Vladimir Putin ya es el icono incontestable de una renacida Rusia, visión ecléctica e idealizada de un pasado mejor y un futuro más prometedor, encarnación del eterno imaginario ruso, figura providencial al estilo de cualquier zar o del padrecito Stalin, abocado, salvo error de cálculo mayúsculo, a otra cadena de fracasos y frustraciones.

Al obtener el respaldo del 76% del electorado, con una participación superior a las dos terceras partes del censo, Putin obtiene seis años más de mandato, que pondrán al país… no se sabe dónde. A pesar del triunfalismo, de la propaganda omnipresente, de la debilidad estructural (y personal) de la oposición y de un sistema de poder forjada concienzuda y pacientemente, la Rusia de Putin sigue siendo un gigante con pies de barro.

Estas casi dos décadas de putinismo han arrojado algunos logros para el ruso medio, más en lo que se refiere a las percepciones sociales que a las realidades materiales. Es cierto que se puso fin a la anarquía de la década del desengaño (los noventa), a la gran mentira de la democratización y la transición a la economía libre. Yeltsin eligió a Putin para poner orden en el caso que su incompetencia, sus caprichos y sus cachorros había ocasionado, con la complicidad occidental.

Putin “mató al Padre”, acabó con las ilusiones ficticias de una Rusia liberal y tiró de manual profesional para diseñar una Rusia autoritaria, apegada a los mitos del orgullo nacional, revisionista de las humillaciones de la derrota en la guerra fría, apegada a los valores tradicionales, sin abjurar de la ambición de superpotencia construida durante las siete décadas de la URSS.

PUTIN IV

La Rusia del futuro, o al menos del futuro predecible, es el resultado de un sincretismo extravagante (y quizás incomprensible para muchos en Occidente) entre zarismo monárquico y burocratismo soviético, entre nacionalismo y comunismo, ortodoxia religiosa y ambiciones de prosperidad material. La ideología, como construcción coherente de un sistema social y político, ha quedado desdibujada, arrumbada.

No cabe esperar muchas sorpresas del esta última (¿lo será?) fase de la era Putin. Gregory Feifer, un periodista con muchos años de experiencia como corresponsal en Moscú para la radio pública norteamericana (NPR), sostiene que, para imaginar lo que va a ser Rusia en los próximos años, sólo hay que analizar con detenimiento lo ocurrido desde el comienzo del siglo (1). En el libreto de gobierno de Putin está en el programa del futuro. Con algunos retoques ya emprendidos, como la sustitución de los ricos oligarcas por jóvenes burócratas enfeudados al gran jefe, en el círculo más exclusivo del poder.

La alquimia del sistema Putin tiene poco de original, y no lo pretende. Al contrario. La clave principal del éxito político del antiguo coronel del KGB no reside tanto en la represión (aunque se ejerza a conciencia y sin complejos), sino en la capacidad para interpretar, recrear y amplificar la frustración, el resentimiento y la hostilidad frente a Occidente. No hay un clásico más sólido en la cultura sociopolítica rusa: rechazo a lo que viene de fuera, en nombre de Dios, de la revolución o de alma de la nación. Stricto sensu, Putin es un reaccionario: vuelve atrás, muy atrás, hasta donde se pierde la conciencia atormentada del ruso.

EL MIEDO A RUSIA

Esta Rusia aparentemente segura de sí misma, endeble pero orgullosa, siempre susceptible de renacer de verdad, apoyada en sus inmensos recursos materiales y en su vocación de resistencia, dominio y reivindicación, constituye una pesadilla para no pocos estrategas occidentales ¿Hay motivos?

Sin duda, varios factores abonan este reflejo de temor, de prevención, de puesta en guardia: las intervenciones armadas para modificar fronteras, controlar territorios directa o indirectamente y salvar regímenes amigos (Georgia, Crimea, Siria), la persecución exterior de supuestos traidores o enemigos (como en el reciente caso del agente doble supuestamente envenenado en Salisbury, Reino Unido) y, sobre todo, la interferencia en procesos políticos occidentales, como el apoyo material a formaciones ultranacionalistas de extrema derecha o el intento de manipulación de los procesos electorales.

Los lazos de Trump con Putin (Russia links) amenazan con hundir la peor presidencia de la historia norteamericana, en una suerte de recreación digna de Shakespeare: sombras siniestras de conspiración, traición, oprobio, indignidad e ilegitimidad.

Algunos analistas creían que Putin quería el triunfo de Trump para que el presidente de Estados Unidos hiciera la política que a él le conviniera. Pero esta interpretación es demasiado simple. Sin intención, quizás, no iba más allá de minar desde dentro la credibilidad de la única superpotencia mundial.

De una u otra forma, los intentos de interferencia rusa en la política interna norteamericana se viven en Washington como la vuelta a la guerra fría (ciberguerra), privada de sus elementos tradicionales, pero dotada de equivalente poder destructivo. Estados Unidos nunca había conocido una invasión exterior. Hasta ahora. Los trollers internautas de Putin husmean cuentas, perfiles, preferencias, secretos y perversiones de los norteamericanos. Hurgan en sus heridas, inciden en sus vulnerabilidades. Y, para más escarnio, se sirven de los actuales iconos socioculturales, como las redes sociales. El escándalo del uso de los perfiles de 50 millones de usuarios de Facebook por una empresa (Cambridge Analitica), participada por magnates, colaboradores o cómplices de Trump y penetrada por ese ejército de las sombras es el último caso de pánico occidental hacia el poderío oscuro del presidente ruso.

Hay una cierta paradoja que cuestiona estos temores. Putin destruye casi todo lo que toca, a pesar de que parezca inicialmente que ayuda a prosperar. Les ocurrió a los partidos populistas en Europa, puede a la postre ser ese el destino del sirio Assad y, con más motivo, planea la misma sensación sobre la suerte del presidente de Estados Unidos.

La impresión de que se cierra el cerco sobre el atrabiliario inquilino de la Casa Blanca lo está obligando no sólo a atrincherarse y reforzar sus defensas, sino a lanzar ataques de carácter disuasorio y dudosa efectividad. Ya no se descarta que pueda despedir al fiscal especial Mueller, que investiga las interferencias rusas en las elecciones norteamericanas de 2016 y su colusión con el candidato republicano.

El profesor de Harvard Stephen Walt impugna que hayamos regresado a la guerra fría porque han desaparecido los factores que determinaron su existencia (2). Sin embargo, se ha recuperado la dimensión psicológica de ese periodo, el aroma de la desconfianza, del doble juego o del juego solamente sucio. No hacía falta que Putin manoseara el sistema político norteamericano para corromperlo, asegura Walt, porque ya olía a podrido desde mucho antes.

 

NOTAS

(1) “Putin’s Past Explains Russia’s Future”. GREGORY FEIFER. FOREIGN AFFAIRS, 16 de marzo.

(2) “I knew th Cold Wat. This is not the Cold War”. STEPHEN M. WALT. FOREIGN POLICY, 12 de marzo.