Cuando a veces parece que la ciudadanía está dormida o aletargada, y parece que nada le importe, de repente, todo se mueve, se toma la calle, y a algunos nos despierta la esperanza, y a otros la corbata no se la pueden abrochar del susto que se llevan.

Eso es lo que está pasando con varios movimientos generacionales que saben bien lo que quieren, que suelen ser respetuosos y sacrificados, que adquieren compromisos individuales cuando saben que las circunstancias no van bien, pero que, como ellos dicen, “no son tontos”.

Me emocionó y me dio una gran esperanza ver a los pensionistas en la calle. Porque ellos mejor que nadie son la memoria de este país, porque saben lo que cuesta conseguir derechos, porque se han ganado la pensión a pulso, porque han soportado el sacrificio familiar llevando a cuestas el cuidado de los nietos y la subsistencia de los hijos en paro o en precario, porque han soportado todas las promesas que no llegan, y porque ya están hasta las “mismísimas” narices de tanto engaño.

Y salen a la calle porque la subida de su pensión es “una mierda”, porque vale más la carta propagandística del gobierno, porque son viejos pero no tontos, y todo tiene un límite, y la paciencia se les ha agotado.

Y han desbordado todas las previsiones. Porque se han ido sumando a las protestas de una forma arrolladora, han sido capaces de rodear el congreso, de desafiar a la ley mordaza, de sacar pancartas, de llenar las plazas de 86 ciudades. ¡Ni más ni menos! Son nuestros abuelos y abuelas, que si están bien para trabajar en casa y para su familia, también están bien para ejercer su derecho y protestar.

Por primera vez, el gobierno se ha mostrado asustado.

De la misma forma que los jóvenes adolescentes en EEUU ponen entre las cuerdas al partido republicano y al mismísimo Trump. No se callan delante de las televisiones. Les piden, no solo explicaciones morales, sino también legales: ¿quién les subvenciona las campañas?

No es un grupo activo políticamente. Es un movimiento espontáneo, porque la mayoría son jóvenes que ni siquiera pueden votar ni beberse una cerveza porque es ilegal, pero sí pueden tener un arma para defenderse. Un arma que les comprará el papá, con permiso del gobierno, para ir seguros a estudiar. De ellos es el futuro de EEUU, y no les gusta cómo se gobierna. Ni que la estúpida propuesta de Trump sea armar también a los profesores. En Europa no entendemos ese amor por las armas, ni siquiera como un negocio tan lucrativo. Pero parece que las nuevas generaciones empiezan también a estar hartos.

Los jóvenes le plantan cara a Trump, a los republicanos y al negocio vergonzoso de las armas.

Y faltamos nosotras, las mujeres. Que saldremos a la calle, pero no como un 8 de marzo normal. Porque la convocatoria de la huelga ha revolucionado al sistema. Ya no será solo una manifestación tradicional, festiva y reivindicativa. ¡Ya está bien! Y las voces de las mujeres se levantan desde cualquier sector laboral. Salvo las mujeres del PP que siguen obedeciendo las consignas del partido, ¿pero son todas las del PP?, me gustaría pensar que solo aquellas que tienen un cargo y tienen miedo a ser cuestionadas, porque las mujeres, voten lo que voten, tienen todas los mismos problemas. Por eso pienso que la voz de las mujeres que protestan en la calle es transversal, ha calado en una sociedad patriarcal que ve nuestras protestas con cierta condescendencia.

Abuelos, jóvenes y mujeres están constituyendo el poder de la sociedad civil, más allá de los partidos políticos, de los movimientos organizados. Claro que se necesita estructura y asociacionismo para hacer realidad la protesta, pero el mundo no se mueve sino se suman las voces espontáneas de la ciudadanía.

Ahora solo falta que se apoyen mutuamente las protestas, que se sumen las voluntades, que se hagan propias los problemas de los otros, que la empatía sea ponerse en la piel del que protesta para ver si su queja es justa y, sobre todo, si nos ayuda a buscar salidas para un mundo mejor.