Si alguien me preguntara cómo describo la situación de Cataluña, respondería que a mi juicio la crisis no remite y que no hay posibilidades de reconducirla hacia una salida aceptable. Las causas de este diagnóstico son: a) la reafirmación de los independentistas en su rebelión a pesar de la represión (legítima y necesaria) que están sufriendo sus máximos dirigentes; b) el peligro de que la crisis se extienda por la calle; c) la dificultad de cambiar la visión que tienen casi dos millones de catalanes; y d) la imposibilidad de que los independentistas se planteen elegir un Presidente no incapacitado y la similar imposibilidad de crear un frente constitucionalista. El único factor de cierto optimismo (pero sólo cierto) es que la votación de investidura de Turull ha permitido que empiece a correr el plazo de dos meses que prevé el artículo 67.3 del Estatuto de Autonomía, pero ello puede ser o no positivo, como veremos más abajo.

El procesamiento y la subsiguiente prisión de los líderes más conspicuos de la rebelión independentista, en virtud del auto de 23 de marzo del Magistrado instructor Llarena, más la detención y encarcelamiento en Alemania del ex Presidente Puigdemont, han provocado en el mundo del golpismo catalán dos reacciones preocupantes. Por un lado, una reafirmación pública de la vía golpista, amenazando con investir a los ya descartados Puigdemont, Sànchez y Turull. Por otro lado, una segunda reacción es la vía de rebelión solapada en la que ha entrado el Presidente del Parlamento, Torrent, presidiendo el acto de rebeldía del 24 de marzo y con sus declaraciones en la noche del 25 de marzo. Como cabeza visible de la rebelión, como único representante del golpismo con cargo institucional, Torrent cada vez se va acercando más al límite. Llama la atención la sorpresa que se han llevado los dirigentes de la rebelión, con sollozos en el Parlamento, en el Pleno del Ayuntamiento y delante de la sede del Tribunal Supremo. ¿Qué se esperaban? ¿Qué esperaba Turull quien desde que fue puesto en libertad provisional se ha dedicado a trabajar para la rebelión? ¿Cómo se acuerda Marta Robira de su hija para huir ahora? ¿No la recordó la noche del 26 al 27 de octubre pasado cuando, en medio de sollozos [otra vez los sollozos], rogó a Puigdemont que proclamara la independencia y no convocara elecciones?

No nos engañemos, los independentistas van a seguir su guerra (probablemente de guerrillas, no abierta) y hay que dar una respuesta política a la nueva fase de la rebelión.

El problema ahora se complica porque la CUP está lanzando a sus seguidores, a través de los “Comités de Defensa de la República” (denominación que evoca a la Cuba del siglo pasado), a manifestarse violentamente por las calles y carreteras de Cataluña. El día 27 de marzo no lograron parar la Comunidad Autónoma, pero sus manifestaciones en la noche del 25 fueron violentas y parece que ha llegado la hora de identificar la cabeza (quienes dan las órdenes), porque no se aguanta esa situación mucho tiempo.

La situación también se complica por el doble problema de la hegemonía cultural del independentismo y la seguridad y audacia que emplean. Si el 26 de marzo alguien vio el telediario de las nueve de la noche en TVE se sorprendería de que mientras hablaba el corresponsal de la cadena en Bruselas una persona se puso detrás, cubriendo su espalda con una “estelada” que exhibió todo el tiempo. Quizá el corresponsal no se dio cuenta, pero el gesto no es asumible y no me consta que RTVE haya dado explicaciones ni disculpas. También es significativo que al comenzar la sesión de ópera en el Liceo, el domingo 25 de marzo, gran parte de los asistentes participaran en un acto de protesta por la detención de Puigdemont. No ha de extrañar porque sabemos que el independentismo es un movimiento de clases medias acomodadas que aspiran a tener todo el poder en Cataluña sin el control de la Hacienda estatal, pero es un dato sobre el que deberían reflexionar las diversas izquierdas extremas que son cómplices de los rebeldes. También es significativo del desquiciamiento político catalán que la burguesía acomodada se identifique con un personaje taimado y cobarde como Puigdemont que estaba hace mucho tiempo en guerra activa contra España. Para combatir la ideología independentista haría falta, de manera inmediata, arrebatar los medios de comunicación a los rebeldes, pero PP y PSOE no quisieron verlo cuando se aprobó la aplicación del artículo 155 Y HABÍA COBERTURA JURÍIDICA SUFICIENTE PARA HACERLO. Y tras esta medida coyuntural, hay que crear un frente ideológico antiindependentista pero para ello tendría que darse una confluencia política que hoy falla. Ese es el cuarto y último problema que contribuye a dar fuerza a los golpistas.

La situación política en Cataluña se compone de dos elementos. En el lado independentista el grupo de Puigdemont sigue empeñado en que no se elija un Presidente de la Comunidad a fin de mantener su pseudo-legitimidad de Presidente. Además de la ficción de la legitimidad, la inexistencia de Presidente mantiene la tensión de la rebelión que es lo que desea el grupúsculo del Presidente cesado y en eso coinciden con la CUP, que sólo quiere la revolución. Quizá en Esquerra y en lo queda del PDCat querrían retornar, de momento, al régimen estatutario para acumular fuerzas e iniciar otro golpe en cuanto olieran la debilidad del Estado, pero Puigdemont y la CUP no se lo permiten, por lo que seguiremos así los dos meses que faltan hasta la disolución del Parlamento.

En la franja independentista hay otra alternativa, pero tampoco es creíble. Los Comunes están proponiendo a Esquerra formar Gobierno junto con el PSC. Quizá en su imaginación Colau y Domenech lo crean posible, pero no se dan cuenta de que a lo largo de todo el golpe de Estado no han sido equidistantes, sino cómplices del independentismo. Y en la práctica sería una versión segunda del golpismo. Además, ¿para gobernar cómo? Si llegaran a gobernar sería para acumular fuerza institucional para un nuevo golpe.

Desgraciadamente, los dos meses próximos difícilmente podrán ser aprovechados por los partidos constitucionalistas para empezar a voltear la hegemonía ideológica y cultural de la burguesía secesionista. Para ello, habría que superar el enfrentamiento PP-Ciudadanos y que el PP eligiera un dirigente catalán algo más refinado y representativo. Pero, sobre todo, habría de cambiar el PSC, alejarse de una equidistancia que no le reporta beneficios electorales significativos y superar la idea de que sólo es catalán el catalán catalanista o secesionista. En la dirección del PSC deberían provocar alguna reflexión los miles de antiguos votantes que se han marchado a Ciudadanos, pero ese dato les debe dejar indiferentes. Prefieren un partido de clases medias, pequeño pero catalanista, con simpatías y comprensión con el secesionismo, antes que un partido que represente también a los trabajadores catalanes. Pedir el indulto adelantado de los golpistas, ausentarse su Primer Secretario de la primera manifestación antiindependentista, criticar las medidas penales contra los golpistas, hacer gestos de simpatía hacia los familiares de los encarcelados y (por ahora la última) pedir un Gobierno de concentración con los secesionistas, quizá reconforte la conciencia catalanista de las menguantes clases medias que aún apoyan al PSC, pero no da votos para gobernar ni va a devolver a este partido la posición hegemónica que tuvo en la Provincia de Barcelona.