En un artículo de hace unos días mi admirado amigo y compañero, el diputado socialista José Andrés Torres Mora, en un artículo titulado “El debate en el PSOE[i] hacía referencia al eslogan utilizado por el PSOE en la transición “Socialismo es Libertad”, bella y casi comprensiva de un ideario político. Aludía a la utilizada coetáneamente por los comunistas “socialismo en libertad”, contraponiendo y marcando distancia con el socialismo de influencia soviética.

El Socialismo es libertad o no es socialismo, pero el socialismo es además muchas más cosas. Un núcleo esencial de esa libertad es expresarse y discrepar; cualidades que en gran medida posibilitan el enriquecimiento de los debates sobre las ideas y proposiciones que se hacen a una sociedad de cómo se quiere construir el futuro desde una opción determinada.

El PSOE no tiene que debatir en este momento con los medios de comunicación, ni afines ni contrarios, no se trata de eso, es entre los propios socialistas, los que como tal se consideren por pertenencia o por vocación de colaborar con un proyecto político para la sociedad. Socialismo es también democracia, no tan solo democracia formal con el cumplimiento de los procesos de elección y decisión, es profundización de la democracia; es enriquecimiento de los continentes y contenidos de la acción política ampliando las decisiones a consultar y posibilitando la participación del mayor número individuos en la votación de las mismas. No es una moda, ni una tendencia, es un presupuesto básico del socialismo democrático; no es una cuestión de opinión ni cosa mía, referencio a los Profesores Norberto Bobbio y Elías Díaz por todos. Evidentemente esto es mucho más que primarias sí o no o bajo qué condiciones.

El socialismo, por lo menos el que ha representado el PSOE hasta la fecha y que se une con la tradición socialdemócrata europea es muy diferente a lo que es el “republicanismo cívico” ya sea de Pettit, o para mí el más sugerente, de Hannah Arendt. El PSOE es y debe seguir siendo un partido de compromiso, no un mero partido electoral de programa de coyuntura y con vocación de ómnibus, es un partido que aspira a representar a una mayoría de ciudadanos, una mayoría que no sólo es la más penalizada con una creciente desigualdad social sino que, por motivo de la misma, se ve sujeta a relaciones de dominación. Esto no es discurso populista, no vayamos a tildar ahora a todo lo que no nos gusta de populista, es una realidad social que se puede comprobar transitando las calles de España, Europa y ya no hablemos de toda la periferia mundial que también juega en la misma liga en un mundo globalizado y donde el socialismo no puede perder su vocación internacionalista.

El debate socialista requiere además de una profunda revisión programática y organizativa una clara delimitación de las reglas de juego, en las cuales se va a celebrar este proceso, ya que si damos por bueno que el socialismo no es “populismo bonapartista” en la misma medida tampoco es “social-liberalismo de taifas” externo y post-peronismo interno. El proyecto socialista, por cultura política, no puede definirse en un gabinete de ideas elegido por el “sistema Agapito” y luego sacralizado en un Congreso conformado por una geografía variable, eligiendo un líder sin conocer lo que realmente piensa y defiende. Es volver muchos pasos atrás en la historia orgánica del PSOE. Hacerse puede, pero citando a Torres Mora “los ciudadanos no castigan que les hagamos perder una hora en ir a votar, sino la incoherencia entre nuestras palabras y nuestras acciones” [ii] y sobre todo que no sean excepción sino regla los que defienden con una vehemencia inusitada posturas y posicionamientos políticos cuando hace pocos meses defendían lo contrario. Impera el regreso a la política pedagógica y ejemplificante, en ello hay que ser muy cuidadoso en este debate y si se produce esta rauda mutación ideológica solo cabe recordar la famosa frase del anterior monarca al populista latinoamericano.

El socialismo es cierto que serenamente en un supremo y riguroso ejercicio de libertad y democracia tiene que abrir ese proceso de debate; de cómo se haga puede salir unido y fortalecido o terminar siendo un conjunto de sinsorgas a la greña. No es una tarea fácil pues para ello hay que hacer un ejercicio de honestidad y humildad intelectual y personal, pues ni están todos los que son ni son todos los que están, aunque estén todos encantados de haberse conocido.

En todo caso los ciudadanos esperan un Partido Socialista que represente y sirva  a la mayoría de la ciudadanía que padece la desigualdad social y la dominación económica, cultural y política o está en condición de padecerla: Utilizando y modernizando el aparato institucional (la administración pública) y las capacidades fiscales y redistribución de renta del Estado para alcanzar la cohesión social que equilibre y de seguridad a la sociedad; corrigiendo los excesos e ineficiencias sociales del mercado, en una España vertebrada con identidades plurales que hay que reintegrar y una Europa que reinventar; siendo portador de los valores y políticas que aseguren la supervivencia del Planeta en un contexto de progresivo deterioro ambiental e incertidumbres personales en el tránsito hacia una era tecnológica que ofrece muchas oportunidades pero que tiene que asegurar que la escasez del empleo no genere exclusión y precariedad social como está pasando; que impulse políticas (no meramente estatales) que solucionen los dramas humanos que las migraciones masivas, fruto de la barbarie y la incapacidad política provoca y que da argumentos a los liberticidas.

Por ello el socialismo debe dejar de anatemizar los discursos populistas y relajarse pasando a continuación a la acción, ofreciendo alternativas propias creíbles y realmente socialdemócratas que den esperanza y cobertura política a los millones de ciudadanos que han ido abandonando al Partido Socialista.

[i] http://www.infolibre.es/noticias/opinion/2016/11/11/el_debate_psoe_57415_1023.html

[ii] http://elpais.com/elpais/2016/07/05/opinion/1467715257_633166.html