A lo largo de la vida de una persona se va formando una galería de personajes ilustres a partir, para el común de los mortales, de cosas que ha leído, oído o visto en algún sitio. En mi caso, esa lista empezó por personajes como el Guerrero del Antifaz o Tintín y siguió por Sandokán, el Quijote, Franco o un señor vestido de blanco al que llamaban Papa y que, en principio me desconcertó porque le denominaban como a mi papá, pero no tenía lo que luego aprendí era un acento agudo en la última sílaba.

Por hacer eso que se llama el cuento corto, diré que, a partir de un cierto momento, aprendí a distinguir entre personajes que existían, o habían existido, y personajes que no habían existido. Los primeros eran personajes reales, o históricos, y los segundos, personajes de ficción. Para los que conocíamos a unos y a otros no por una relación directa sino porque alguien nos lo había contado, teníamos que diferenciar a unos y a otros por la fuente del conocimiento. Y así, distinguimos la historia de la ficción y diferenciamos los medios de comunicación (que entonces todavía no se llamaban así) de la novela, el cuento, el cine o el teatro. Dependiendo de donde viniera la información sabíamos que Phillip Marlowe era un personaje de ficción y Lady Di un personaje real.

Todo iba bien debido, fundamentalmente, al prestigio que tenían entre nosotros lo que ya empezaban a conocerse como medios de comunicación a los que, en un momento dado, se incorporó la televisión. Esto ayudó mucho a ese prestigio ya que, en ella, éramos capaces, nada menos que, de ver a los personajes de los que habíamos leído en los periódicos y oído en la radio. Ya no podía caber duda: esos personajes eran de carne y hueso, aunque nosotros solo los viéramos de pixeles (este es otro término que también conoceríamos más tarde).

Alguna duda nos podía caber cuando, en la misma pantalla, éramos capaces de ver a otros personajes que, como James Bond, sabíamos de su carácter literario. Pero esas dudas se disipaban al ver que, el mismo personaje era interpretado por distintos actores en distintas películas. Las aguas volvían a su cauce.

Para mí, el momento crítico llegó cuando empecé a tener noticias de algún hecho del que yo tenía un conocimiento previo y directo por la circunstancia de que, como se suele decir, pasaba por allí. En algunos casos, esas noticias no tenían nada que ver con los hechos de los que yo había sido testigo o, incluso, protagonista. En términos de este relato, no era un hecho real, sino de ficción lo que contaban, aunque, por decirlo de un modo más claro, mentían. En ese momento empezó a tambalearse mi andamiaje cognitivo. ¿Como podía fiarme, a partir de entonces, de las noticias de prensa?

Todavía me quedaba una reserva antes de la pérdida de la fe. Podría ocurrir que, al coexistir en los medios la información y la opinión pudiera yo estar confundiendo una u otra en esos casos que conocía.

Yo había oído que en el manual de las escuelas de periodismo se decía que la información y la opinión debían estar separadas en los medios, aunque, como nunca he ido a ninguna, a lo mejor no es verdad. Lo que empecé a ver primero en algunos medios, luego se extendió como la pólvora: opinar en los propios titulares de las noticias. Esto era algo comprensible si se trataba de «enganchar» al lector cuanto antes, pero indeseable desde el punto de vista del criterio antes expuesto. Y, claro, si se empieza por el titular ¿cómo separar en un mismo texto la descripción de un hecho con el comentario al mismo?, Sustantivo y calificativo pueden llegar a estar tan unidos que no hace falta un guion entre ambos.

El caso es que, desde entonces, he tenido que adaptarme a esa situación de incertidumbre. En mi consumo diario de noticias sigo pautas estrictamente literarias: solo me adentro en lo que escriben aquellos colaboradores de medios que satisfacen mis gustos lingüísticos. El conocimiento, superficial, de lo que pasa en el mundo, lo obtengo por muestreo mediante la lectura, siempre en diagonal, de la misma noticia en distintos medios. Y para mi aceptación de eso que me dicen, repito para mí el verso de León Felipe porque me creo conocedor de todos los cuentos. Aunque tenga que reconocer, con ello, una cierta soberbia que, en todo caso, no la tengo como mi principal defecto. Los tengo peores.

Pero, me asalta, de vez en cuando, una duda ¿Existirá Trump? Día sí, día no, espero que alguien me diga lo mismo que cuando conocí la verdad sobre los Reyes Magos. Espero, ilusionado, mi vuelta a la infancia.