Después de las elecciones andaluzas, y de las encuestas que vamos conociendo, está meridianamente claro que estamos asistiendo a una polarización conscientemente buscada de la vida política, en la que los problemas de los españoles quedan una vez más postergados en el debate público, mientras que los extremismos engordan en votos. La radicalidad de los independentistas catalanes ha resucitado a los franquistas, y ha escorado el voto ciudadano hacia la derecha, mientras que el discurso cansino y falaz de las derechas, exigiendo cada cinco minutos la aplicación “ya y para siempre” del 155 en Cataluña, sigue fabricando nuevos independentistas. Ninguno parece querer solucionar problema alguno, seguramente porque esta polarización les proporciona el mejor caldo de cultivo para su engorde y para retraer a los votantes de la izquierda, que no se sienten interpelados por esta bronca continua.

Los independentistas sólo quieren oír hablar de su referéndum. Los problemas reales de los catalanes, tales como la precariedad laboral o las pensiones, los tildan de “migajas” en comparación con el hermoso sueño de la independencia. Les da igual que exista una Constitución que les obliga y que ellos mismos votaron en 1978. Les da igual que más de la mitad de sus conciudadanos no compartan sus postulados. Les da igual que la vía unilateral emprendida en 2017 les haya conducido a un fracaso y a tener en prisión, o huidos, a los dirigentes que propiciaron aquella insumisión. Les ha dado igual que más de 3000 empresas hayan salido de Cataluña, y en definitiva, que esta comunidad esté hoy más dividida, más empobrecida y más frustrada que hace un año.

Las dos derechas —la azul y la naranja— han encontrado en la agitación del tema catalán, el ungüento amarillo que les sirve a la vez para desgastar al Gobierno y para crecer en votos. De la Constitución, sólo parecen conocer los artículos 1 y 155, y este último de forma incompleta, ya que para ser aplicado requeriría el previo incumplimiento de la Ley por parte de la comunidad afectada. Han pretendido incluso crear un bloque “constitucionalista” del que excluyen al PSOE, que fue uno de los protagonistas de la Constitución. Sería más apropiado llamar “ciento-cincuenta-y-cinquista” a dicho bloque. Desconocen el artículo 137, y en general todo el Título VIII, que establecen que el Estado español se organiza en comunidades autónomas y que éstas no pueden ser suspendidas indefinidamente. Aplicar el 155 como ellos proponen sería inconstitucional y un auténtico golpe de estado que pervertiría la organización que nos dimos en 1978. Pero sobre todo, sería el mejor regalo que podrían recibir los independentistas, que están deseando que España les agravie y les ofenda. Con esa “solución final”, aderezada tal vez con intervenciones contundentes de las fuerzas del orden, se conseguiría que aquellos captaran a buena parte de la mitad que hoy no es independentista.

Con la polarización extrema ganan ellos y perdemos todos los demás, incluida la propia democracia. Porque no es posible resolver mucho en un clima así. La democracia requiere diálogo, tiempo y respeto mutuo para resolver los problemas complejos, tres cualidades ausentes en este momento del debate político. ¿Cómo es posible demonizar que el Gobierno se siente a hablar con los independentistas? ¿No hay pues que hablar con los que piensan diferente? ¿La solución sería entonces prohibirlos? No es pues de extrañar que en este clima crezcan grupos como Vox: el populismo de extrema derecha florece ahí porque ofrece “soluciones” inmediatas y radicales a los problemas y sus discursos contundentes se dirigen a las emociones y no a la razón. Cambian el respeto por el insulto, a la vez que señalan un culpable, que suele coincidir con el Gobierno. Estos ingredientes impactan fácilmente en ciudadanos que han acumulado un gran malestar en estos años, que temen por su futuro, y que desconfían de los partidos tradicionales. La polarización se convierte, además, en una profecía autocumplida, ya que el clima de enfrentamiento, y la dificultad de encontrar soluciones mediante el diálogo, confirman a ese mismo votante que los partidos que gobiernan no se ocupan de sus problemas.

La izquierda tiene que romper este círculo vicioso en el que florecen y se retroalimentan los extremismos. Hemos de poner en valor la moderación y el respeto al adversario, sin los cuales no puede haber dialogo ni soluciones consensuadas a los problemas. Especialmente, a problemas como el de Cataluña, o el de la inmigración, que son transversales al eje izquierda-derecha, que son complejos, y que no admiten soluciones inmediatas, ni mágicas. Además, la izquierda tiene que buscar espacio para debatir otros problemas, menos emocionales, pero más relacionados con el bienestar de los ciudadanos, tales como el sistema de pensiones, el paro juvenil y el de larga duración, la precariedad laboral, o las dificultades para acceder a una vivienda en compra o en alquiler. Poner en la agenda los problemas sociales restablecería la normalidad del debate entre la izquierda y la derecha, y nos sacaría de esta realidad virtual y distorsionada creada por el extremismo. En la polarización, la izquierda siempre pierde.

A pesar de este clima de crispación, y a pesar de sus solo 84 diputados, el Gobierno del PSOE ha conseguido aprobar en seis meses la tramitación de 20 leyes, y convalidado 17 decretos-ley. Ello ha exigido un importante esfuerzo de diálogo, tanto con las fuerzas que apoyaron su moción de censura, como con las que no lo hicieron. Gracias a este esfuerzo, se han consensuado medidas y fondos para combatir la violencia de género, y en 2019 se subirán las pensiones un 1,6%, las pensiones mínimas un 3%, el salario de los funcionarios un 2,5%, y el salario mínimo un 22%. Se han aprobado medidas para revertir los recortes de 2012 en educación, dejando las ratios de alumnos y las horas lectivas por profesor en las cifras previas a estos recortes. Se ha restablecido el derecho universal a la sanidad, se han mejorado las condiciones de los contratos de alquiler, y se han clarificado las condiciones de las hipotecas, prohibiendo las cláusulas suelo y estableciendo que el único gasto de las mismas a cargo del consumidor sea la tasación de la vivienda. También se ha comenzado la tramitación de una ley de igualdad en el empleo que acerca los permisos por paternidad de los hombres a los de las mujeres. Otras leyes y decretos aprobados se refieren, entre otras cuestiones, a regular la muerte digna, a eliminar la penalización al autoconsumo eléctrico, o a combatir la piratería de contenidos protegidos por derechos de autor.

El desencantado votante que otras veces ha confiado en la izquierda haría bien en comparar estos logros, tal vez modestos pero reales, de un partido como el PSOE que apuesta por la moderación y el diálogo, con el programa de partidos como Vox, que aparentemente tiene soluciones mágicas para todo. Puede encontrar un resumen del mismo en otra entrada de esta misma revista. Si no se le ponen los pelos de punta al comprobar el tremendo retroceso en derechos que supondría ejecutar unas propuestas como esas, entonces tal vez merecería ser gobernado por un partido así.