Si hay un sector profesional que ha sufrido la crisis más que ningún otro es, en mi opinión, el periodismo. Porque a él se le han juntado varias tormentas a la vez.

La primera, la crisis económica del 2008, que como sabemos, devaluó la remuneración salarial y las condiciones laborales de los periodistas. Por una parte, el periodista con años de experiencia, los de 50 en adelante, como en casi todos los sectores, se vieron en la calle, sin posibilidad de volver a su profesión y reinventándose de nuevo. Por otra parte, los jóvenes graduados, como todos los jóvenes, han sufrido la precarización laboral, la inestabilidad y la bajada de salarios. Muchos de ellos ya no saben lo que es un contrato en un periódico, sino que van de autónomos, freelance, y mil piruetas diversas, ejerciendo su profesión como pueden.

En segundo lugar, y quizás antes que la propia crisis económica, fue la revolución tecnológica. Ya no sirve el periódico tradicional en papel, con grandes rotativas, distribución en quioscos, porque las redes sociales saturan de noticias e información, de opinión y divulgación, y de un montón de palabras, a veces inservibles o difíciles de clasificar, pero que son gratuitas.

A ello se le añaden factores como la falta de hábito en la lectura de la ciudadanía, la falta de motivación para pagar por la cultura (incluido el periodismo), y la inmediatez a la que hay que servir las noticias para ser el primero, porque más vale rapidez que rigor, en una competencia donde los periódicos escritos que compras por la mañana ya no sirven a mediodía y mucho menos por la noche, puesto que las últimas informaciones están en la propia web del mismo medio.

Un joven periodista ahora es más útil si sabe informática, web, twitter, instagram y un sinfín de redes sociales en las que moverse, antes que la precisión del rigor informativo. Diciendo esto me viene a la cabeza “Primera Plana”, la fantástica película de Billy Wilder.

Muchos profesionales se quejan de que existe un “periodismo low cost”, mal pagado, en malas condiciones, mal servido al ciudadano, que funciona con teletipos, y con poca investigación.

Pero a todo ello hay que sumar lo que ahora mismo me parece una grave amenaza para los cimientos de la democracia. Es el desparpajo con que algunos políticos ningunean a la prensa, impiden realizar ruedas de prensa o contestar preguntas, evitan entrevistas si no les gustan, o solo atienden a medios afines. El principal protagonista de esta nueva relación de desprecio a los periodistas la encarna Donald Trump, quien, de forma desafiante, los insulta, les amenaza, los ningunea, y evita que hagan su trabajo, ya que él tiene un medio mejor, más rápido, más cómodo, más breve, y que llega a más gente, que son los mensajes en redes sociales. Trump, “el presidente de la primera potencia”, se comunica con sus conciudadanos en cortos y breves mensajes por twitter, inutilizando a la prensa.

Su cuenta de Twitter tiene más de 320 millones de seguidores (y dicen que algunos más fuera de sus fronteras). Así que él puede dar la primicia, decirla como quiere, con emotividad y sin razón argumental (porque ni sabe ni le caben tantas palabras), y la gente los recibe de forma fácil, digerible y sin necesidad de analizar.

Si a ello sumamos que los “fake news” parecen haberse convertido en un instrumento “legítimo” en la comunicación política y social, los cimientos democráticos tambalean.

Como tambalearon el 11 de marzo del 2004, ante las mentiras del gobierno Aznar para manipular a la prensa y, por tanto, a la opinión pública, respecto del atentado más grave de la historia de España. El PP de Aznar fue el primero en utilizar las “fake news” como arma electoral y política.

Y no parecen arrepentirse de ello ni enmendarse. Su delfín, Pablo Casado, no dice ni una sola verdad completa. Tampoco son medias mentiras. Sino que, sin ningún empacho, MIENTE. Le da igual decir que la ley de violencia de género es del PP, como que Antonio Machado es patrimonio de la derecha española, o lo más vergonzoso, que hay que investigar “la verdad sobre el atentado del 11-M”.

Hoy más que nunca, la política democrática y el periodismo deben unir fuerzas ante los antisistemas que utilizan la política como barrizal y al periodismo como inservible.