Los partidos de la Segunda Internacional fueron especialmente sensibles a las dimensiones éticas de la política. Y lo fueron por dos razones: una era intrínseca a los ideales del socialismo, como concepción basada en un proyecto de transformación social que aspiraba a reconstruir la convivencia sobre la base de ideales de equidad, solidaridad, justicia social, etc. Ideales que estaban en las antípodas de un mundo estructurado en criterios de egoísmo interesado y de legitimación de “la explotación de los hombres por los hombres”, como repetían los clásicos. Lo que condujo a unas horribles condiciones de desigualdad y de pobreza.

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