No corren buenos tiempos para el PSOE que está viviendo situaciones muy complicadas.

El tema de la amnistía, que parece olvidado, ahora volverá a surgir porque Junts seguirá extorsionando con su ínfima representación parlamentaria. Es un asunto con muchas aristas porque hay argumentos a favor y en contra, porque está lleno de matices, pero lo que es peor, ha dividido al PSOE. En mi opinión, hubo un momento donde el PSOE tenía que haber dicho “basta”: cuando Junts no votó a favor de la ley de amnistía, mientras que todo el arco parlamentario favorable a la ley se comportó con exquisita lealtad, defendiendo un texto desde la legalidad y los principios políticos. Ese era el momento de haberle dicho a Junts “hasta aquí”, asumiendo todas las consecuencias, porque Puigdemont no tendría nada fácil dar explicaciones de su rechazo a la ley. El comportamiento de Puigdemont resulta incomprensible y desleal con los propios catalanes; se manifiesta demasiado interés personal, venganza, soberbia, y atar todos los cabos para intentar volver por la puerta grande; ni un ápice de humildad ni búsqueda de reconciliación. Me recuerda mucho al cuento de la rana y el escorpión: la pobre rana decide ayudar al escorpión a cruzar el río y, a mitad, el escorpión le pica aun sabiendo que ambos morirán ahogados, pero, como bien dice el escorpión: “es mi naturaleza”.

En segundo lugar, las elecciones gallegas. Por un momento pensé que había perdido olfato sociológico cuando tenía la certeza de que el PP ganaba por mayoría absoluta. Ojalá hubiera fallado mi olfato. Pero más allá de lo ocurrido en Galicia, creo que completamente esperado, hay una reflexión más profunda: el debate sobre la situación territorial del PSOE. Un partido de gobierno como el PSOE, con tantos años de historia, necesitan una sólida estructura territorial que apuntale tanto a la organización como al gobierno central, al tiempo que da confianza a la militancia, y ofrece un rostro visible a los votantes.

En estos momentos, la estructura territorial del PSOE está muy debilitada después de las elecciones autonómicas y municipales de mayo del 2023. Es cierto que, una vez más, la audacia de Pedro Sánchez con una pirueta política impresionante salvó la situación en aquel momento respecto al gobierno de la nación.

Sin embargo, estamos viviendo una época poco proclive a la socialdemocracia y favorable al conservadurismo, especialmente, a los extremismos de ultraderecha (con todo el peligro que esto supone y que tanto me preocupa).

No solamente debe reflexionar el PSOE sobre su cuestión territorial, sino que sus socios de la izquierda, desde Sumar a Podemos o a las mareas e infinidad de partidos territoriales, deben analizar en qué punto se encuentran, porque el deterioro es evidente.

Sin embargo, el tercer elemento que ha estallado como una bomba en el corazón del PSOE y del gobierno es el caso Koldo. Todo un personaje que parece sacado de una novela negra con todos los ingredientes repugnantes ante este caso: especialmente, hacer negocios ilegales en medio de la pandemia.

El daño hecho es irreparable. De momento, está en entredicho la figura del ex ministro, ex secretario de organización y ex mano derecha de Sánchez, José Luis Ábalos, quien, en una comparecencia magnífica (como es habitual en él) decide irse al grupo mixto para defender su inocencia.

Será cierto o no, resulte creíble o no, pero ser militante de un partido supone lealtad, y mucho más cuando se es un cargo público. Siempre entendí la lealtad como decir internamente lo que pensaba que era mejor para la organización; no aceptar incoherencias por mantener el cargo; pero también dar un paso atrás cuando la dirección no quiere tu trabajo (sea justo o no).

Porque un escaño, aunque se asocie con el diputado/a, hay que reconocer que pertenece al partido, al que “tantos años y trabajo se le ha dado” (como dice Ábalos), pero también tanto ha recibido en todos los distintos cargos públicos.

En mi opinión, ha hecho bien la dirección del PSOE en cortar por lo sano y de forma rápida el asunto. Aunque el daño moral para el partido y frente a la ciudadanía ya está hecho. Estos hechos golpean gravemente a la militancia socialista, siempre muy entregada y dispuesta a ayudar a cambio de nada, que, cuando ven estos sucesos vergonzosos y miserables, lo sienten profundamente.

Dimitir tiene sus consecuencias. Cuando el PSOE lo ha aplicado con una estricta vara de medir, se han dado casos injustos como el famoso de Demetrio Madrid (y muchos otros más). Pero, si no se hace, resulta difícil separarse de la corrupción.

El PSOE actúa de forma rápida e implacable, prefiriendo sentenciar antes que se pruebe la culpabilidad, para salvar el honor del conjunto del partido y dar una respuesta nítida y contundente a la militancia y a la ciudadanía. Sin embargo, tendría mayor efecto en la democracia si todos los partidos actuaran así. Pero el PP no lo hace: juegan siempre a resistir a ver si escampa, a mantenerse contra viento y marea, a negar el hecho, y cuando no queda más remedio, a no reconocer como propios a los apestados.

En ningún momento quiero escribir el “y tú más”. Pero, si estuviéramos en una sociedad políticamente madura y profundamente democrática, todos los partidos y sus líderes estarían por castigar la corrupción pese a quien pese, y no estarían frotándose las manos y alegrándose de la situación.

El PP siente que ya ha purgado por sus casos de corrupción y que ahora le toca al otro. Nada resulta más penoso y lamentable que pensar que la alternancia de gobierno se produce por corrupción.

Resulta poco ejemplarizante la actuación exagerada del PP, quien tanto tiene que callar. Porque un pecado no inhabilita otros. El PP debería no sobreactuar, ni siquiera ser los que tiran “la primera piedra”, porque sigue estando presente “M. Rajoy” y todo lo ocurrido estas últimas décadas. La madurez política debería hacer que se aprenda de los errores cometidos, y al PP le corresponde musitar en voz baja y no dar lecciones. La hipocresía y el cinismo no son buenos consejeros.

Aunque Ábalos se resista a aceptarlo, él, que ha sido secretario de organización, sabe perfectamente cómo se debe aplicar un cortafuegos y que se intente salvar la imagen colectiva. El PSOE ha actuado bien, no tenía más remedio, pero ¿será suficiente?

Con todo el dolor al contemplar que se repite la estupidez una y otra vez, aprovechándose del poder para enriquecerse y para ensuciarlo todo, resulta un consuelo saber que existen medios para descubrir y combatir la corrupción, afecte a quien afecte.

Una sociedad democrática se demuestra cuando el Estado y sus instituciones funcionan por encima del poder individual.