Una guerra asola a la vieja Europa. Una guerra que no es una guerra sino una invasión descarada de Rusia a un vecino más débil, Ucrania, una invasión con remedos de acciones de un tiempo pretérito, con ambiciones de poder y de acopiar tierras y personas.

Frente a esta situación han existido varias voces de diferente sonido y matiz. Dijo Noam Chomsky que “caso tras caso, vemos que el conformismo es el camino fácil, y la vía al privilegio y el prestigio; la disidencia, sin embargo, trae costos personales”. Aquí es difícil discernir cuál es el conformismo, más allá del apoyo al poderoso que muchas personas y colectivos practican, con razones diversas y argumentaciones más o menos rocambolescas.

Mientras cada colectivo quiere priorizar su punto de vista se fraguaba una invasión de una superpotencia, Rusia, contra una nación independiente, Ucrania de mucha menor potencia. En esta pelea tan desigual emergen dos personas: el sátrapa invasor irracional, Putin, y el agredido Zelenski. Mientras en Putin la actitud es despectiva, irracional, autoritaria y con tintes filofascistas, la actitud de Zelenski resulta de una gran dignidad en defensa de la integridad de su pueblo. Estudiando los contenidos de ambos mandatarios, se desprende que Putin actúa como un imperialista despiadado sin ningún tipo  de respeto a la población civil y a los acuerdos internacionales.

No hay duda alguna, ha sido una invasión en toda regla, sin ningún tipo de duda y con una gran desigualdad, una invasión como hacía la horda primitiva en épocas pretéritas de la historia. Una invasión por la mera razón de darle la gana al sátrapa ruso de inmiscuirse en los asuntos internos de otra nación independiente, trasgrede la ley internacional y origina una política de devastación y tierra quemada en otro país, como es Ucrania.

Las imágenes de los refugiados, mujeres, niños y personas de la tercera edad, son durísimas, originando una mezcla de rabia e impotencia, de conmiseración y solicitud de justicia. Imágenes que, en Europa, ya creíamos superadas y casi no podrían volver a repetirse. Las guerras acontecían fuera de Europa y venían hacia nosotros los refugiados, pero ahora es diferente, la guerra está en territorio europeo, las personas afectadas y los refugiados son europeos y la vista de desorientación también es europea.

Esta es una invasión brutal que termina en guerra y que nos afecta a todos. Las guerras influyen en la vida, aparentemente apacible, de personas que viven en lugares lejanos. En este caso hace referencia a dos cuestiones fundamentales: los productos energéticos (petróleo y gas) y productos alimenticios (cereales como el trigo y maíz) van a elevar sus precios y se debe ser drásticos en su abordaje y manejo, pero la inflación afectará a muchísimos países y a muchísima población, malditas y tristes guerras, como decía Miguel Hernández.

Tomar decisiones no es fácil, porque al mismo tiempo, han de ser flexibles y actuar con mucha firmeza. El objetivo fundamental es desarrollar la vía diplomática de la negociación real, pero para hablar dos se precisa que quieran y, en este caso, impresiona que el ruso no quiere hablar. El problema consiste en movilizarse para parar esta deriva tan loca por parte de Putin, pero no parece que sea fácil encontrar cómo hacerlo.

Noam Chomsky dice que la invasión de Ucrania reúne las características de barbaridad criminal que supuso la invasión de Irak por parte de USA y de Polonia por parte de Hitler-Stalin. Señala Chomsky que en esta opción también tiene un papel la pretendida expansión de la OTAN a Ucrania y Georgia y sin haber establecido previamente una política defensiva para Europa, esta posición la defiende uno de los mayores expertos en Rusia, Jack Matlock, quien termina diciendo que a USA le interesa promover la paz en Ucrania. A similar conclusión llega el que fue jefe de la CIA, William Burns, el diplomático George Kennan, el exsecretario de Defensa William Perry y el académico en relaciones internacionales John Mearsheimer. La crisis actual se ha venido gestando durante los últimos 25 años mientras USA menospreciaba despectivamente las inquietudes rusas en materia de seguridad. Dice Chomsky que las causas reales de la brutal y asesina invasión de Putin, se elude pero no se discute. Este autor piensa que la salida, una vez iniciada la locura de la agresión, premia en lugar de castigar a Putin o bien hay que situarse ante una guerra casi terminal. La única salida actual consiste en apoyar a los ucranianos que defienden su tierra y potenciar a los rusos que se oponen a las políticas de Putin en el interior de Rusia. Si no nos ponemos en marcha en esta dirección, concluye Chomsky “la confrontación directa es una sentencia de muerte para la especie, sin vencedores. Estamos en un momento crucial de la historia de la humanidad. No se puede negar. No se puede ignorar”.

