El martes pasado, por primera vez desde que cumplí los 18 años, tuve que esperar más de una hora, y dar toda la vuelta a la manzana del colegio electoral, para poder votar. Es cierto que había medidas anti-COVID-19, pero también, que los madrileños mayoritariamente quisieron depositar su papeleta en la urna, como se pudo comprobar después con los datos de participación.

En todo ese tiempo de espera pude observar el comportamiento de muchas personas que estaban en la fila. Y frente a otras ocasiones, no percibí un clima de alegría o apoyo entusiasta a un determinado partido político, a pesar de que donde votaba ganó ampliamente el PP.

No. Lo que observé fue un ambiente de hartazgo enorme contra los políticos en general y contra las instituciones. Y digo en general, porque, aunque la mayoría se decantaba por el partido que finalmente ganó, lo hacían entre reproches a esa formación política, y sobre todo para evitar que “Podemos Gobierne en Madrid”.

La gran participación electoral que hubo, por parte de los ciudadanos, es una noticia muy positiva, pero no debe hacernos pasar por alto las corrientes de fondo que se están produciendo en vuestra sociedad, que como en un pantano, no se ven desde la superficie.

El clima tan profundo de desafección de los ciudadanos hacia sus representantes es una seria advertencia que muestra hasta qué punto está debilitada la democracia en toda Europa. Y como es urgente reconectar con unos ciudadanos que tienen que ver la utilidad en su vida cotidiana de las instituciones democráticas.

El clima de crispación y la intolerancia creciente entre los partidos políticos está erosionando unas instituciones democráticas donde el diálogo entre los representantes de los ciudadanos es una obligación, y el acuerdo una necesidad para mejorar la vida de las personas a las que representan.

Nos encontramos en un momento político, social y económico muy delicado en toda Europa. Y es necesario que tanto la UE como cada uno de sus Estados miembro reaccione con más democracia y más bienestar para todos sus ciudadanos.

De no hacerlo, o hacerlo a medias, la democracia como sueño civilizatorio de libertad e igualdad puede tener una temprana fecha de caducidad. ¿Una exageración? NO. Como puede verse en los siguientes ejemplos:

1.- El 59,9 por ciento de la población europea está poco interesada por las cuestiones políticas, según los datos de la Encuesta Social Europea. Una tendencia ascendente que no para de crecer, y que contrasta con los ciudadanos que están muy o bastante interesados por las cuestiones políticas, que van disminuyendo. En el año 2000 solo cuatro de cada diez europeas están bastante interesados.

2.- El 64,7 por ciento de los europeos creen que el sistema político no les permite nada o muy poco tener voz en lo que hace el gobierno. Un 24,5 por ciento cree que algo y un 1 por ciento que mucho. Esto es muy grave, porque la participación activa de los ciudadanos en las instituciones es algo esencial para el bienestar de cualquier comunidad política.

3.- El 75,8 por ciento de los europeos no confían en los políticos, es decir, se encuentran en la escala 0 (no confía nada) y 10 (confianza plena), entre el 0 y el 4. Solo un 4,2 por ciento se encuentran entre el 7 y el 10 (plena confianza).

4.- El 76,3 por ciento de los europeos no confían en los partidos políticos, es decir, en la escala donde 0 (no confía nada) y 10 (confianza plena), se sitúan entre 0 y 4. La gravedad del asusto estriba en que estamos hablando de la falta de confianza en uno de los pilares del sistema democrático, que según nuestros ordenamientos constitucionales, expresan el pluralismo político, concurren a la formación y manifestación de la voluntad popular y son instrumento fundamental para la participación política.

5.- El 85,4 por ciento de los ciudadanos europeos no ha tenido contacto con ningún político o funcionario del gobierno en los últimos 12 meses. Lo que viene a reafirmar la lejanía entre representantes y representados, y las dificultades para dar respuesta a las necesidades y anhelos de los ciudadanos desde los gobiernos, en una sociedad tan cambiante.

En definitiva, necesitamos más democracia y más bienestar para todos los ciudadanos. Y estamos a tiempo de conseguirlo con más diálogo, con más acuerdos, y sobre todo desterrando la crispación y la polarización.