Pronunciar la palabra laicismo en EspaĂąa, pone a muchas personas de los nervios. Tal vez sea por desconocimiento de su significado real, que es ignorancia superable, o quizĂĄs que por deformaciĂłn histĂłrica ideolĂłgica hay personas y colectivos a quienes les lleva a presuponer que detrĂĄs vendrĂĄn quema de conventos, violaciĂłn de religiosas y profanaciĂłn de santos lugares o cosas por el estilo de nuestro oscuro pasado.

Recurrir a la exĂŠgesis constitucional del artĂ­culo 16 de la ConstituciĂłn EspaĂąola tampoco aclara mucho, y los posicionamientos doctrinales al respecto han dicho una cosa y la contraria al mismo tiempo. Decidir si nuestro Estado es aconfesional o laico desde un punto de vista jurĂ­dico y sus consecuencias y las de las privilegiadas relaciones con la Iglesia CatĂłlica en detrimento de otras confesiones tambiĂŠn ha tenido mĂşltiples lecturas. En cualquier caso, aconfesional o laico lo cierto es que la acciĂłn del Estado ha de estar separa de cualquier credo religioso y ello no es una cuestiĂłn determinada por el grupo polĂ­tico gobernante, es el modelo.

No podemos ignorar de dónde venimos y cuál fue la imbricación de la religión en el periodo de dictadura. No sólo en el plano educativo sino absolutamente en todo lo que significaba la vida colectiva de los españoles y con ello lo que afectaba a la vida privada (matrimonio, hijos, la familia en su conjunto y cualquier expresión de las relaciones del individuo con su entorno), y en lo público (mejor no recordar el palio). El pacto constitucional que se empezó a fraguar hace cuarenta años y dio un resultado conocido por todos, hizo que la cuestión religiosa, junto con otras endémicas de nuestro sistema de convivencia, pasara a un segundo plano (forma de Estado, modelo territorial, educativo, etc.) o mejor dicho, a perder la virulencia que tuvieron durante el breve periodo republicano democrático. Sin duda, el recuerdo bélico y los cuarenta años de “paz” también dejaron su huella. Muchos de los líderes de la izquierda procedían de padres del régimen, católicos por tanto, y los que no, también algunos habían cursado sus estudios en colegios religiosos (pilaristas, jesuitas, maristas, claretianos etc.) donde habían coincidido en muchos casos con los líderes de la derecha. Eso facilitó el acuerdo, sin duda, pero no hay que perder la perspectiva y aquello fue un momento histórico de una sociedad determinada que venía de la oscuridad de los tiempos.

La sociedad actual nada tiene que ver con aquella y hay que decirlo claramente. En estas cuatro décadas los hijos de la derecha, la vieja, han estado educados en los mismos colegios que sus padres y en las mismas tradiciones políticas y culturales que ellos. Esto no es malo salvo que han convertido el principio constitucional de no injerencia confesional en muchos casos en papel mojado. Por no remitirnos más lejos, otorgar por el supernumerario opusino Fernández Díaz la declaración de utilidad pública de “Hazte Oír”, la asociación del bus sexual, es una prueba de como la política ha traspasado la línea de la aconfesionalidad y del sentimiento laico, mayoritario actualmente en una sociedad como la española.

Por ello, poner en estos momentos unas dosis de laicismo en la vida pĂşblica no viene mal y sobre todo salvarĂ­a una cuestiĂłn importante que es la libertad religiosa y el respeto no sĂłlo al ejercicio confesional sino al adecuado posicionamiento de cada culto en una sociedad avanzada. En caso contrario es fĂĄcil que se pierda el statu quo que se ha tenido hasta ahora.

Crear problemas gratuitamente es injustificado, pero tanto como esconder la cabeza bajo la almohada pensando que en el tema confesional, ya sea en su vertiente educativa, moral, ĂŠtica, sexual, econĂłmica, etc. la neutralidad ha sido respetada. Por ello volver a incorporar el valor de lo laico a los comportamientos institucionales no sĂłlo es sano, es muy recomendable para poder cicatrizar algunas heridas que por desequilibrio se estĂĄn produciendo con sentimiento de revancha por medio. Si se consigue que se irradie a los comportamientos privados tampoco vendrĂ­a mal.

Por otro lado, hay dos circunstancias que desconocerlas serĂ­a un ejercicio de penuria analĂ­tica. Una es el lento pero paulatino giro que se estĂĄ produciendo en la polĂ­tica vaticana desde la llegada del Papa Francisco a una mayor modernidad conceptual, y la segunda, el florecimiento del yihadismo radical en las sociedades occidentales, donde cualquier arma para combatirlo es buena. Ambos hechos obligan a que el justo entendimiento de lo laico florezca en el pensamiento y sobre todo en el quehacer polĂ­tico institucional de futuro.

Esa es la lĂ­nea entre una polĂ­tica de progreso y una de complacencia.