Con algo más de distancia -quizás no la suficiente todavía- se pueden extraer algunas reflexiones más depuradas sobre el carrusel electoral europeo de la semana pasada. En cierto modo, los comicios supranacionales de la UE han puesto colofón a una ronda de veredictos ciudadanos iniciado en 2017, aunque este otoño hay más citas con las urnas: en Austria y Grecia, de forma anticipada, y en varios länder alemanes.

Aunque la formulación parece arriesgada, se puede percibir una percepción común en el ciclo electoral de este intervalo temporal: el efecto de los espejos deformantes sobre la realidad socio-política. Este fenómeno se ve favorecido por el factor distorsionador que provoca la persistente crisis económico-social y la vulnerabilidad de las recetas políticas y culturales dominantes.

Las elecciones europeas sancionan ciertas tendencias observadas en la última década: crisis del consenso centrista, ruptura del modelo bipartidista de alternancia, emergencia de opciones periféricas en el sistema ideológico hegemónico de la posguerra fría, consolidación del fenómeno nacional-populista y mantenimiento de un alto grado de desafección política. Pero cada uno de estos rasgos está sometido a profundas tensiones y manifestaciones contradictorias. De ellos se tiene, en efecto, una percepción como causada por espejos deformantes.

1) La crisis de la alternancia entre el binomio popular-socialdemócrata se profundiza. Las dos familias políticas europeas pierden 39 y 32 escaños en la Eurocámara, lo que supone una merma del 18% de representación en cada caso. Sin embargo, ambas siguen siendo las fuerzas políticas más fuertes y reúnen más del 40% de los diputados, sin que se les oponga una mayoría alternativa viable y coherente. Populares y socialistas europeos tienen diputados de todos los países de la Unión en la Eurocámara excepto dos. Uno de ellos es compartido: Chequia, donde las familias mayoritarias en Europa han encontrado siempre problemas para afianzarse desde 1989. Los otros son insulares: Gran Bretaña, donde los tories se desgajaron de los populares hace años y crearon un grupo conservador más afín a sus recelos europeos; y, en el caso de los socialistas, la tradicional Irlanda, donde el izquierdismo se templa en el yunque nacionalista.

2) Mención especial merece la aparente decadencia socialdemócrata. Se aprecia una curiosa fractura territorial, que afecta más al centro y norte que al sur. El PSOE será el partido con más escaños del grupo, por delante de italianos, suecos, austríacos o daneses (a los que supera en 10-12 puntos), alemanes (en más de 17) y británicos o belgas valones (más de 19), por no hablar de los franceses, a quienes quintuplica el porcentaje y cuadriplica en escaños. Sólo han obtenido mejor resultado relativo los portugueses, pero menos de la mitad de diputados, por la diferencia de población, o los malteses, donde la competencia política se reduce a dos partidos. Inesperado liderazgo de Pedro Sánchez.

Los italianos parecen seguir un itinerario de renovación semejante. Su nuevo líder, Zingaretti, más a la izquierda que el troppo social-liberal Renzi, ha conseguido detener la hemorragia. El PDI obtiene sólo un diputado menos que el PSOE, aunque su proporción de votos sea inferior, debido a la mayor representación italiana en el PE. Si a eso se suman las  saludables posiciones de portugueses y malteses (que no griegos, demasiado contaminados aún por el desastre), el centro de gravedad socialista se desplaza hacia el sur. Pero como las evoluciones son lentas, el líder socialista en Estrasburgo y candidato a presidir la Comisión será el holandés políglota Timmermans. Otra distorsión más en este tiempo confuso.

3) La renovación del consenso centrista que aportaría el liberalismo bajo la batuta de un Macron, investido como salvador del proyecto europeísta en 2017, es otra pretensión inflada o discutible. De la República en marcha se ha pasado al Renacimiento como consigna. A Macron, haciendo bueno el tópico galo, le encanta la grandilocuencia. Pero los liberales deben remar mucho aún para asumir el liderazgo. Con sus centenar y poco más de diputados apenas si cuentan con el 14% de los escaños, cifras propias de un secundario no de un protagonista. En siete países no han obtenido representación (y dos de ellos están entre los seis grandes: Italia y Polonia); en siete han obtenido menos de tres diputados. Un 15% de los liberales proceden de Gran Bretaña, es decir, que están hoy pero no pueden seguramente no estar mañana. Los liberales sólo gobiernan en seis países de la Unión, bien es verdad que cuatro de ellos son el núcleo fundacional (Francia y los países del antiguo Benelux). Macron, con sus 21 diputados, domina el grupo, sin discusión, pero es el liderazgo de un segundón. La pretensión de designar a Margrethe Vestager, la actual Comisaria de la Competencia como presidenta de la Comisión levanta ampollas entre los populares, con Merkel a la cabeza, que ya le había prometido el puesto a su colega bávaro Weber. Macron ensayará el baile con los socialistas, algo que moverá el mapa europeo y, ¡ojo!, podría tener repercusiones en España.

