El Foro de Davos de enero de 2020, acababa con llamadas a pensar en un nuevo capitalismo, en una etapa donde, en traducción libre, “el creciente malestar de la población en muchos países del planeta podría llegar a cuestionar los logros de los últimos decenios, en los que la globalización ha colaborado a la mejora del bienestar en muchos países en desarrollo, sacando a 1.200 millones de habitantes de la pobreza extrema (500 en China) y generando una nueva clase media relativa, de baja renta per cápita, pero significativa para estos países en cuanto a capacidad de consumo y niveles de formación, con el logro de haberles incrementado sus oportunidades de desarrollo personal y de bienestar”.

Pero ello no ha sido gratis en términos de deterioro de los equilibrios ambientales del planeta ni en términos de justicia social. Tampoco en cuanto a reducción de contradicciones ni desequilibrios globales que están abriendo camino a un mundo cada vez más frágil e inestable. El centro de gravedad del mundo sigue tendiendo a desplazarse hacia Asia, con China e India como nuevos centros mundiales demográficos -y crecientemente también económicos- no exentos de tensiones. La globalización está siendo cuestionada por el auge de un nacionalismo que está teniendo efectos muy sensibles en el comercio mundial, llevándole a tasas decrecientes en el pasado 2019. El crecimiento del PIB mundial sigue una tendencia decreciente desde la crisis de 2008, situándose en tasas del orden del 3% para 2019, pero continuando muy lejos de la imprescindible dinámica de desmaterialización y descarbonización que la sostenibilidad del desarrollo exigiría. Existen claras dificultades para nuevas políticas monetarias expansivas que potencien el empleo, por los reducidos tipos de interés impuestos por los bancos centrales. Las políticas fiscales y de demanda están limitadas por los elevados niveles de endeudamiento y de déficit público. Existe una creciente concentración de las rentas. Las grandes corporaciones tecnológicas siguen acumulando beneficios, tamaño y poder[1]. La revolución tecnológica, unida a los niveles de globalización aún existentes, está potenciando la deslocalización de muchas actividades, no ya sólo agrícolas o industriales sino, de forma creciente del sector servicios. … Aspectos que configuran un mundo interdependiente, inestable y frágil en su capacidad de respuesta a los crecientes problemas de una humanidad cercana a los 8.000 millones de personas, localizadas cada vez en mayor proporción en India, China y África.

Y todo ello en un marco en el que los riesgos del cambio climático y los efectos de los fenómenos climáticos extremos son crecientes. La pérdida de biodiversidad en todo el planeta es un hecho sobre el que los datos científicos disponibles no dejan lugar a dudas (la tasa actual de extinción es de diez a cientos de veces mayor que el promedio de los últimos 10 millones de años, y se está acelerando también como consecuencia del Calentamiento Global), tal y como, igualmente, el Capítulo 4 del Global Risk 2020[2] señalaba, situando los peligros de la Pérdida Acelerada de Biodiversidad como el segundo riesgo más impactante y el tercero más probable para la próxima década, ya que la pérdida de biodiversidad tiene implicaciones críticas para la humanidad, que van desde el colapso de los sistemas de alimentos y salud, hasta la interrupción de cadenas de suministro completas (piénsese en la grave afección a las abejas y su importancia capital para la polinización).

Pero la incidencia de la pérdida de biodiversidad sobre la salud no es el único factor de inestabilidad presente en este inicio del año 2020. También el Foro de Davos, y el señalado informe Global Risk 2020, han dedicado espacio y tiempo a la consideración de pandemias, enfermedades infecciosas o enfermedades crónicas, aspectos que tuvieron ya especial relevancia en los años 2007 a 2010, o en 2015, para pasar después a niveles de mucha menor relevancia en términos de probabilidad de ocurrencia o de impacto.

No obstante, las Enfermedades infecciosas en el Global Risk 2020, aunque con probabilidad de ocurrencia menor a la media, sí aparecen con un impacto sensiblemente superior a ésta. Y, de hecho, el último capítulo del citado Global Risk 2020 se centra en los sistemas de salud y las nuevas presiones que aparecen sobre los mismos[3]. En él, específicamente se señala que, aunque se han hecho progresos considerables desde la epidemia de ébola en África occidental en 2014–2016, los sistemas de salud en todo el mundo no están preparados para brotes significativos de otras enfermedades infecciosas emergentes (SARS, Zika, MERS, etc.), presentando debilidades que dan lugar a que concluyan que ningún país está completamente preparado para gestionar una epidemia o pandemia de riesgo global. ¿Serán China y los países de su entorno capaces de hacerlo?

