El tiempo pasa y nos vamos haciendo viejos; el consuelo es que a los que practicamos el culto a la ciencia y la racionalidad nos queda la confirmación de que más sabe el diablo por viejo que por diablo. No hace falta ser malvado para saber, aunque en algunos foros el saber sea intrínsecamente nefando. Así, con el paso del tiempo, cada vez es más frecuente la sensación del “esto ya lo he visto antes”. Por ejemplo, el nudo desnudo de los intereses entre los oligopolios, el poder financiero y la clase política conservadora.

Para algunos todo es mercado y en esa “libre concurrencia” la visibilidad no es bienvenida. De hecho, la invisibilidad es la clave del capitalismo. Ya conocíamos la mano invisible del mercado energético y financiero (en 2013 se multó con 1700 millones a varios bancos, siendo lo más interesante que la Comisión Europea no explicó cómo manipulaban el euríbor o el Eonia, ni siquiera si existía un mercado real) que hacía felices a tan pocos con tanto. Y es una cuestión central: como en el capitalismo liberal no está claro si existe un mercado real de energía, financiero, materias primas, productos alimenticios.

Una economía de mercado sin mercado real es una coartada, nada más. ¿Qué sucede desde que el agricultor vende hasta el precio del supermercado? Opacidad. Por eso la mano invisible que maneja los mercados desea ser invisible. Igual lo piensan las élites económicas de lo que consideran el mercado político; la cosa va de entretejer intereses con hilos invisibles. Lo decía Samuelson en su manual de todos conocido, comprar es como votar y viceversa. ¿Y qué votos se compran en una democracia parlamentaria? Ciertamente cuando se ven los hilos el teatro de marionetas pierde su magia. Pero también se vuelve más explicito y peligroso si se enredan los intereses. Oído Kitchen.

Por ser un humano fungible de la sección de perecederos no puedo hablar con certeza de la historia con mayúsculas, “porompompero” entre historias e historietas sí que podemos curiosear tanto usted como yo. Y ya están aquí otra vez como en prepandemia. No hay manera. Volverán los oscuros argumentos de los periódicos sus columnas a colgar y otra vez con sus plumas en los pedestales todo lo tintarán. Así, a lo Nostradamus.

En la repetición de lo mismo está la identidad y ya no es la cuestión del ser un mismo guion o la misma piedra; es que algunas identidades para parecer ser mantienen una relación complicada con la realidad del ser, requiriendo continuamente del pulido de la especulación numérica. Parece hegeliano y no lo es. En ese ¿y tú de quién eres? lo de Cantó da un cante que recuerda el “nomen est omen” de Plauto. Pero, ¿quién puede resistirse a su destino? Fue famoso por siete vidas y ya lleva cuatro ideologías. Le quedan tres caídas del burro. Tres como las muertes seriadas: Isabel II, Marías y Godard. Es la famosa ‘Celebrity Death Rule of Threes’ que comenzó en 1959, precisamente con tres dedicados al canto: Buddy Holly, Ritchie Valens y The Big Bopper.  Los de a pie morimos solos en pandilla, los famosos de tres en tres. “Tras tras”, malamente que diría Rosalía. Y en ese tris-tras tuvimos debate y ¿qué fue lo que pasó?

Pues que es muy peligroso coger al toro por los cuernos y los libros por su título. Y allí estaba Feijóo de crítica literaria afirmando que citar a un nobel no puede ofender a nadie. No puede estarse más de acuerdo en que no puede ofender a nadie, pero sí puede ofender a alguien. Menudo lio propio del café Gijón. Pero bien está hablar de libros aun cuando sea para tomar la portada y mandar al rábano las hojas. Ya en ello, Great Expectations es una novela de Charles Dickens y, por su título (no por argumento, pero pido el comodín Feijóo), la crónica del Partido Popular (Pip) en los últimos meses. Hemos pasado del ¿quién es ese hombre? al ¿qué dice ese hombre? Es lo que tiene tanto autotune mediático. Te prometen a Pavarotti y con voz natural suena Julio Iglesias con las ideas del Tío Gilito. En fin, eso es todo amigos.