4) La otra alternativa, los ecologistas, presentan también un vuelo todavía corto. Experimentan una gran subida, sin duda (360%) pero no franquean la barrera de los 70 diputados, la mitad que sus rivales socialdemócratas en la latitud del centroizquierda. Doce países de la Unión no aportan diputados verdes. La dupla germano-francesa y sus buenos resultados en el centro y norte del continente (50% largo de sus diputados) son el principal motor de su crecimiento. Los países mediterráneos no suman un solo representante verdaderamente ecologista, excepto Francia que es un país más atlántico o central que meridional. Los verdes son irrelevantes en Italia, Portugal y Grecia, están difuminados en España y apenas si cuentan en el Este y sureste del continente. El auge reside en la creciente preocupación por el cambio climático. Pero este éxito en las europeas no es nuevo y no se produjo con similar vigor en las recientes elecciones nacionales alemanas o francesas.

5) El peligro nacional-populista, exhibido como un reclamo para llamar a arrebato a unas bases electorales descontentas, es otro factor plagado de trampas y verdades a medias. Y de alguna que otra invención. Estos partidos considerados antieuropeos (lo son sólo en parte) chillan mucho pero muerden menos.

La debilidad primaria deriva de su división. Los nacional-populista están separados en tres grupos parlamentarios. Salvini y Le Pen se erigen en pareja política de hecho en el más poderoso desde el domingo, la Europa de las naciones y las libertades, sólo acompañados por los flamencos belgas y unos oscuros checos. Es posible que la dupla de moda pueda conseguir la fusión con el grupo Europa de la Democracia directa y la libertad, que se ha reducido a los euroescépticos de AfD, el Partido del Brexit, de Nigel Farage (con un pie y medio fuera) y el Movimiento 5 estrellas, al que su socio/rival en Italia ha duplicado en votos y escaños.

Más difícil será para Salvini y Le Pen atraer a los llamados Europeos Conservadores y Reformistas, hasta ahora bajo el liderazgo de los tories británicos (que han cosechado el peor resultado de su historia) y los ultra nacionalistas polacos. De consumarse el Brexit, está por ver si los antiinmigración nórdicos (fineses, suecos y daneses) se acomodarían bajo el liderazgo de la dupla mediterránea. Lo que se antoja mucho más difícil es que las conexiones rusas de Salvini o Le Pen permitan la atracción de los nacionalistas de frontera ((polacos, suecos, búlgaros, checos, eslovacos y bálticos). Que no se olvide, por cierto, el triunfo de los flamencos separatistas en las elecciones federales belgas, celebradas el mismo día que las europeas.

Otro problema de difícil trato es el trombo húngaro, enquistado en las arterias de los populares. El PPE, después de una campaña de demonización tardía y muy electoralista, se verá sometido a presión para que deje de jugar al caliente y al frío con este asunto. Aviso para navegantes en España con esos pactos con el diablo que el bisoño líder popular se apresta a fraguar para enmascarar un doble cuádruple fracaso electoral en apenas un mes.

En definitiva, el riesgo del nacional-populismo se deriva de su sintonía emocional e instintiva con las capas sociales más perjudicadas por la globalización y el austericismo que por su capacidad para articular una alternativa política sólida en toda Europa. Aún reuniendo a populistas, nacionalistas severos y libertarios de derecha, e incluso a los residuales ultras más foribundos (Amanecer dorado griego, Kotleba checo, Jobbik húngaro, el Partei alemán y una formación polaca muy menor), esta fuerza emergente igualaría al PPE (en torno a los 175-180 escaños) pero no sumaría para ejercer un bloqueo de las instituciones comunitarias.

6) La alternativa real de izquierdas es, de momento, una quimera. La revuelta contra la austeridad y la saludable emergencia de nuevos movimientos sociales revitalizadores motivó la eclosión de fuerzas alternativas a la hegemonía socialdemócrata. Los dos exponentes más claros, Syriza y Podemos, se han estancado o han retrocedido. Algo parecido cabe decir de los insumisos franceses, que podrían seguir el rumbo de antiguos comunistas y socialistas rebeldes alemanes agrupados en Die Linke. De momento, la Izquierda Unitaria ha descendido al último puesto de los grupos políticos en el Parlamento europeo, sólo por delante de los No Inscritos. Esa izquierda contestataria puede ser una fuerza bisagra en ciertos ámbitos locales y mantener su predicamento en algunos movimientos sociales, pero está muy lejos de ese sorpasso mítico, que es ya otro reflejo deformado de la izquierda desconcertada.