Las protestas vividas en Cataluña y en menor medida en otros lugares del territorio español con motivo de la entrada en prisión de un pretendido cantante, nos ha llevado de hoz y coz a varios debates simultáneos: la libertad de expresión, el papel de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado (Mossos) y, por supuesto, Cataluña.

El enmarañamiento calculado del cantante, que del contenido de su obra permítanme el derecho a abominar, pasó por reivindicarse como hombre del ¡arte y de la cultura! Y buscar el ardid de encerrarse en la sede del rectorado de la Universidad, lugar que provoca sarpullidos en caso de una eventual intervención policial, como fue el caso.

El árbol es el acontecimiento en sí, el bosque lo constituye una situación largamente enquistada. Algunos (demasiados) durante demasiado tiempo apostaron, no sé si de forma consciente o no, por encerrarnos en la naturaleza irresoluble de una aporía.

Están discutidos hasta la saciedad toda suerte de pronunciamientos pretendidamente históricos y hasta ontológicos. Pero la evidencia de que nunca hubo una arcadia feliz, que la mezcla forma parte de nosotros y de nuestra realidad, se impone a pesar de barricadas, pronunciamientos de algunos empresarios, raperos y otros portadores de la fe del carbonero (con perdón) como único argumento.

El cuestionamiento del “de dónde venimos” ha quedado por si acaso tambaleándose, cuando estudios científicos acreditan que el homo sapiens está “mancillado” por cromañones, si se me permite la ironía.

Por tanto, ni arcadias felices pasadas, ni islas de utopía futuras. Es justo, sin embargo, encontrar presentes y pasadas muestras de racionalidad que me gustaría comentar.

Antón Costas ha señalado la simultaneidad de los movimientos del independentismo y de los indignados y nadie, o casi nadie, ha insistido en profundizar en propuestas que permitan avanzar, que permitan superar el fatídico camino sin salida.

Alguna excepción la constituye Manuel Cruz cuando reclama “tal vez el momento en que lo verdaderamente revolucionario sea la sensatez y el sentido de estado, pero para ello es importante que la ciudanía vuelva a la política y se muestre exigente con sus representantes”. Desde otro ángulo, Mas-Collell sostiene que “todo dependerá de la evolución del diálogo y de los movimientos en favor de la distensión”.

Pero permítaseme ir más atrás en el tiempo: escribe Unamuno a Maragall en 1902 que acaba de pasar tres semanas en Barcelona y dice en artículo publicación en La Nación: “La especial megalomanía colectiva o social de que está enferma Barcelona, les lleva a un delirio de persecución también colectivo y social… y así manchan de odio a Cataluña, y se empeñan en ver en bueno parte de restantes españoles una ojeriza hacia ellos…”.

Y señala Unamuno, “lo que hay es que los españoles de las demás regiones han estado ponderando y exaltando la laboriosidad e industrialización de los catalanes”.

Y Joan Maragall, cuando dice “pues bien, el catalanismo para ser españolismo ha de ser heroico, y su primera heroicidad ha de ser la mayor, vencerse a sí mismo”.

Y es el 17 de agosto de 1911 cuando escribe a su amigo Miguel de Unamuno: “Y esta nuestra España, sí, la nuestra, la de todos los humanos españoles y aun de aquellos que lo son sin ser así llamados. Y aún aquellos que no lo son, sin ser son así llamados”.

Hay una realidad peninsular que es más fuerte que todos. ¿Hay tiempo para escuchar? ¿Hay tiempo para parar un río empeñando en desbordarse? ¿Hay voluntad y voluntarios para escapar de la aporía?