En el año 1932 la Liga de las Naciones, germen de la ONU unos veinte años después, encarga a Albert Einstein que recabe información de intelectuales y científicos relevantes con el fin de poder prevenir las guerras en Europa. Einstein escribe, entre otras personalidades, a Sigmund Freud. La correspondencia entre ambos tiene un gran interés para comprender algunas bases que sustentan las guerras.

Einstein inicia su misiva con una gran pregunta que él cataloga como el dilema básico: “¿Hay camino para evitar a la humanidad los estragos de la guerra?” Asegura Einstein que se deben “superar los nacionalismos, buscar un consenso internacional para crear un cuerpo legislativo y que cada nación debería aceptarlo, así como a sus dictámenes”.

Reconoce el autor que es un dilema, porque la seguridad internacional implica la renuncia incondicional de todas las naciones a zonas de su libertad de acción, el mismo Eisntein afirma que el afán de poder limita esta opción, a la par que otros grupos medran por razones económicas (por ejemplo, en la venta de armas). Hay que considerar, como asegura Einstein, que la minoría dominante tiene bajo su influencia las escuelas, la prensa y la Iglesia, por lo que les permite organizar y gobernar las emociones de las masas y convertirlas en un instrumento potente de acción.

El autor e intelectual asegura que el hombre tiene en su interior apetito de odio y destrucción que está latente y emerge en circunstancias inusuales. El dilema que plantea lo formula como: ¿es posible controlar esta maldad interior, con el fin que no emerja al exterior?

A estos planteamientos, Sigmund Freud contesta diciendo que el “derecho y la fuerza son valores antagónicos, pero no se debe olvidar que el derecho surgió de la fuerza”. En este sentido, reconoce Freud, que los conflictos entre los hombres se resuelven mediante la fuerza, representada por la posesión y la opinión.

A la fuerza humana, según la contestación de Freud, era muscular y se fue alargando y sustituyendo por herramientas, así triunfaban quienes tenían mejores armas o quien las utilizaba con mayor habilidad. Señala que las armas “abren espacio a lo intelectual” (diseño, aplicación).

En las guerras se origina mucho daño entre los contendientes con el fin que uno de ellos abandone la pelea, según Freud, de tal suerte que al hacerlo quede tan dañado que no pueda iniciar una respuesta de oposición y a sus congéneres les sirva de escarmiento. Hay que matar al enemigo porque satisface el instinto de dominio, porque si solo se le subyuga se debe contar con el deseo de venganza una vez que remonte.

No obstante Freud asegura que la asociación de varios componentes débiles, puede superar la fuerza de alguien que sea muy poderoso (L’union fait la force). La unión de esos débiles configura el derecho, por lo que el derecho de una comunidad representa el poderío real de esa comunidad, claro que solamente se puede conseguir si esa unión es duradera y permanente. Esta unión, según Freud, debe organizarse y darse normas de funcionamiento para evitar las insubordinaciones. Cuando los miembros de estas colectividades humanas reconocen esta comunidad de intereses, aparece entre ellos vínculos afectivos; pero si no existe equilibrio entre los integrantes, entonces las leyes se formulan en base a los grupos dominantes; pero si no es equitativo al final se buscará ese equilibrio por la fuerza.

Es cierto que la guerra no es un instrumento útil para conseguir equilibrar la situación, porque entonces los logros no suelen ser duraderos y esos grupos se desmembran por la escasa coherencia entre las partes unidas por la fuerza.

De esta suerte, decía Freud en 1932, la tentativa de sustituir el poderío de la fuerza por el de las ideas está condenada, por el momento, al fracaso. Solo sería posible impedir la guerra con un poder central al que se le confiera del poderío suficiente.

Freud recuerda, en base a los contenidos de sus investigaciones y teorías, que no se debe menospreciar el placer que supone la agresión y la destrucción. El dolor del ser viviente se alivia con la destrucción de los otros.

El punto final de esta correspondencia, según Einstein, se formula con una pregunta: “¿Es posible controlar ese apetito de odio y destrucción interno que tiene el hombre? La llamada “intelectualidad” es la más proclive a estas sugestiones colectivas”.

A ello le replica Freud diciendo que “todo lo que impulse la evolución cultural obra contra la guerra”.

Parece que no hayan pasado casi 100 años y los contenidos y reflexiones de estas dos personalidades tengan tanta actualidad. Queda dicho.