Alba Ballesta, Algaida, Sevilla, 2018

Hace unas semanas asistí a una tertulia literaria, en donde se hablaba de las excelencias de la joven escritora Alba Ballesta, que hasta la fecha ha publicado varias novelas, ambas distinguidas con sendos premios. La primera de ellas Rari Nantes obtuvo, en el año 2015, el Premio Joven de Narrativa de la UCM, la segunda Distinta clara fue ganadora del Premio Ateneo Joven de Sevilla 2018.

Distinta Clara es una novela de estilo metaliterario en la que su autora, con pluma ágil y una trama inquietante, difumina la ficción de la realidad. Su protagonista, Laia, es una estudiante que decide realizar su trabajo fin de máster sobre una enigmática mujer, Clara Dubasenca, que décadas atrás escribió en sus Obras Completas un hermoso poema. Un texto lírico que deslumbra a Laia y la sumerge, como si lo hiciera en la más profunda de las aguas, en los retazos de una vida ajena que desde el minuto primero la fascina y atrapa. Descubre algunos escenarios por los que se condujo Clara, conoce a sus seres queridos y… su historia se convierte en su mente en una obsesión. Una obsesión que condiciona su día a día tratando de saber quién era esa excepcional mujer capaz de evocar con sus palabras tanta lindeza.

Reconstruir el pasado desde el presente es tarea ardua, cuando lo que queremos conocer se transforma en nuestra imaginación en algo diferente a lo que es.  Y eso es lo que le sucede a Laia, queda deslumbrada por lo sublime y concibe que alguien capaz de crear con tal armonía habría estado alejada de la mediocridad. Pero la realidad, con su irrefrenable contundencia, no deja lugar a dudas. Añoramos en nuestra inocencia jardines orientales colmados de colores y sutilezas, cuando en verdad paseamos por bosques tristes y lúgubres.

La oscuridad, que en ocasiones amenaza, se confirma al final de este relato en un deseo de juventud quebrantado por las circunstancias y nos instala en la única de las verdades: el vivir es un largo camino, en donde muchos sueños de juventud quedan en el recuerdo por el mero transitar. Nadie queda ajeno, la candidez deja paso a torrentes de ilusiones rotas que, en el mejor de los casos, nos permiten en nuestra senectud sonreir en nuestros corazones. Las reconstrucciones que bosquejamos del ayer se vuelcan en el presente sin consistencia y lo que valoramos irrefutable, como en el caso de Laia, da paso al desengaño por lo que pudo haber sido y no fue.