites de la ciencia y del gobierno. Para ello: la claridad y la sencillez son claves. En segundo lugar, es necesaria la justicia, es decir las decisiones se deben basar en criterios objetivos y con equidad. Por fin, se precisa consistencia, lo que supone que las acciones de los líderes están en línea con lo que se debe hacer, evitando las respuestas inconsistentes y supérfluas y teniendo un uso regular de términos y datos específicos, pero sin abusar ni inundar con ellos.

Es clave la coordinación, manteniendo relaciones con las partes interesadas, luchar por la unidad y evitar mensajes contradictorios de expertos, voceros, representantes gubernamentales y trabajadores de la salud. Por lo tanto, mantener la previsibilidad, lo que se consigue con la utilización de criterios epidemiológicos objetivos para las restricciones y, siempre, asignar plazos para esas restricciones, realizando un seguimiento de estas para que las personas sepan lo que pueden esperar y saber a qué atenerse.

No se debe olvidar que la fatiga pandémica es un estado de ánimo muy relacionado con la vivencia de la pandemia y con la percepción de la situación a lo largo del tiempo de duración, por lo tanto tiene un fuerte componente afectivo, cognitivo y subjetivo. Saber valorarlo y tenerlo en cuenta es hacer prevención. No se debe descalificar lo que se  desconoce, porque descalificar lo que se desconoce es la forma más evidente de mostrar el grado de ignorancia que se tiene y, en este caso, además, de insensibilidad.