No son sólo los riesgos sobre la salud o el bienestar de las personas, o sobre los crecientes gastos del sistema de salud para los países. Son también los riesgos sobre la economía y el comercio, como muy bien se está constatando con el caso del “coronavirus” surgido en China. Al margen de su utilización por especuladores para generar bajadas en bolsas o mercados de futuro para potenciar futuros beneficios, lo cierto es que la pandemia va a tener una fuerte incidencia económica sobre China, y de forma derivada sobre todos los países que interrelacionan/comercian con ella, sobre el turismo y sobre el transporte internacional, con efectos indirectos positivos sobre los equilibrios ambientales del planeta, pero no por la vía ni como consecuencia de las políticas necesarias.

Es evidente que un planeta socioeconómicamente globalizado e interconectado por miles de vuelos diarios y por billones de toneladas trasportadas en barco, camión o avión, las pandemias disponen de un marco idóneo para su expansión. Aparecen de forma inesperada, como ahora el coronavirus, y pueden convertirse en verdaderas tragedias mundiales, aunque los países desarrollados poseen armas eficientes para minimizar su incidencia en los mismos. Pero no influyen sólo en términos de riesgos para la salud, sino también como vehículos políticos –miedo e incertidumbre en la población- de batallas geoestratégicas o de desestructuración de equilibrios económicos globales.

Y, ¿qué pintan los humedales en este proceso?

El día 2 de febrero ha sido el Día de los Humedales (para conmemorar la firma del Convenio de Ramsar (Irán) el 2 de febrero de 1971), que pretende visibilizar y crear conciencia acerca del valor de los humedales para una biodiversidad (del orden del 40 % de las especies vegetales y animales del planeta viven o se reproducen en zonas húmedas) en franco proceso de regresión (la denominada sexta extinción, esta vez de origen antrópico), y, consecuentemente, con riesgos para la salud ciudadana y para la sostenibilidad ambiental del planeta.

La lista de humedales de importancia internacional incluye 2.372 humedales en 170 países con una superficie de unas 254 millones de hectáreas (unas tres veces la superficie de España), de los que 75 (304.564 hectáreas) se encuentran en España, con los códigos y localizaciones que se aprecian en el mapa siguiente. De él hay que destacar que más de la tercera parte (27) se encuentran en el litoral y que se han visto gravemente afectados por los fenómenos climáticos extremos que se han registrado en España en el último año (caso del Mar Menor o del Delta del Ebro, aunque no sólo).

Pero esta afección por fenómenos climáticos extremos, que el calentamiento global y el cambio climático asociado tienden a agravar, no son el único riesgo sobre este reservorio fundamental de biodiversidad, históricamente considerados insalubres, y combatidos con políticas de desecación y tratamiento con insecticidas -como en su caso fue el DDT- ante los riesgos de pandemias asociadas a la reproducción de mosquitos y de otras especies trasmisoras de enfermedades en los mismos. Riesgos que perviven en el subconsciente de muchos residentes en su área de influencia, y que el calentamiento global está tornando en riesgos cada vez más ciertos para España.

Es obvio que la afección a los humedales por desecaciones se ha visto también acompañada de ocupaciones agrícolas, residenciales, turísticas, o infraestructurales, o de las graves consecuencias de la sobreexplotación de acuíferos por el regadío, los vertidos contaminantes, o la cercanía de vertederos urbanos o industriales, soslayando –o incumpliendo- las regulaciones normativas que les protegen. Se han convertido en un marco con trasformación económica, ambiental y territorial específica, en el que la problemática es necesariamente compleja y afecta de forma desigual a los distintos agentes sociales que interactúan con los mismos.

