La nominación de Donald Trump como Presidente de Estados Unidos, y las previsiones que se están anticipando sobre la manera en la que ejercerá su mandato, plantean una encrucijada complicada sobre el funcionamiento de la democracia en Estados Unidos. Una encrucijada que tiene algunos antecedentes recientes, como la misma elección controvertida de George Bush, con las célebres papeletas mariposa y otros problemas técnicos. Amén del hecho de que Al Gore ganó por votos populares a George Bush.

Ahora tenemos una situación similar, ya que Hillary Clinton ha aventajado en dos millones de votos populares a Trump. Lo que hace difícil entender cómo es posible que haya acabado resultando elegido Presidente un personaje tan controvertido como Trump, con todos los problemas que puede plantear en la política nacional e internacional.

El peculiar funcionamiento del proceso de elección presidencial –que suele causar perplejidad a los foráneos que lo contemplan por primera vez− se debe a un procedimiento que tiene una larga historia de dos siglos, y que se implantó en un momento en el que no existía ni el teléfono, ni el telégrafo, ni carreteras, ni transportes rápidos, y en el que se trataba de mantener cohesionados, y con un papel y un peso equivalente, a los distintos Estados federados, en contextos sociales y políticos que son completamente diferentes a los actuales. De forma que, aquello que en su momento fue una innovación democrática innovadora y ejemplar (para otros países), en nuestros días ha quedado obsoleto como procedimiento, y puede dar lugar a resultados difícilmente asumibles por la opinión pública, en la medida que los votos populares no coinciden con los votos de los compromisarios electorales, como ahora ha ocurrido.

Amén de esta distorsión de la voluntad popular, en el caso en el que nos encontramos se dan otros problemas adicionales que previsiblemente van a situar la funcionalidad democrática norteamericana ante una coyuntura problemática. En primer lugar, Donald Trump parece que no va a asumir lo que suele ser un compromiso habitual en los Presidentes norteamericanos, que en el momento de su investidura empiezan a operar –al menos en una medida importante− como Presidentes de todos los norteamericanos, procurando afrontar los principales retos nacionales e internacionales en un marco de cierto consenso. Se trata de una de las dimensiones de la funcionalidad norteamericana que ha permitido mantener la legitimidad interna y una razonable aceptación ciudadana de sus procedimientos políticos. Sin embargo, si Donald Trump opta por ser el Presidente solamente de una fracción de los norteamericanos y mantiene una línea de nombramientos públicos y de iniciativas alejadas del marco del consenso establecido, no solo puede llevar a la sociedad norteamericana a la bipolarización, e incluso a la confrontación interna, como ya se está viendo en el sinnúmero de manifestaciones públicas y de pronunciamientos discrepantes que tienen lugar, sino que de facto puede llevar a poner en cuestión buena parte de su arquitectura política general. Incluyendo el actual modelo −obsoleto− de elección presidencial, que si se ha mantenido hasta ahora era porque no había creado grandes problemas y porque suponía respetar una tradición dilatada.

Los aspectos más controvertidos de la actuación previsible de Donald Trump que pueden poner en cuestión el modelo establecido no se limitan a su política de nombramientos, que ya denota un sesgo excesivo hacia el radicalismo de derechas y hacia las posiciones más duras e intransigentes, sino que también concierne a aspectos tan importantes como la política económica y, muy especialmente, la política internacional.

Un nuevo proteccionismo poco reflexivo puede conducir a una auténtica catástrofe, especialmente en momentos en los que se ciernen sobre el sistema económico mundial incógnitas y problemas muy acuciantes.

Igual puede decirse de las políticas exteriores, en las que Trump parece que va a tener iniciativas no solo muy singulares y rupturistas, sino también plausiblemente arriesgadas. La reunión “privada” (?) que ha mantenido Trump −y alguna de sus hijas− con el Primer Ministro japonés es una incógnita que se ha producido al margen de los cauces establecidos en la democracia americana. Se trata de una entrevista sin luz ni taquígrafos, que prescinde totalmente de cualquier instancia norteamericana especializada en estas funciones, y que además hace sospechar que en ella han sido abordados aspectos de hondo calado. ¿De qué habló Trump o que planteó al Primer Ministro nipón? ¿Nos encontramos en ciernes de una nueva estrategia comercial, militar y económica en la zona del Mar de China? ¿Qué va a suponer su anunciada denuncia del Tratado comercial establecido en este área crucial?

En el fondo, de entre todos los comportamientos y los pasos que ha empezado a dar Donald Trump, y de entre todos los problemas, desajustes e incluso disfunciones que puede generar su política, hay que destacar el hecho de que Trump es una pieza suelta en el engranaje político norteamericano. Realmente, la victoria de Trump ha sido una triple victoria. En primer lugar, contra la estructura de comunicación política y social; en segundo lugar, contra el Partido Republicano, a cuya estructura tradicional desbancó y de la que prescindió prácticamente en el proceso electoral; y, en tercer lugar, contra el Partido Demócrata y su candidata Hillary Clinton. En algunos momentos, incluso, Trump llegó a hablar de su propósito de crear un movimiento político específico en torno a su candidatura –y ojo al matiz− después de su elección e investidura como Presidente. Es decir, Trump puede intentar montar algo más que una plataforma electoral de ocasión en torno a su figura. ¿Un gran movimiento de “patriotas norteamericanos” a imagen y semejanza de Donald Trump?

Es decir, el dislocamiento que puede generar el período presidencial de Trump podría dar lugar a más problemas y dificultades de los que algunos son capaces de imaginar en estos momentos. De hecho, no solo ha renunciado a su sueldo como Presidente, lo cual es una medida demagógica más de un multimillonario, sino que parece que va a mantener su propio sistema de seguridad personal, habiendo manifestado que piensa quedar fuera de la estructura de seguridad y control del Servicio Secreto durante varios días a la semana. ¿Por qué? y ¿para qué? A esto se une algo tan inédito como la voluntad de nombrar a varios hijos, hijas y cuñados como altos cargos en la estructura de poder de la Casa Blanca. Es decir, se trata de un conjunto de iniciativas y medidas que revelan un propósito claro de “privatización del poder” que se encuentra en las antípodas de la correcta lógica democrática. Algo que ya ha anticipado gastando una parte de su fortuna en su campaña electoral, al tiempo que ha empezado a pedir “favores” para sus compañías.

En este sentido, no hay que olvidar que la lógica democrática va mucho más allá de lo que supone ser elegido o no elegido en un proceso electoral, y que implica también respetar derechos, equilibrios y procedimientos y modos de actuación propios de los valores de la democracia, los derechos humanos y la división y equilibrio de poderes. ¿Tendrá Trump claro lo que significa todo esto? Y, sobre todo, ¿estará dispuesto a respetarlo?