En este sentido, es importante referirse a la importancia de políticas sostenidas y concertadas en la integración/adaptación a riesgos y en el establecimiento de resiliencias socioeconómicas en áreas de difícil futuro, como son muchos de los humedales citados, ante el hecho de que, sin cuestionar la sociedad de consumo capitalista ni la guía del beneficio individual como norma básica social, es muy difícil corregir el calentamiento global y sus efectos, ni mitigar las causas del malestar creciente de los afectados, que, como reacción, puede convertirse en un riesgo político que cuestione la democracia con el auge de partidos de extrema derecha.

Políticas sostenidas y concertadas es una de las líneas de acción de las que, por desgracia, carecemos en España. Y, como muestra, sólo un botón. En febrero de 2008 presidía una reunión en el Mar Menor de Murcia al que asistían 56 personas en representación de 45 agentes sociales, políticos y económicos del área de influencia de la región. El objeto era discutir el “INFORME RELATIVO A LAS PROPUESTAS RECIBIDAS A TENOR DE LA PRIMERA REUNIÓN DE LA COMISIÓN DEL MAR MENOR” enviada a los 56 intervinientes anteriores, consecuencia del documento inicial «Diagnóstico previo de afecciones al Dominio Público y el Patrimonio Natural», dentro del proceso de «Concertación de un Programa de Acción en el Área del Mar Menor», en el marco de la Comisión del Mar Menor convocada por la Secretaría General para el Territorio y la Biodiversidad (del Ministerio de Medio Ambiente), de la que era titular, el 19 de noviembre de 2007. Con base a ese diagnóstico se había solicitado a los participantes la remisión de todas aquellas aportaciones que considerasen oportunas al citado documento.

El nivel de respuesta y el contenido de las mismas fue ejemplar, teniendo en cuenta tanto el número de documentos recibidos de diferentes agentes e instituciones, como el nivel técnico de las aportaciones recibidas, mostrando que, pese a la complejidad del conjunto de problemas que presenta el Mar Menor, existía una importante reacción social en relación a las iniciativas de conservación de este espacio tan singular y la necesidad de su adaptación al mantenimiento de un desarrollo socioeconómico ambientalmente sostenible en el mismo. Como conclusión, se disponía de un conjunto de propuestas de acción, agrupadas por tipología en función de su naturaleza, a integrar en el “Programa de Acción en el Área del Mar Menor», cuya definición, gestión y seguimiento se encomendaba a la Comisión del Mar Menor, si bien las acciones correspondientes corresponderían a la Administración General del estado, a la Comunidad de Murcia, a los Ayuntamientos, a regantes, industriales, etc., según la naturaleza de las mismas.

Tras el cambio de Gobierno de 2018, con la integración del Ministerio de Medio Ambiente en el de Agricultura (MAGRAMA) todo se paró. En 2019 y este enero de 2020 hemos constatado las consecuencias de la falta de continuidad de procesos que han hecho perder 12 años en la puesta en marcha de soluciones consensuadas a los problemas del humedal. Y no olvidemos que el Informe “Climate risk and response. Physical hazards and socioeconomic impacts”, presentado en el Foro de Davos, por el McKinsey Global Institute[4], señala que los riesgos climáticos pueden aumentar en su impacto socioeconómico entre 2 y 20 veces los actuales, para 2050, en función del territorio y región que se considere; principalmente afectando a alimentación, pérdidas de horas trabajadas y a daños de distinto tipo sobre la población y sobre el patrimonio; terminando con un llamamiento también a empresas, bancos y aseguradoras a incorporar el riesgo climático en sus tomas de decisiones.

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[1] Apple, Amazon, Microsoft y Google han superado el billón de dólares de capitalización bursátil en 2019. Junto a Facebook, en el último cuatrimestre de 2019 incrementaron conjuntamente ventas y beneficios en un 15%. Sus ventas anuales y su capitalización superan el PIB de muchos de los países integrados en Naciones Unidas. Y con ello, su poder de influencia mundial sobre una sociedad de consumo que está en la base de su existencia, de sus anuncios, de sus ventas y de sus beneficios, pero también de su capacidad de control de esa misma sociedad a través de la información sobre la población que crecientemente acumulan.

[2] https://www.weforum.org/reports/the-global-risks-report-2020

[3] “False Positive. Health Systems under New Pressures”. Págs. 71

[4] https://www.mckinsey.com/business-functions/sustainability/our-insights/climate-risk-and-response-physical-hazards-and-socioeconomic-impacts.